Algo le está sucediendo al código moral de Estados Unidos

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Imagina a dos jóvenes riendo mientras explican por qué robar en supermercados como Whole Foods es un acto de resistencia y que «todas las grandes cadenas roban a los trabajadores y a los clientes». No estamos hablando de chicos en el parque, sino de invitados a un pódcast del New York Times, entre ellos la escritora Jia Tolentino y el «streamer» Hasan Piker, que llegan a decir: «Yo también robaría coches si pudiera salirme con la mía». Hoy en día, en Estados Unidos, robar ya no es solo un pecado o un delito: para una determinada parte de la nueva izquierda, se ha convertido en una especie de calistenia anarquista, una gimnasia moral que hay que practicar para estar preparados frente a la tiranía. Esta es la tesis de James C. Scott, quien instaba a los ciudadanos —en particular a los alemanes, por la historia de sus abuelos— a transgredir pequeñas normas de vez en cuando, porque la capacidad de rebelarse se atrofia si no se ejercita. Pero hay un giro: para muchos de los invitados a estos pódcasts, robar no es un entrenamiento para la libertad, sino una forma de justificar pequeños egoísmos cotidianos. La diferencia entre quienes realmente luchaban —por ejemplo, los viejos marxistas que se vestían como obreros— y quienes hoy lucen trajes de Ralph Lauren en el estudio es que los primeros se jugaban algo. Hoy, en cambio, se ríe del robo de aguacates ecológicos y se habla de «microrrobo» en lugar de hurto, para que resulte menos vergonzoso. Sin embargo, el propio Hasan Piker confiesa que, de niño, su padre le castigó severamente por robarle a un amigo, y que nunca sería capaz de salir corriendo de un restaurante sin pagar la cuenta; es más, pagaría él mismo si viera a alguien intentarlo. Así pues, cuando se trata de personas de carne y hueso, la moral cambia: solo se puede robar cuando la víctima es una «corporación» sin rostro. Aquí llega el dato que pesa: la nueva moda consiste en atacar únicamente a objetivos que no nos miran a los ojos, mientras que la verdadera desobediencia civil —la de Martin Luther King Jr., que instaba a infringir la ley «abiertamente, con amor y aceptando el castigo»— ha desaparecido. Ya nadie quiere pagar el precio, nadie quiere asumir el riesgo. El coraje se ha convertido en astucia y la verdadera acción colectiva se ha perdido. Un detalle desconcertante: en la misma América, donde se ensalza el robo como un acto de justicia, se cita a la China comunista como ejemplo, olvidando que allí basta un pequeño gesto de desobediencia para acabar en la cárcel. Sin embargo, quienes defienden estas ideas no parecen darse cuenta de la contradicción. Un elemento que falta en este debate es la memoria histórica: durante dos siglos, la izquierda ha trabajado para dar dignidad y fuerza a los trabajadores, no para justificar un atajo individual. Sin embargo, hoy en día se confunde la pequeña transgresión con la lucha por la justicia. En última instancia, la verdadera pregunta es: si robar se convierte simplemente en una forma de sentirse vivo sin arriesgar nada, ¿qué ocurre con nuestra capacidad para hacer frente a las verdaderas injusticias? Si la moral se reduce a justificar pequeños hurtos, quizá simplemente nos estemos acostumbrando a perder la fortaleza moral que se necesita en los momentos difíciles. Si crees que la diferencia entre valentía y astucia te concierne, en Lara Notes puedes indicarlo con I'm In: no es un «Me gusta», sino una forma de decir que esta idea forma ahora parte de tu forma de pensar. Y cuando le cuentes esta historia a alguien en una cena o en el trabajo, puedes etiquetar a esa persona con Shared Offline: es la forma de decir que habéis mantenido una conversación de verdad. Esto era de The Atlantic y te ha ahorrado 2 minutos de lectura.
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