Cómo China se percibe mal a sí misma

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Xi Jinping, en 2017, declaró que la principal contradicción de China ya no era entre el crecimiento y la escasez, sino entre «un desarrollo desequilibrado e insuficiente y las necesidades cada vez mayores de las personas de una vida mejor». Parece un diagnóstico profundo, ¿verdad? Pero aquí llega el cortocircuito: China es muy buena enumerando sus problemas, pero no reconociendo su verdadera causa. Hay una diferencia sutil pero letal entre nombrar una dificultad y aceptar que el propio sistema es responsable de ella. La tesis es la siguiente: el punto débil de China no es la incapacidad de ver sus problemas, sino la tentación de presentarlos siempre como «incidentes técnicos» o molestias temporales. Así, lo que debería tratarse como un defecto estructural —por ejemplo, la concentración de poder en torno a Xi, la rigidez ideológica o la tensión entre las directrices centrales y la aplicación local— se presenta en cambio como si fuera culpa de las circunstancias o de alguna manzana podrida. Esto permite evitar reformas reales y limita el abanico de posibles soluciones. El protagonista indiscutible es Xi Jinping, pero no está solo. En los documentos oficiales, en los discursos e incluso en los planes quinquenales, los líderes chinos son cada vez más explícitos al nombrar vulnerabilidades que antes habrían escondido bajo la alfombra. Desde 2016, Xi repite que «las tecnologías clave y básicas están controladas por otros» e identifica los semiconductores avanzados y las máquinas de litografía como los verdaderos talones de Aquiles de China. A su alrededor, académicos y grupos de reflexión chinos se hacen eco: la dependencia de los componentes extranjeros es una limitación real. Pero cuando se pasa de las palabras a los hechos, la narrativa cambia. Tomemos el colapso del sector inmobiliario o el envejecimiento de la población: en los planes oficiales se denominan «riesgos que hay que gestionar», nunca «consecuencias de un sistema distorsionado». Las soluciones son paliativas —reducir los anticipos para comprar una casa, aumentar las subvenciones por hijos, algún incentivo al consumo—, pero nunca una verdadera sacudida al modelo de desarrollo. Y hay un detalle que lo explica todo: cuando algo sale mal, la culpa recae a menudo en funcionarios individuales «incapaces» o «corruptos». El mensaje es: el sistema es sólido, solo ciertos individuos cometen errores. Es como si en un equipo de fútbol que siempre pierde se dijera que la culpa es solo del último defensa, nunca del entrenador o del sistema de juego. La historia nos enseña que los grandes imperios a menudo ven venir las dificultades, pero las interpretan con las gafas equivocadas. El Imperio británico en el siglo XIX y la Unión Soviética de Brezhnev cometieron el mismo error: diagnosticaron los problemas como «falta de capacidad» o «errores de ejecución», nunca como limitaciones del sistema. Mientras tanto, realidades como el Japón de la Restauración Meiji solo lograron cambiar de rumbo tras profundos choques políticos, algo raro, casi nunca visto en las grandes potencias. Si te preguntas por qué China no lleva a cabo reformas estructurales, la respuesta no es que no vea los problemas. Los ve, y mucho, pero los interpreta de manera que la estructura de poder se mantenga intacta. Y atención a un detalle que a menudo se pasa por alto: cuando China, en 2025, utilizó los aranceles y los controles a la exportación para presionar a Estados Unidos, su confianza externa aumentó, pero la retórica interna siguió siendo prudente. Más que de triunfalismo, se habla de resiliencia y control. La perspectiva que a menudo falta en Occidente es esta: aunque los líderes chinos declaran abiertamente los desafíos, el verdadero juego se juega en cómo los enmarcan. Si los llaman «problemas técnicos», solo pueden intervenir en la superficie, y los de fuera corren el riesgo de diagnosticar mal los futuros movimientos de China. Paradójicamente, el verdadero riesgo para China no es un colapso repentino, sino una erosión lenta y casi invisible, similar a la experimentada por el Imperio británico y la Unión Soviética. A veces no hace falta que el edificio se derrumbe de repente: basta con que nunca se repare realmente el tejado. La frase que hay que recordar: China no es ciega ante sus debilidades; las mira, pero las ve en el espejo deformante de la conveniencia política. Si esta perspectiva te ha hecho ver a China de manera diferente, en Lara Notes puedes marcar I'm In: es el gesto para decir que esta idea ahora te pertenece. Y si mañana en la cena le cuentas a alguien por qué China prefiere arreglar los síntomas en lugar de cambiar la estructura, en Lara Notes puedes etiquetarlo con Shared Offline, para que la conversación siga viva. Esta Nota procede de Foreign Affairs y te ha ahorrado 6 minutos de lectura.
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