Conferencia John Hejduk Soundings: Jacques Herzog conversa con Grace La

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Si te digo que uno de los arquitectos más aclamados del mundo, Jacques Herzog, ha declarado en público que «los libros de arquitectura son inútiles», ¿te lo crees? Pues sí que lo dijo, ante una sala llena de estudiantes y colegas: «No existe un solo texto histórico sobre arquitectura que hoy en día siga teniendo relevancia. Todo está muerto. Los libros están muertos». Los edificios permanecen». Esta es solo una de las provocaciones que surgen cuando escuchas a Herzog hablar de su obra. Su tesis —y aquí viene la sorpresa— es que la verdadera fuerza de la arquitectura no reside en una idea abstracta, en una teoría o en un estilo reconocible. Está en el proceso: en experimentar, en equivocarse, en cambiar de rumbo, en aceptar que cada proyecto es una respuesta diferente, cada vez. Mientras que muchos creen que un gran arquitecto debe tener un estilo reconocible, Herzog afirma lo contrario: «Me da alergia ver a arquitectos que arrastran un estilo como un fantasma». Y cuando le preguntan si intenta reinventar la rueda en cada ocasión, responde: «No quiero hacer algo diferente a toda costa; son las preguntas las que cambian cada vez. Y hoy no soy la misma persona que era cuando diseñé Ricola». Detrás de esta indiferencia hacia la «marca registrada» hay una forma de vivir el tiempo y la materia que se refleja en cada proyecto. Pongamos por ejemplo el almacén de Ricola en Mulhouse: una nave industrial de los años 90 con la fachada serigrafiada con hojas gigantes. No se trata solo de un capricho estético. Herzog explica que el verdadero protagonista es el tiempo: las hojas son fotografías abstractas de Blossfeldt, ampliadas hasta resultar casi inquietantes; la fachada cambia con la luz, la lluvia y el musgo que crece. El edificio «envejece», adquiere carácter, se convierte en algo que no estaba previsto. Y aquí se produce otra inversión: la belleza no se programa, sino que surge, a menudo gracias a materiales sencillos. «Si hubiéramos utilizado materiales lujosos, habría sido una estupidez. Lo bonito es que la fachada está impresa en policarbonato, que es muy económico». Una escena que hace que todo esto resulte inolvidable: cuando colocaron los paneles, Herzog se dio cuenta de que el tamaño de la hoja debía ser del tamaño de una persona, ni más ni menos. Si era demasiado pequeña, resultaba banal; si era demasiado grande, resultaba amenazadora. El secreto de la fascinación estaba precisamente ahí, en la relación física entre el cuerpo humano y la imagen. ¿Y la materia? Para Herzog, la materia tiene «una geometría oculta». La bodega Dominus Winery, en California, está construida con gaviones, simples redes metálicas rellenas de piedras recogidas in situ. Sin mármol, sin decoración: solo piedras «estúpidas», como él las llama, arrojadas dentro de las jaulas. Desde el exterior, la pared parece una masa compacta; desde el interior, la luz se filtra a través de los huecos y transforma la pared en un encaje de sombras y reflejos. Ninguna decisión estética tomada de antemano: «No sabíamos que quedaría así. Experimentamos, nos dejamos sorprender». ¿El resultado? Un edificio que de noche se vuelve casi invisible entre los campos y que ha ahorrado un millón de dólares en aire acondicionado gracias a la inercia térmica de las piedras. La misma lógica se aplica en el Schaulager de Basilea: al excavar los cimientos, utilizaron la grava del lugar para construir los muros. «Lo ideal sería que cada edificio utilizara los materiales que se encuentran al excavar el emplazamiento.» También en este caso, el detalle que se queda grabado en la memoria: las ventanas tienen la forma de una «marca» realizada en la grava, como la huella de un dedo en la arena; un gesto más que un dibujo. Y cuando la conversación deriva hacia la relación entre abstracción y fenómeno, Herzog zanja la cuestión: «No me interesa. La arquitectura solo tiene que funcionar, no inquietarte, no ser pretenciosa. ¿Los pensamientos y las teorías de los demás? Todo está muerto». El verdadero banco de pruebas es el cuerpo, la sensación física, el carácter que cada edificio desarrolla con el tiempo. A Herzog no le preocupa dejar huella, sino dejar espacio. Espacio para el cambio, para el error, para la sorpresa. Y cuando un proyecto cambia sobre la marcha, a menudo por motivos económicos o técnicos, no se aferra a la idea inicial: «Si realmente te gusta el proceso, aceptas volver a empezar de cero. Y a veces sale mejor». La frase que puedes repetir a cualquiera, incluso fuera del mundo de la arquitectura: La arquitectura no es una firma, es un proceso que cambia a quienes la crean y a quienes la viven. Si te reconoces en el rechazo de las etiquetas o en la idea de que la verdadera fuerza reside en intentarlo y cambiar, en Lara Notes puedes pulsar I’m In; no es un «Me gusta», sino una forma de decir: esta forma de pensar ahora es mía. Y si esta conversación te lleva a contarle a alguien cómo un muro de piedra puede ser más radical que mil teorías, en Lara Notes puedes indicar quién estuvo presente con Shared Offline, porque algunas ideas solo viven cuando se transmiten de boca en boca. Esta Nota es el resultado de una conversación pública entre Jacques Herzog y Grace La en la Harvard GSD. Al escucharla aquí, te has ahorrado nada menos que 104 minutos de clase.
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