Alessandro Aresu. La grandeza compuesta: el modelo chino

Italianto
Imagina que miras un mapamundi: para ti, Europa está en el centro, América a un lado y Asia al otro. Ahora, intenta pensar que, para más de mil millones de personas, ese mapa es incorrecto. En chino, la palabra «China» significa literalmente «el reino del medio», el centro del mundo, y no es solo una cuestión de orgullo: históricamente, China siempre ha dibujado el mundo situándose a sí misma en el centro y a todo lo demás —incluidos nosotros— en los márgenes. Este cambio de perspectiva es el primer paso para entender por qué el modelo chino actual no solo es diferente del nuestro, sino que también supone un profundo desafío a la forma occidental de concebir el progreso, el poder y el futuro. El error que solemos cometer es pensar que China está «emergiendo» como una nueva potencia: en realidad, si observamos la historia a escala de siglos, China e India simplemente han recuperado un papel central que ya habían desempeñado durante milenios. En los últimos 70 años, Asia Oriental se ha convertido en el corazón manufacturero y comercial del planeta, y China ha pasado de ser una sociedad rural y pobre a liderar la producción industrial, la robótica y los vehículos eléctricos, mientras que su superávit comercial ha alcanzado cifras nunca vistas: 1,2 billones de dólares. Pero hay más: el porcentaje de publicaciones científicas mundiales producidas por China ha pasado de cero al 32 % en cuarenta años, mientras que el de Estados Unidos se ha desplomado del 40 % al 15 %. Y esto significa que el centro del conocimiento mundial se está desplazando, no solo el de las mercancías. Detrás de estas cifras hay historias de personas que han recorrido todo el espectro social chino. Pongamos por caso a Wang Huning: nace en 1955, estudia el pensamiento político occidental, realiza un viaje de estudios a Estados Unidos a finales de la década de 1980, escribe un perspicaz libro sobre las fortalezas y debilidades de Estados Unidos y, posteriormente, es llamado a formar parte de la cúpula del Partido Comunista Chino, hasta convertirse en uno de los hombres más poderosos del país. Su libro, «America contra America», identificaba ya hace treinta años las contradicciones internas estadounidenses que hoy han estallado ante nuestros ojos. O bien, fíjate en el contraste entre dos imágenes: en 1921, Deng Xiaoping trabaja como obrero en Francia a los 16 años, transportado en un barco casi como ganado; en 2018, la hija del fundador de Huawei desfila en el baile de debutantes de París. En un siglo, China ha pasado de la marginalidad absoluta a codearse con las élites mundiales. Pero el precio de este ascenso ha sido muy alto: millones de trabajadores explotados, contaminación y condiciones de trabajo inhumanas en las fábricas. Sin embargo, en la actualidad, algunas fábricas chinas son más avanzadas, están más automatizadas y son más seguras que muchas fábricas occidentales. La ciencia china ha formado ejércitos de investigadores: una joven como Guan Mao, licenciada en China, llega a Estados Unidos, organiza diez conferencias sobre inteligencia artificial en un año, realiza su doctorado en el MIT y, en pocos meses, se convierte en investigadora de Amazon y profesora en Pensilvania. Por cada historia como la suya, hay miles de talentos similares que ahora compiten en los laboratorios más avanzados del mundo. Pero el verdadero punto de inflexión es que, hoy en día, China ya no se limita a copiar. Apuesta por que Occidente ya no es capaz de convertir la teoría en hechos concretos: mientras en Europa se anuncian planes para producir paneles solares o chips, en China esas fábricas ya existen y producen a una escala nunca vista. Y, en lo que respecta a recursos estratégicos como las tierras raras, China ha demostrado que sabe utilizarlos como palanca geopolítica, como hizo en 2010 con Japón. El mapa del mundo visto desde Pekín está repleto de iniciativas, desde la «Belt and Road Initiative» hasta los foros con África, pero el verdadero secreto es el equilibrio entre autoridad y armonía, disciplina y flexibilidad, innovación y tradición. Se trata de un equilibrio siempre frágil, que en ocasiones ha pendido demasiado hacia la tradición —lo que le ha hecho perder el tren de la revolución industrial— y en otras demasiado hacia la ruptura, como durante la Revolución Cultural. Hoy en día, China es tres cosas a la vez: una sociedad todavía agrícola y pobre, una fábrica industrial que mueve las mercancías de medio planeta y una potencia postindustrial orientada al futuro de la tecnología. Pero este éxito tiene su lado negativo: el crecimiento ya no es de dos dígitos, la nueva generación de jóvenes con estudios tiene dificultades para encontrar puestos de trabajo a la altura de sus expectativas y, bajo la superficie, crece una frustración que no se traduce (al menos por ahora) en revuelta política, pero que corre el riesgo de convertirse en una crisis social. Y, si bien China se siente en el centro, ya no quiere limitarse a aprender del mundo: ahora ofrece un modelo alternativo, aunque no universal. Cuando se dirige a los países africanos o asiáticos, les dice: «Aprendan del desarrollo chino, pero sigan siendo ustedes mismos». No intenta exportar su vía como ha hecho Occidente, sino más bien mostrar las limitaciones de los modelos estadounidenses y proponer un camino diferente. Sin embargo, precisamente en esta diferencia, Occidente corre el riesgo de equivocarse por completo: si seguimos analizando a China con categorías anticuadas, no solo perdemos de vista la realidad, sino que también nos superan quienes nos estudian y nos conocen mejor de lo que nosotros los conocemos a ellos. La verdadera asimetría es la siguiente: China no te ignora, pero tú corres el riesgo de ignorar a China. Y mientras en Europa nos preguntamos quién es Occidente, China sigue consolidando su mapa del mundo, basado en hechos más que en palabras. El futuro no está completamente abierto, pero algunas puertas ya están cerradas: la época en la que Europa podía dividir a China a su antojo ya no volverá. Las miradas del Sudeste Asiático y de África están puestas en China, y la verdadera prueba será si logran aprender de sus errores y de sus logros. ¿La frase que lo resume todo? China no solo está volviendo al centro: está rediseñando el mapa, y nosotros quedaremos fuera de la hoja si no aprendemos a cambiar de perspectiva. Si te has reconocido en esta perspectiva, en Lara Notes puedes indicarlo con I’m In: elige si se trata de un interés, una experiencia o una convicción que ahora te concierne. Y si te apetece contarle a alguien esta idea —tal vez la historia de Wang Huning o el adelanto de China en el ámbito científico—, en Lara Notes puedes etiquetar a quienes te acompañaron con Shared Offline: porque una conversación de verdad sobre estos temas no debe perderse. Esto era Il Fatto Quotidiano: acabas de ahorrarte más de dos horas de clase, pero el viaje por el mapa de China no ha hecho más que comenzar.
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