Cómo medir una buena vida: consejos para ir más allá del PIB

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Repensar la prosperidad: más allá del PIB y hacia una medida más completa de lo que es una buena vida. Imagínate enterarte de que casi la mitad de lo que hace que la vida sea plena y satisfactoria ni siquiera se tiene en cuenta a la hora de medir el éxito de un país. Durante décadas, el producto interior bruto, o PIB, ha sido el principal indicador, y solo registra lo que se compra y se vende en el mercado. Pero ¿qué ocurre con el valor de un bosque saludable, la tranquilidad que proporciona un aire limpio, las horas dedicadas a cuidar de la familia o el poder transformador de la educación? No se trata de meros complementos sentimentales: son componentes esenciales del bienestar y, sin embargo, el PIB los ignora. Este año marca un punto de inflexión. Con grupos de alto nivel trabajando en alternativas, el debate mundial está cambiando y se pregunta: ¿Qué se considera realmente progreso? ¿Por qué el PIB, con todos sus puntos ciegos, ha ocupado un lugar central durante tanto tiempo? La respuesta radica en sus orígenes. El PIB se creó para garantizar la comparabilidad y la coherencia, pero su lento ciclo de actualización y su enfoque limitado hacen que no pueda seguir el ritmo de la realidad de la vida moderna. Ignora el trabajo no remunerado y da por sentados los dones de la naturaleza, ya que solo contabiliza lo que se compra y se vende. Por lo tanto, una comida para llevar cuenta; una cena casera preparada con cariño, no. La madera se mide, pero ¿qué pasa con el carbono que almacena un bosque o con el agua que purifica? Son invisibles. En el Reino Unido, este ángulo muerto es especialmente acusado. Alrededor de un tercio de los bienes y servicios consumidos no se tienen en cuenta en las cifras del PIB. Pensemos en el cuidado de los padres ancianos, en las lecciones que se imparten en casa o en los servicios ecosistémicos que proporcionan los humedales y los bosques. Estas contribuciones son inmensas; sin embargo, el PIB las excluye, lo que ofrece una imagen incompleta del bienestar y la resiliencia nacionales. Entonces, ¿cuál es la alternativa? En los últimos años, se han emprendido iniciativas para crear las llamadas cuentas inclusivas, medidas más amplias que reflejan no solo las transacciones de mercado, sino también el valor del trabajo no remunerado, el capital humano (como las competencias y la salud) y los beneficios que proporciona la naturaleza. Este enfoque no requiere empezar de cero; gran parte de los datos necesarios ya existen en las estadísticas nacionales y en las encuestas medioambientales. Dos nuevas métricas, la renta bruta inclusiva y la renta neta inclusiva, entran en juego para ofrecer una visión más holística. La renta bruta inclusiva toma el PIB y le suma el valor de los servicios domésticos no remunerados, los servicios ecosistémicos, como el aire limpio y la regulación del clima, y una gama más amplia de inversiones intelectuales. La renta neta inclusiva va más allá, ya que resta el desgaste del capital físico, humano y natural, y refleja no solo lo que producimos, sino también si esa producción es sostenible. Los resultados son reveladores. En el Reino Unido, la renta bruta inclusiva per cápita es significativamente superior al PIB per cápita, lo que pone de manifiesto que casi el 40 % de lo que consumen los hogares queda fuera del conocido marco del PIB. Además, en las últimas dos décadas, el equilibrio se ha desplazado: cada vez menos de lo que conforma la vida cotidiana procede del mercado y más de la administración, los hogares y el medioambiente. Se trata de una reconsideración fundamental de lo que significa la prosperidad. Al ir más allá del PIB, estos nuevos indicadores arrojan luz sobre las verdaderas fuentes de bienestar, revelando el trabajo oculto, el valor silencioso de la naturaleza y los auténticos cimientos de una vida plena. El mensaje es claro: para medir el progreso, debemos contabilizar lo que realmente importa.
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