Alessandro Aresu: «Quiero delegar en la IA las facturas y la burocracia, no la interacción humana»
Italianto
Fuera de la cena de los «señores mayores» en Taipéi, un niño de ocho años sostiene con fuerza un cartel en el que pone: «Querido Jensen, he visto tus vídeos, juego con cachorros como tú y dentro de diez años quiero trabajar para Nvidia». Dentro del restaurante, los directivos de TSMC, Foxconn y de las grandes empresas que están desarrollando la inteligencia artificial a escala mundial. Fuera, niños que sueñan con ser ingenieros. Y la escena se repite: en China, colas de personas mayores llevan sus ordenadores para que les instalen nuevos sistemas de IA, mientras que en Europa todavía se debate si probarlos o no. Casi parece que la verdadera revolución no sea la tecnología, sino la rapidez con la que determinados países la adoptan en comparación con otros. La cuestión es que a menudo pensamos en la inteligencia artificial como algo relacionado con algoritmos, riesgos laborales o ciencia ficción al estilo de Neuralink. Pero, en realidad, la partida se juega en torno a la productividad personal y colectiva, en torno a quién sabrá orquestar a estos nuevos «agentes» —programas que emiten billetes, facturan, realizan búsquedas y organizan la vida digital— y en torno a quién se quedará mirando. Alessandro Aresu lo deja claro: «Quiero delegar en la IA las facturas y la burocracia, no la interacción humana. La verdadera pregunta es: ¿qué quiero conservar para mí? ¿Dónde reside mi valor?» Y aquí llega el cambio de perspectiva: no basta con adoptar la nueva tecnología; hay que entender qué conservar y qué dejar ir. En China, el programa AI Plus impulsa la inteligencia artificial en todos los sectores: aeroespacial, logística, minería. La productividad personal y empresarial se dispara: agentes que trabajan de noche mientras tú duermes, empresas que reducen plantilla porque decenas de agentes hacen el trabajo de muchos. Pero esto crea una nueva brecha: quienes saben orquestar a los agentes ganan terreno, mientras que quienes se quedan atrás corren el riesgo de convertirse en parte de un «ejército de invisibles». Y aquí vuelve la anécdota de la cena en Taipéi: los niños que hacen pósteres de Jensen Huang no son un detalle folclórico, sino la prueba de una sociedad en la que la curiosidad tecnológica es cultura popular, en la que los niños sueñan con diseñar semiconductores en la escuela secundaria. En Italia, en cambio, se corre el riesgo de caer en la «trampa evolutiva»: si te quedas rezagado unos años, es como si fuera una eternidad. Y mientras en Asia el «soft power» también se manifiesta en los disfraces de langosta de las fiestas de OpenClaw —la plataforma de IA de código abierto instalada por miles de personas—, en Europa se debate si la tecnología es amiga o enemiga. Pero el tema no es solo entusiasmo: existe una corriente de tecnoscépticos que advierte de los riesgos. Daron Acemoglu, premio Nobel del MIT, afirma que el aumento de la productividad derivado de la IA será mínimo, quizá solo el 1 % del PIB. Otros, como Erik Brynjolfsson, prevén en cambio un crecimiento en forma de J, con una explosión en el futuro. El debate está servido: ¿quién tiene razón? Según Aresu, la cuestión no es solo «cuánto crece el pastel», sino cómo se distribuye. Y aquí es donde entra en juego el temor al «ghost GDP»: un crecimiento fantasma en el que el PIB aumenta, pero los salarios disminuyen y la clase media se reduce. El capital produce, el trabajo se reduce y se corre el riesgo de que surja una sociedad de superricos, superestrellas digitales y una masa de excluidos. Pero atención: la simetría entre los empleos «de alto nivel» y los empleos menos cualificados se está reduciendo. La inteligencia artificial puede permitir que quienes estaban excluidos suban de nivel, pero también puede hacer desaparecer la franja intermedia. Y si los costes energéticos para hacer funcionar a estos agentes de IA aumentan demasiado, podría volver a resultar rentable emplear a personas, como en el caso del antiguo «turco mecánico» que se hacía pasar por una máquina. La historia se repite: la globalización ha reducido los salarios; ahora, la IA corre el riesgo de hacer lo mismo. ¿La solución? No es únicamente técnica o de mercado. Aresu cita a Adam Smith: «La defensa es más importante que la opulencia». En otras palabras: el Estado debe intervenir, proteger sus intereses estratégicos y no dejarlo todo en manos de las reglas del mercado. Estados Unidos está convergiendo hacia un modelo de capitalismo de Estado similar al chino; basta pensar en la venta de TikTok America, en la que el Estado se quedó con una «comisión» de 10 000 millones de dólares. También en Europa, afirma Aresu, se necesita un capitalismo político, no un liberalismo ingenuo que ceda el terreno a los demás. Al fin y al cabo, Italia inventó el capitalismo de Estado con el IRI, y los estadounidenses nos copiaron el New Deal. Sin embargo, la verdadera pregunta sigue siendo: ¿será la tecnología la que dirija el nuevo orden mundial o lo harán las relaciones de poder geopolíticas? Para Aresu, se trata de un trilema: la interdependencia económica, la geopolítica y el cambio tecnológico tiran de la cuerda entre sí. Pero una cosa es cierta: quienes piensan que la tecnología es neutral se equivocan. Siempre es política. Porque el juego de la IA no se trata solo de quién la crea, sino de quién decide cómo integrarla en la sociedad y en la vida cotidiana. Si quieres que una idea te acompañe, esta es la frase que debes repetir: el valor no está en adoptar la tecnología, sino en decidir qué mantener en el ámbito humano y qué delegar en las máquinas. Si te has reconocido en el dilema entre productividad y humanidad, en Lara Notes puedes indicarlo con I’m In: no es un «Me gusta», es una declaración de que esta idea te concierne. Y si dentro de unos días te encuentras contándole a alguien la historia del niño de Taipéi o la batalla por las camisetas vintage entre economistas, en Lara Notes puedes etiquetar a la persona que estaba contigo con Shared Offline: es la forma de decir que esa conversación importaba más que mil compartidos digitales. Este debate procede de Chora Media y te ha ahorrado casi una hora de escucha.
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