Cómo redactar mejores normas para las finanzas mundiales
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En 2023, más de 3000 millones de personas viven en países que gastan más en pagar intereses de la deuda que en educación o sanidad. He aquí la paradoja: las reglas de las finanzas mundiales, creadas para promover la estabilidad y el desarrollo tras la Segunda Guerra Mundial, fueron redactadas por un pequeño grupo de países ricos y, aún hoy, funcionan principalmente en su beneficio. El problema no es la falta de normas, sino el hecho de que las normas existentes han socializado los riesgos y privatizado los beneficios, dejando a la mayoría del planeta casi sin voz en las decisiones que configuran su futuro. La tesis aquí es que la verdadera encrucijada no está entre la nostalgia por el viejo orden y el miedo al caos, sino entre las reglas hechas para unos pocos y las reglas diseñadas para el bien común. Hoy en día, las finanzas mundiales se asemejan a una orquesta en la que solo el primer violín decide la música y los demás le siguen. El FMI y el Banco Mundial incluyen la palabra «internacional» en su nombre, pero las palancas del poder siguen concentradas en los países del Norte Global, mientras que quienes sufren sus decisiones —sobre todo en el Sur Global— apenas tienen voz. Mariana Mazzucato, economista italiana y protagonista de esta historia, es una de las voces más firmes a la hora de pedir una «brújula del bien común» para reescribir estas reglas. Un dato llamativo: según sus cálculos, entre 1970 y 2023, los países del Sur Global pagaron 2,2 billones de dólares solo en intereses a los acreedores occidentales. Mientras tanto, para acceder a nueva financiación, a menudo se ven obligados a aceptar condiciones que reducen el gasto público y frenan el desarrollo, creando un círculo vicioso de dependencia. ¿Y los intentos de solución? Tomemos el caso de la financiación mixta, la estrategia lanzada en la década de 2010 para «transformar miles de millones en billones» atrayendo inversiones privadas a los países pobres. Resultado real: como máximo, 15 000 millones de dólares al año, menos del 0,4 % de lo necesario para los Objetivos de Desarrollo Sostenible de la ONU. Y la mayor parte de este dinero procedía, en cualquier caso, de fuentes públicas, no privadas. Detrás de las cifras hay historias concretas: el Fondo Bezos para la Tierra, creado por el fundador de Amazon, invierte en proyectos climáticos, pero se financia con beneficios obtenidos también gracias a prácticas empresariales que generan 80,9 millones de toneladas de CO₂ al año y se basan en la elusión fiscal y la explotación laboral. Otro ejemplo: la Fundación Gates ha donado más de 100 000 millones de dólares a la salud mundial, pero los avances reales contra enfermedades como la malaria dependen más del agua potable y de los servicios públicos que de vacunas concretas, y el patrimonio de la fundación procede de Microsoft, una empresa acusada de limitar el acceso a tecnologías esenciales mediante patentes restrictivas. Cada vez que instituciones como el FMI y el Banco Mundial proponen soluciones, a menudo se trata de parches en un sistema diseñado para mantener el statu quo. Pero algo se está moviendo: iniciativas como la Iniciativa Bridgetown, liderada por la primera ministra de Barbados, Mia Mottley, piden una reforma de las finanzas mundiales para dar a los países más débiles acceso a fondos verdes y renegociar la deuda tras catástrofes naturales. Barbados, por ejemplo, ha incluido en sus bonos una cláusula que suspende los pagos durante dos años en caso de catástrofe. Y luego está la Misión 300 del Banco Mundial, que tiene como objetivo llevar electricidad a 300 millones de africanos para 2030, con inversiones conjuntas públicas y privadas y atención al impacto social. Pero el verdadero salto cualitativo está aquí: crear una verdadera brújula del bien común, basada en cinco principios: una dirección clara, la participación de todos, el aprendizaje y el intercambio de conocimientos, la distribución equitativa de los beneficios y la transparencia absoluta. No basta con hablar de «misiones»; hay que garantizar que cada norma responda a preguntas concretas: ¿quién decide? ¿Quién se beneficia? ¿Quién asume los riesgos? ¿Y ante quién rinde cuentas la institución? El contrapunto que a menudo falta en el debate es este: no estamos hablando solo de cifras o de gobernanza, sino de historias de autonomía denegada y de posibilidades que pueden cambiar la historia de generaciones enteras. Mientras el Sur Global se vea obligado a negociar únicamente el coste del capital, nunca podrá marcar la agenda del desarrollo. La frase que hay que tener en cuenta es: Las mejores reglas no son las escritas para unos pocos, sino las que ponen el bien común en el centro. Si esta perspectiva te ha hecho ver las finanzas globales desde otro ángulo, en Lara Notes puedes pulsar «I'm In»: es tu forma de decir que esta idea ahora forma parte de tu forma de pensar. Y si en una cena te toca hablar de las normas que deciden el destino de miles de millones de personas, en Lara Notes puedes etiquetar a quienes estaban contigo con Shared Offline, para que esa conversación pase a formar parte de vuestra historia. Esta Nota procede de Foreign Policy y te ha ahorrado 15 minutos de lectura.
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