Cómo Europa aprendió a amar las subvenciones
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Párate un momento: en los últimos años, Europa, históricamente obsesionada con la competencia y alérgica a las subvenciones estatales, ha empezado a gastar miles de millones en ayudas públicas para sus empresas. La Unión Europea, que durante décadas ha mirado con recelo cualquier intervención estatal, ahora reparte subvenciones como si hubiera descubierto una nueva superpotencia económica. La narrativa clásica era clara: más Estado significa menos eficiencia, más distorsiones y menos innovación. Y, en cambio, hoy en día, las mismas instituciones que predicaban el libre mercado están subvencionando industrias estratégicas por miedo a perder terreno frente a China y Estados Unidos. El cambio es este: lo que Europa siempre ha visto como un veneno —es decir, la intervención del Estado en la economía— ahora lo administra en dosis masivas, convencida de que es el único antídoto contra la competencia global. En el centro de este giro están figuras como Margrethe Vestager, la comisaria europea que durante años ha multado a Google y Apple por abuso de posición dominante. Hoy, sin embargo, su trabajo ya no consiste solo en frenar a los gigantes, sino en decidir quién puede recibir miles de millones de euros en «ayudas estatales» sin infringir las normas. Vestager declaró en una ocasión: «La competencia es el corazón de Europa». Hoy se encuentra defendiendo excepciones tras excepciones, mientras Francia presiona para salvar a sus empresas energéticas y Alemania invierte miles de millones en el coche eléctrico. Un episodio que lo dice todo: en 2023, Berlín prometió 10 000 millones de euros solo para una nueva fábrica de chips de Intel, una cifra que hasta hace unos años habría sido impensable y se habría considerado una amenaza para la igualdad de condiciones entre los países europeos. Pero la presión china sobre los coches eléctricos y el masivo plan de subvenciones de Estados Unidos —la llamada «Inflation Reduction Act»— han cambiado las reglas del juego. La Comisión ha aflojado la presión al autorizar ayudas públicas en sectores clave, a pesar de saber que con ello corre el riesgo de dividir el mercado único. Un dato que da que pensar: en 2022, el importe de las ayudas estatales aprobadas por la Comisión se triplicó en comparación con 2019. Los neerlandeses, que siempre han defendido la línea dura contra los subsidios, ahora protestan porque temen que los gigantes alemán y francés ahoguen la competencia interna. Sin embargo, sin este cambio, muchos temen que Europa quede aplastada entre las fábricas chinas y el empuje tecnológico estadounidense. Un punto que a menudo se pasa por alto: en nombre de la «guerra» global, la nueva carrera por las subvenciones podría acabar acentuando las diferencias entre los países ricos y pobres dentro de la Unión, con el riesgo de socavar precisamente ese mercado único que quería defender. La verdadera pregunta, por tanto, no es si los subsidios son necesarios o no, sino si Europa logrará no perderse a sí misma en la carrera. Puedes resumirlo en una frase: Europa ha aprendido a amar lo que durante años había temido, pero corre el riesgo de enamorarse de la cura más que de la enfermedad. Si este cambio de perspectiva te ha impactado, en Lara Notes puedes pulsar I'm In: es la forma de indicar que esta idea ahora forma parte de tu visión. Y si dentro de unos días te encuentras hablando de ello con alguien en una cena o en la oficina, en Lara Notes puedes etiquetar a quien estaba allí con Shared Offline: queda constancia de una conversación real. Esta historia procede del Financial Times, y escucharla así te ha ahorrado varios minutos de lectura.
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