Cómo la geopolítica se impuso a la globalización

Englishto
Hasta hace poco, parecía casi inevitable que la globalización uniera al mundo y trajera prosperidad y estabilidad a todas partes. La idea era sencilla: más comercio, menos guerras. Sin embargo, hoy nos enfrentamos a una paradoja. La globalización, creada para calmar las tensiones geopolíticas, se ha convertido ella misma en una fuente de conflicto. Y aquí viene la parte sorprendente: hoy en día, un mayor comercio no garantiza menos enfrentamientos entre países; es más, a menudo los amplifica. La tesis es la siguiente: la geopolítica no solo ha frenado el avance de la globalización, sino que también la ha reescrito, al transformar la integración en fragmentación y al convertir las alianzas económicas en un reflejo de las rivalidades políticas, en lugar de en un puente que las supere. Hasta la década de 1980, la idea de un mercado global parecía una fantasía. Luego, con la caída de las barreras comerciales y la revolución de la logística —como los contenedores—, las mercancías empezaron a viajar a todas partes. Países como China se convirtieron en las fábricas del mundo, mientras que Estados Unidos y otros países ricos empezaron a importarlo todo, acumulando deudas y perdiendo industrias históricas. Pero ¿quiénes han vivido esta transformación? Pongamos por caso a los trabajadores de Detroit: mientras los consumidores estadounidenses disfrutaban de coches japoneses baratos, miles de trabajadores perdían su empleo. Y cuando llegó el «China shock», entre 1999 y 2011 se perdieron en Estados Unidos más de dos millones de puestos de trabajo, de los cuales aproximadamente un millón correspondían al sector manufacturero. No es de extrañar que la ira estallara en las urnas y llevara a la Casa Blanca a quienes prometían cambiar el rumbo. Trump se subió a esta ola, pero no fue el único: ahora también los demócratas han adoptado un discurso y unas políticas antiglobalización. Y el verdadero vuelco es que la globalización, en lugar de anular la geopolítica, se ha convertido en su campo de batalla. Basta con observar la relación entre Estados Unidos y China: antes eran socios, hoy se intercambian aranceles, amenazas y represalias. En 2000, el déficit comercial de Estados Unidos con China era de 83 000 millones de dólares; en 2018 alcanzó los 418 000 millones. Los estadounidenses acusan a China de competencia desleal y robo de tecnología, mientras que los chinos protegen a sus empresas nacionales punteras y obligan a las empresas extranjeras a compartir innovación y conocimientos técnicos. A cada nuevo arancel estadounidense, China responde bloqueando las exportaciones de tierras raras, que son fundamentales para la tecnología estadounidense. No solo las grandes potencias participan en este juego. Las empresas multinacionales, que antes buscaban el coste más bajo en todo el mundo, ahora piensan sobre todo en la seguridad geopolítica: Apple traslada parte de su producción a la India, los fabricantes chinos invierten en México y Vietnam para eludir los aranceles estadounidenses, y todos intentan «reshorar» o «friend-shorar» la producción en países amigos. ¿El resultado? Cadenas de suministro más cortas, menos eficientes, pero más «seguras», al menos sobre el papel. Pero aquí llega la segunda sorpresa: esta nueva globalización no reduce los riesgos, sino que los transforma. Las empresas ya no actúan como puentes entre países rivales; al contrario, se encierran en sus propios bloques, lo que hace que el mundo sea más inestable y menos colaborativo. Y quienes pagan las consecuencias suelen ser los países más pobres, que corren el riesgo de quedar excluidos de los mercados mundiales justo cuando más los necesitarían para crecer y salir de la pobreza. ¿Hay alguna salida? Sí, pero requiere valentía política: proteger a los trabajadores afectados en los países ricos, reformar las instituciones mundiales —como la OMC y el Fondo Monetario— y, sobre todo, resistir la tentación de considerar cualquier intercambio como una amenaza. Debemos dejar de pensar que menos globalización se traduce automáticamente en más seguridad. Lo realmente controvertido es que la solución a los problemas de la globalización no es cerrar las puertas, sino hacerla más justa y menos frágil. Hoy en día, se considera que el comercio internacional solo es una fuente de problemas internos y de riesgos geopolíticos. Sin embargo, la historia demuestra que, cuando se interrumpe el flujo de ideas, personas y bienes, el mundo se vuelve menos seguro, no más protegido. La globalización no ha terminado, pero la estamos viviendo en su versión más divisiva. Considerarla únicamente como una amenaza nos hace olvidar que muchas de sus crisis se debieron a decisiones políticas, no a fuerzas económicas inevitables. Y quienes se quedan fuera corren el riesgo de no poder volver a entrar nunca más. En resumen: el mundo se está cerrando justo cuando más necesitaría abrirse. Si te has reconocido en esta historia de sueños globales que acaban chocando, en Lara Notes puedes pulsar «I'm In»: es tu forma de declarar que esta visión realmente te concierne. Y si dentro de unos días te encuentras contándole a alguien cómo la globalización se ha convertido en un campo de batalla geopolítico, en Lara Notes puedes etiquetar a quienes te acompañaron gracias a Shared Offline: porque ciertas conversaciones deben recordarse como momentos importantes. Esta Nota procede de Foreign Affairs y te ha ahorrado aproximadamente 22 minutos en comparación con la lectura del artículo original.
0shared
Cómo la geopolítica se impuso a la globalización

Cómo la geopolítica se impuso a la globalización

I'll take...