Alessandro Aresu | ¿Socios o rivales? | Festival de Filosofía 2025

Italianto
Imagina que un equipo estadounidense gana la Olimpiada Internacional de Matemáticas, pero, si miras la foto, te das cuenta de que casi todas las caras son chinas. Parece una broma, pero es la imagen más fiel de cómo funciona hoy en día la competencia mundial por el talento y el conocimiento. La idea generalizada es que la rivalidad entre Estados Unidos y China es una guerra fría moderna, librada a base de aranceles, sanciones y amenazas en materia de inteligencia artificial. Sin embargo, la realidad es más ambigua: la colaboración y la competencia van de la mano, y a menudo las dos potencias intercambian talentos, tecnología e incluso sueños de futuro como si fueran moneda de cambio. La tesis aquí expuesta es sencilla, pero incómoda: hoy en día, la fuerza de una civilización no se mide únicamente por el número de barcos o teléfonos inteligentes que produce, sino por el número de cerebros que consigue atraer y retener. La verdadera batalla no es solo industrial, sino educativa. Alessandro Aresu, experto en geopolítica y estudioso de las transformaciones del capitalismo, lo narra con relatos que parecen sacados de una novela, pero que en realidad son retratos reales de una época en la que la formación vale más que las materias primas. Pongamos por caso a Jensen Huang, fundador de Nvidia: nació en Taiwán y, a los nueve años, sus padres lo enviaron a Estados Unidos porque allí, y solo allí, se podía soñar a lo grande. Termina en un reformatorio de Kentucky, estudia Ingeniería mientras trabaja en restaurantes de comida rápida, llega a Stanford y funda la empresa que hoy suministra los cerebros digitales de todo el mundo. Y no se trata de un caso aislado: en las conferencias sobre inteligencia artificial de Nashville, el idioma más hablado no es el inglés, sino el chino. Profesores universitarios de California elogian a grupos de doctorandos chinos que luego acaban trabajando para OpenAI, Amazon o Adobe. Y, en lo que respecta a las patentes de IA generativa, las universidades chinas empiezan a superar a las estadounidenses, ya que el gigante estatal de la red eléctrica patenta software para el mantenimiento de infraestructuras. Algo parecido ocurre también en Taiwán, donde niños de primaria esperan fuera de los restaurantes para conocer a empresarios del sector de la alta tecnología, con el sueño de llegar a ser como ellos. La historia de la supremacía se desarrolla en dos niveles: por un lado, está la escala industrial: China produce barcos, teléfonos inteligentes y energía a un ritmo impensable para cualquier otro país. Por otro, está la carrera por la formación: desde los concursos imperiales, abolidos y luego restablecidos, hasta las universidades, que se llenan de matriculados, pasando por la diáspora de talentos que alimenta los laboratorios estadounidenses. Estados Unidos sigue siendo un imán mundial: en la actualidad, sus universidades acogen a casi 330 000 estudiantes indios y 277 000 chinos. E incluso Donald Trump, tras firmar órdenes para restringir los visados, se dejó escapar: «Sin ellos, nuestras universidades se irían al infierno». Sin embargo, esta dinámica genera una tensión estructural. La cooperación científica genera innovación, pero la desconfianza mutua —el temor a que la investigación también se utilice con fines militares o de propaganda— amenaza con ahogarlo todo. Basta pensar en el uso de las matemáticas como símbolo de poder militar, tanto en la propaganda estadounidense de los años 50, con el Pato Lucas explicando geometría en la televisión, como en la actualidad, en los desfiles chinos en los que se aclama como héroe nacional a un matemático de Harvard que ha regresado a su país. En este escenario, Europa parece ser la gran ausente. Desde Nokia hasta la actualidad, ha perdido casi por completo la capacidad de producir tecnología de consumo: no hay teléfonos inteligentes europeos, hay pocas plataformas digitales y los talentos huyen a Estados Unidos. Quedan nichos industriales, pero el presupuesto europeo se mantiene en el 1 % del PIB, demasiado poco para ser competitivo. Y, sin una respuesta contundente, corre el riesgo de quedarse solo como consumidora de las ideas de los demás. Esta es la perspectiva que a menudo no se tiene en cuenta: el verdadero reto mundial no es decidir quién produce más o quién impone los aranceles más severos, sino dónde querrán vivir, aprender y construir el futuro los jóvenes más brillantes del mundo. ¿Será Estados Unidos, con sus universidades y sus salarios? ¿Será China, que reinventa su tradición milenaria e invierte a escala industrial y educativa? ¿O habrá un tercer polo capaz de retener el talento y hacerlo crecer? La respuesta a esta pregunta decidirá quién liderará el mundo, más que cualquier tratado comercial o desfile militar. En la competencia global actual, gana quien sabe atraer a las mentes brillantes y hacer que prosperen. En Lara Notes, si crees que el verdadero poder hoy en día es la capacidad de atraer a los cerebros, puedes declarar que esta idea ha pasado a formar parte de tu forma de ver el mundo con I'm In. Y si esta historia te anima a hablar de ella con alguien en la cena, en Lara Notes puedes anotar la conversación con Shared Offline; así queda constancia de esas charlas que realmente cambian nuestra forma de pensar. Esta charla de Alessandro Aresu procede del Festivalfilosofia: acabas de ahorrarte más de una hora de escucha.
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Alessandro Aresu | ¿Socios o rivales? | Festival de Filosofía 2025

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