A lo largo de décadas de escritura, Harold Rosenberg instó a los artistas a resistirse a los clichés y a la conformidad y, en su lugar, a actuar

Englishto
El arte de la acción: la batalla de Harold Rosenberg contra el cliché y la conformidad. Imagina un mundo en el que el arte y la política han perdido su impulso, en el que la fe en los expertos y las instituciones se está desmoronando y en el que el aire está cargado de clichés e identidades falsas. En este paisaje, Harold Rosenberg, una voz feroz e inquieta del siglo XX, instó a los artistas a no rendirse a la conformidad, sino a abrazar el acto rebelde e impredecible de la creación misma. El viaje de Rosenberg comenzó en la Nueva York de la época de la Depresión, rodeado de bohemios, marxistas y aspirantes a artistas, todos ellos en busca de una manera de resistir el asfixiante control del capitalismo y la burocracia. Defendió la idea de que el verdadero arte no consistía en crear objetos bonitos o unirse a movimientos de vanguardia. Se trataba de acción, de romper con la rutina, de rebelarse contra las expectativas tanto de la política como de la historia del arte. Pintar no para el mercado, no para los críticos, sino como un gesto existencial, una forma de afirmar la vida contra las fuerzas mortíferas de la sociedad. Este llamamiento a la acción encontró su expresión más pura en pintores abstractos estadounidenses como Barnett Newman y Jackson Pollock. Sus lienzos, argumentaba Rosenberg, no eran solo arte, sino escenarios de revueltas personales, espacios donde el acto de pintar se convertía en un acontecimiento, un drama, una vida al descubierto. Vio a estos artistas no como genios o celebridades aislados, sino como individuos que luchaban, como todos los demás, por forjar autenticidad en un mundo de ilusiones. Sin embargo, Rosenberg no era ingenuo sobre los peligros. Le preocupaba que incluso el mito del artista solitario y rebelde pudiera ser cooptado, convertido en una nueva forma de conformidad por el mercado del arte y las instituciones. Era escéptico tanto del culto a la personalidad como del crítico experto, e instaba a que la verdadera prueba del arte era si podía liberarnos de nuestros roles habituales y despertar nuevas posibilidades de ser. A medida que pasaban las décadas, el escepticismo de Rosenberg se profundizó. La guerra de Vietnam, Watergate y el creciente cinismo de la vida estadounidense lo convencieron de que la mayor amenaza no era solo la propaganda o la cultura de masas, sino la tentación de refugiarse en la apatía. Desafió a artistas e intelectuales por igual a resistir la atracción de la experiencia, a hablar y actuar desde un lugar de honestidad e indignación, a convertirse en participantes en el drama continuo de la vida pública. Para Rosenberg, y para su íntima compañera intelectual Hannah Arendt, la acción era el antídoto para un mundo que se había vuelto insensible. Creían que la única resistencia significativa al cliché y a la conformidad era actuar, juzgar, crear, siempre a la vista de los demás, siempre arriesgando el fracaso, siempre negándose a conformarse con respuestas fáciles. En sus manos, el arte y la crítica se convirtieron no solo en profesiones, sino en actos de coraje, invitaciones a todos para reclamar su poder de actuar, juzgar y, sobre todo, vivir.
0shared
A lo largo de décadas de escritura, Harold Rosenberg instó a los artistas a resistirse a los clichés y a la conformidad y, en su lugar, a actuar

A lo largo de décadas de escritura, Harold Rosenberg instó a los artistas a resistirse a los clichés y a la conformidad y, en su lugar, a actuar

I'll take...