Cómo puede ganar Europa: una estrategia para frenar el declive

Frenchto
Cómo puede ganar Europa: cambiar el rumbo para evitar el declive. Imaginemos a Europa en una encrucijada, rodeada de fuerzas que ponen en peligro su propio futuro. Al este, una Rusia resurgida hace alarde de su poderío militar, decidida a redibujar las fronteras y recuperar la influencia perdida. Al oeste, Estados Unidos, antaño un aliado inquebrantable, ahora parece impredecible y ensimismado, impulsado por unos líderes que desmantelan precisamente las alianzas y las normas que mantenían la estabilidad en el mundo. Mientras tanto, de nuevo en el este, China se erige como un formidable competidor económico y estratégico, con ambiciones que se extienden mucho más allá de sus fronteras. Sin embargo, contrariamente a la narrativa del declive inevitable, Europa no está condenada en exclusiva. Sus retos demográficos los comparten casi todos los países desarrollados, desde Estados Unidos hasta Japón, desde Corea del Sur hasta China. La verdadera cuestión no son las cifras, sino la voluntad y la capacidad de adaptarse y gestionar el cambio mejor que los demás. Al otro lado del Atlántico, el retroceso de Estados Unidos no comenzó con la última administración; se trata de un proceso prolongado, caracterizado por el cambio de prioridades desde principios de la década de 2000. Ya sea desentendiéndose de las crisis mundiales o erosionando la arquitectura de las alianzas de la posguerra, Estados Unidos se centra cada vez más en sus propios asuntos. Sin embargo, los actuales dirigentes estadounidenses no son tanto negociadores pragmáticos como perturbadores, guiados por impulsos personales en lugar de por normas claras o por una lógica estratégica. Los aliados notan el cambio: el apoyo a Ucrania pasa de la ayuda a los negocios, y las garantías de seguridad se vuelven ambiguas. Rusia, por su parte, carece del peso económico y tecnológico de una superpotencia, pero lo compensa con su disposición a usar la fuerza y a alterar el orden establecido. Sus dirigentes no ocultan sus ambiciones imperiales. Cada vez que Europa subestimó las intenciones de Rusia, desde la anexión de Crimea hasta la invasión de Ucrania, pagó un precio. Ahora, si Ucrania cae, se abre el camino para una mayor expansión rusa en Europa, especialmente a medida que el paraguas de seguridad estadounidense se vuelve irregular. El caso de China es diferente, pero no menos complejo. Aunque su crecimiento se ralentice y sus problemas demográficos aumenten, es posible que sus dirigentes se vuelvan más asertivos, y no menos, especialmente en relación con focos de tensión como Taiwán. El riesgo de error de cálculo aumenta a medida que los compromisos de Estados Unidos en la región de Asia-Pacífico se vuelven menos predecibles. La asociación entre China y Rusia no es una alianza formal, pero sí un vínculo sólido, unido por el deseo común de debilitar el orden mundial liberal. ¿En qué situación deja esto a Europa? No como espectadora impotente, sino como actor con fortalezas ocultas. A menudo se subestiman su economía, sus finanzas públicas y su capacidad de innovación tecnológica. A medida que Estados Unidos levanta barreras y restringe el talento, Europa podría convertirse en un nuevo imán para trabajadores cualificados e investigadores. Las semillas de la renovación económica y militar ya están ahí, desde el aumento de los presupuestos de defensa en Alemania y Francia hasta la transformación de Polonia en un peso pesado militar. Sin embargo, el tiempo apremia. En la actualidad, la dependencia militar de Europa de Estados Unidos es grave, con deficiencias en logística, inteligencia y defensa aérea. Sin embargo, con una inversión sostenida y la cooperación entre los principales actores (Alemania, Francia, Reino Unido y Polonia), Europa podría, en el plazo de una década, asumir una parte mucho mayor de su propia defensa. La urgencia es evidente: Rusia también conoce estos plazos y podría actuar antes de que Europa esté preparada. Para tener éxito, Europa también debe mirar más allá de las viejas alianzas. El llamado «Sur Global», un conjunto de naciones increíblemente diverso, comparte el interés de resistirse a la dominación de cualquier potencia individual, ya sea estadounidense, rusa o china. Al establecer alianzas genuinas con países como India, con economías asiáticas clave y con democracias africanas dinámicas, Europa puede ampliar su influencia y multiplicar sus opciones. El camino que tenemos por delante exige humildad y capacidad de adaptación. En lugar de predicar valores, Europa debe escuchar y colaborar, especialmente a medida que cambian los centros de poder en el mundo. El destino del continente no vendrá dado por el azar, sino por su voluntad de actuar, de innovar y de forjar nuevas coaliciones en un mundo en el que las viejas certezas han desaparecido. El declive no es inevitable, si Europa es capaz de aprovechar la ocasión, adaptarse y liderar.
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