«Buena noticia: somos felices. El único problema es que no lo sabemos».

Frenchto
Marc Welinski afirma que la mayoría de nosotros ya somos felices, pero no nos damos cuenta. Parece una provocación, pero su tesis parte de una simple constatación: mientras perseguimos definiciones abstractas de la felicidad, ignoramos por completo la cantidad de pequeñas alegrías en las que vivimos inmersos cada día. La felicidad no es un destino lejano, es el paisaje que ya nos rodea, solo que lo damos por sentado. El error más común es pensar que la felicidad es una búsqueda del tesoro: un objetivo que alcanzar, un premio que conquistar o una señal inequívoca que debería abrumarnos. Welinski lo cambia todo: la felicidad es en gran parte invisible porque nos hemos acostumbrado a mirar hacia otro lado. Se manifiesta como una serie de detalles minúsculos y a menudo silenciosos, que dejamos de ver desde el momento en que los consideramos normales. Pero la verdadera trampa, según él, es que la mayoría de las personas ya viven en condiciones que, vistas desde fuera —o comparadas con otras épocas o regiones—, parecerían paradisíacas, y sin embargo casi nadie es consciente de ello. Dos protagonistas emergen de inmediato: Marc Welinski, el autor, que ya había escrito «Por qué es imposible fracasar en la vida», y el filósofo Sócrates, citado de manera irónica cuando Welinski se pregunta sobre la «ciencia de la felicidad», como si dijera: ¿realmente creemos que basta con analizar enzimas o imágenes cerebrales para descifrar la felicidad? Welinski, partiendo de la neurociencia y la psicología, muestra cómo nuestro cerebro tiende a registrar amenazas y problemas con mucha más facilidad que las satisfacciones. Un dato que hace reflexionar: la mayoría de las emociones positivas se filtran o archivan sin dejar rastro consciente, mientras que un solo episodio negativo puede obsesionarnos durante días. Su razonamiento se basa en experiencias comunes: la sensación de paz en una mañana cualquiera, la risa compartida con un amigo, el placer de un café caliente... Todas ellas cosas que vivimos sin reconocerlas como felicidad, porque esperamos algo espectacular. Welinski cuenta cómo, después de superar una enfermedad, empezó a fijarse en cada detalle —la temperatura del agua, el aroma del aire— y se dio cuenta de que la felicidad nunca había faltado, simplemente no había tenido el nombre adecuado. Su provocación es la siguiente: el infierno es un sueño, mientras que el paraíso a menudo ya es nuestra vida cotidiana, si tan solo cambiamos de perspectiva. Pero hay un riesgo que Welinski subraya: la felicidad «sin saberlo» no es suficiente, porque corre el riesgo de hacernos pasivos, incapaces de luchar para mejorar nuestra condición o la de los demás. En este sentido, reconocer la felicidad es un acto de conciencia, no de resignación. Entonces, si la ciencia de la felicidad es una novedad, tal vez la verdadera revolución no sea encontrar nuevas fuentes de alegría, sino aprender a ver las que ya tenemos. Si la felicidad fuera un río que atraviesa nuestra vida, la mayoría de nosotros la ignoramos simplemente porque siempre miramos desde el lado equivocado de la orilla. Si esta idea te ha llamado la atención, en Lara Notes puedes pulsar I'm In y elegir: te intriga, lo has vivido o te lo crees plenamente. Y si dentro de unos días te encuentras contándole a alguien que ser feliz es a menudo cuestión de darse cuenta, en Lara Notes puedes etiquetar a quien estaba contigo: se llama Shared Offline. Esta Nota proviene de Le Monde.fr y te ahorra 19 minutos.
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