Arabia Saudí: detrás de los influencers, el reino del miedo | Fuentes | ARTE

Frenchto
El reino del silencio: tras la fachada de modernidad en Arabia Saudita. Un destino que hasta hace poco parecía inaccesible, hoy es presentado como epicentro del turismo y la apertura social gracias a una oleada de influencers que inundan las redes con imágenes de paisajes cautivadores y experiencias de lujo. Pero tras esta fachada de modernidad y transformación, Arabia Saudita esconde un reino donde el miedo y la censura marcan la vida de quienes se atreven a expresar opiniones diferentes. A partir de 2019, el país se lanza a conquistar al mundo con una potente campaña en redes sociales, invitando a celebridades y creadores de contenido a mostrar una versión luminosa y cosmopolita del reino. Los viajes y publicaciones de estos influencers son cuidadosamente orquestados, con instrucciones precisas sobre el tipo de mensajes que deben difundir: un país en evolución, vibrante, abierto al mundo. Todo posteo es supervisado y validado, el discurso oficial debe prevalecer. Sin embargo, mientras las imágenes de modernidad circulan, las voces disidentes son silenciadas con mano de hierro. Mujeres que celebran el final de la obligación de usar vestimentas tradicionales, activistas que piden igualdad o usuarios que simplemente documentan la realidad en línea, pueden encontrarse de un día para otro tras las rejas. Las condenas son desproporcionadas y ejemplarizantes: once años de prisión por pedir el fin de la tutela masculina, treinta y dos años por editar páginas informativas en internet, veintisiete años por tuitear en favor de los derechos de las mujeres. Las leyes que castigan cualquier expresión que altere el orden público son tan vagas que cualquier crítica puede ser considerada terrorismo. Las redes sociales, lejos de ser espacios de libertad, se convierten en trampas que acechan a quienes piensan diferente. Incluso tras la liberación, los ex prisioneros continúan bajo vigilancia, privados de viajar y con dispositivos de rastreo, condenados a un exilio interior perpetuo. Mientras tanto, el mundo asiste a la paradoja de ver al país organizar foros internacionales sobre la gobernanza de internet y los derechos humanos, a escasos kilómetros de cárceles donde yacen quienes intentaron ejercer precisamente esos derechos. Los intentos de las organizaciones internacionales de dar visibilidad a estos casos se topan con la censura, y las campañas por la liberación de los presos de conciencia apenas logran victorias parciales: reducciones de condena, excarcelaciones discretas, pero nunca la restitución plena de la libertad. Bajo el relato de un país renovado y abierto, la represión se camufla, protegida por la narrativa de cambio. La modernidad se exhibe, pero el precio de la disidencia sigue siendo el silencio, el encierro y el miedo. Arabia Saudita muestra al mundo una sonrisa para las cámaras, mientras detrás, la sombra de la represión no deja de crecer.
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