Científicos reviven por primera vez la actividad en cerebros de ratón congelados
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Despertar la mente congelada: los primeros pasos hacia la crioconservación cerebral.
Imagina la clásica escena de ciencia ficción: un viajero congelado en el tiempo, conservado durante siglos, que luego se despierta con todos sus recuerdos y capacidades perfectamente intactos. Aunque este concepto ha pertenecido durante mucho tiempo al ámbito de la imaginación, ahora los científicos han dado un paso importante para convertirlo en realidad. El objetivo no es únicamente congelar el tejido cerebral, sino también reactivar su actividad vital después de la crioconservación.
Durante décadas, los investigadores se han enfrentado al reto de preservar las delicadas estructuras del cerebro. La congelación suele generar cristales de hielo dañinos que perforan las células y alteran la propia estructura de las redes neuronales, borrando en esencia los intrincados patrones que hacen posible la memoria, el aprendizaje y la conciencia. Incluso en los casos en que el tejido cerebral sobrevivía a la congelación a escala celular, la restauración de la auténtica función cerebral —la activación neuronal, el metabolismo y la plasticidad— seguía estando fuera de nuestro alcance.
Ahora, un equipo de investigación de Alemania ha logrado un gran avance. Mediante un proceso denominado vitrificación, lograron conservar y, posteriormente, revivir cortes de cerebro de ratón con actividad funcional. La vitrificación es una técnica de enfriamiento rápido que transforma los líquidos del interior de los tejidos en un estado vítreo y sin hielo, lo que evita la formación de los destructivos cristales de hielo. Los científicos trataron cortes de cerebro de ratón —en concreto, el hipocampo, el centro de la memoria del cerebro— con una solución especial de crioprotectores antes de sumergirlos en nitrógeno líquido a la asombrosa temperatura de −196 °C. Estas secciones permanecieron en su estado vítreo congelado desde tan solo diez minutos hasta una semana entera.
La verdadera prueba llegó después de la descongelación. Una vez recalentadas suavemente, se examinaron las secciones de cerebro en busca de signos de vida. Bajo el microscopio, las membranas de las neuronas y sus conexiones parecían intactas. Las pruebas revelaron una actividad mitocondrial saludable, lo que indicaba que los motores metabólicos de las células seguían funcionando. Lo más impresionante es que los registros eléctricos revelaron que las neuronas aún podían dispararse en respuesta a la estimulación, e incluso las vías esenciales para el aprendizaje y la memoria —la denominada potenciación a largo plazo— seguían activas, casi como si el tejido nunca se hubiera congelado.
Sin embargo, el camino aún queda largo. Las secciones de cerebro conservadas solo pudieron estudiarse durante unas horas antes de que se produjera la descomposición natural. Ampliar la escala de este proceso —de finas láminas a cerebros enteros, o incluso a órganos completos— plantea enormes desafíos. Problemas como la toxicidad de los crioprotectores y el estrés derivado del enfriamiento profundo siguen siendo muy importantes. Y, aunque estos experimentos nos acercan un poco más a la conservación de las mentes para el futuro, el sueño de los bancos de órganos a largo plazo o del criosueño de todo el cuerpo sigue estando lejos.
No obstante, este hito marca un capítulo apasionante en la historia de la crioconservación. Ahora, no solo la supervivencia de las células, sino también la reactivación de la actividad cerebral viva tras la animación suspendida, se encuentran dentro del ámbito de lo posible. Los límites entre la ciencia ficción y los logros científicos están empezando a desdibujarse, lo que abre la puerta a un futuro en el que la mente congelada podría despertar de verdad.
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