Contaminación, corrupción y acaparamiento de tierras por parte de empresas chinas: en la RDC, el alto precio de la fiebre del oro

Frenchto
En Giro, una localidad de 15 000 habitantes situada en el noreste de la República Democrática del Congo, la puesta de sol no solo trae frescor: también trae colas de hombres jóvenes que, tras una jornada en las minas de oro, acuden a los bares como en una vieja película del Oeste. Uno de ellos es Babyssy Abayogo, de veintiún años, con una chaqueta morada llena de lentejuelas y una llamativa cadena, originario de Isiro, a 300 kilómetros de allí. Cuenta que llegó a Giro a los dieciséis años, porque en su provincia no hay otras opciones para ganar dinero. El trabajo en la mina es duro y peligroso, pero en los meses buenos consigue ganar entre 1 000 y 2 000 dólares. Lo que resulta desconcertante es que aquí, en una de las zonas más pobres del Congo, el oro promete riqueza, pero solo deja polvo y corrupción. La fiebre del oro no es un cuento de hadas sobre la superación: es una trampa que enriquece sobre todo a las empresas extranjeras, a menudo chinas, que poco a poco van comprando los yacimientos de oro a los artesanos locales. La tesis que lo desmonta es la siguiente: crees que la extracción de oro trae consigo desarrollo, pero en realidad convierte la miseria en un negocio global en el que quienes trabajan arriesgan la vida y quienes compran las tierras se quedan con todo lo demás, incluido el medioambiente. Detrás de las luces de los bares y del sueño del dinero fácil, existe un sistema en el que la promesa de riqueza sirve para mantener la pobreza, no para superarla. Babyssy no es la excepción: cientos de chicos como él, y muchas chicas, atraídos por la esperanza de un futuro mejor, acaban viviendo entre minas, juegos de azar y, a menudo, prostitución. Sus ingresos mensuales, que pueden parecer elevados en un contexto de extrema pobreza, se convierten en gastos inmediatos, sin ninguna seguridad ni derechos. Mientras tanto, la verdadera riqueza —el control de la tierra y la producción a gran escala— pasa a manos de empresas extranjeras. Y, mientras el precio del oro se dispara en los mercados internacionales, lo único que les queda a los lugareños es el polvo y una naturaleza devastada: aguas contaminadas, tierras inutilizables y ninguna alternativa real de cara al futuro. Un dato que no se puede olvidar: en los buenos tiempos, un joven puede ganar 2 000 dólares al mes, pero este dinero no cambia la estructura de la pobreza; es más, la consolida. Ahora bien, lo que casi siempre falta en estos relatos es la visión del círculo vicioso: cuanto más aumenta el valor del oro, más crece la presión sobre las tierras, pero menos voz tienen los residentes sobre cómo se utilizan y se protegen. Se trata de una espiral en la que las comunidades locales pierden poder cada vez que creen que lo han ganado. La frase que queda: en el Congo, el oro no enriquece a quienes lo extraen, sino a quienes se lo llevan. Si esta historia te afecta, en Lara Notes puedes pulsar «I'm In». No es un «Me gusta»; es tu forma de decir: «Esta idea ahora es mía». Y si mañana le cuentas a alguien el viaje de Babyssy, en Lara Notes puedes dejar constancia de ello: Shared Offline es la forma de decir que esa conversación importaba. Esta Nota procede de una investigación de Le Monde y te ha ahorrado al menos seis minutos de lectura.
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Contaminación, corrupción y acaparamiento de tierras por parte de empresas chinas: en la RDC, el alto precio de la fiebre del oro

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