Brian Griffin
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La insólita sabiduría de Brian Griffin: el perro animado que responde.
Brian Griffin, el labrador blanco con un martini seco en la mano y una lengua aún más afilada, es mucho más que la mascota de la familia: es el personaje más complejo que jamás haya desenterrado huesos en el mundo de las series de animación. Imagina a un perro que se pone de pie, conduce un coche y se enfrenta intelectualmente a los humanos, pero que, aun así, no puede resistirse al canto de sirena de la aspiradora o a que le rasquen bien detrás de las orejas. Esta contradicción andante no solo es el mejor amigo de la familia Griffin y, con frecuencia, su voz de la razón, sino también su miembro más consciente de sí mismo y más autodestructivo.
Desde su debut, Brian poseía el ingenio intelectual de alguien que abandonó la universidad y la carga emocional de un novelista fracasado. Es liberal, ateo, romántico y un adicto en recuperación, rasgos que lo distinguen en una familia basada en el absurdo. Su amistad con Stewie, el bebé genio, es el alma de la serie, y oscila entre las riñas y el afecto sincero, que a menudo se pone de manifiesto en sus aventuras por todo el mundo en la sección «Camino a…». Juntos, desdibujan la frontera entre el cinismo y la lealtad, y forjan un vínculo tan volátil como conmovedor.
Pero el ingenio de Brian oculta una profunda inseguridad. Aunque en un principio se le presenta como el pilar moral de la serie, poco a poco se convierte en una parodia de la presunción, tropezando en sus relaciones con mujeres humanas, saboteando sus propios principios por amor y lidiando con la dolorosa constatación de que su inteligencia quizá sea más ruido que nueces. Sus intentos de alcanzar la grandeza literaria son un chiste recurrente: novelas que fracasan, un ensayo plagiado, un libro de autoayuda con páginas en blanco y una obra de teatro «off-Broadway» eclipsada por Stewie. La carrera como escritor a la que se aferra no tiene tanto que ver con el éxito como con la desesperada esperanza de que por fin alguien le tome en serio.
El momento más infame de Brian llegó con su impactante muerte en pantalla, que desató una protesta de los fans tan intensa que la serie no tuvo más remedio que traerlo de vuelta dos episodios después. Su resurrección no fue solo un giro argumental; demostró lo profundamente que el público se identificaba con este perro parlante e imperfecto que daba voz a sus propias dudas, sueños y decepciones.
En un mundo en el que los animales de las series de situación suelen ser meros chistes, Brian Griffin destaca como un reflejo de la complejidad humana: busca la aprobación, arremete contra la hipocresía y siempre vuelve para otra ronda de bromas, desamor y, por supuesto, otra copa.
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