El dolor y la piedad: la película que conmocionó a Francia
Frenchto
Imagina que estás en París en 1971 y descubres que la película más comentada del año no es un «thriller» de acción ni una comedia, sino un documental que echa por tierra la versión oficial de la Historia. «Le Chagrin et la Pitié», de Marcel Ophüls, recién estrenada, no solo no se emite en la televisión nacional francesa, sino que se prohíbe literalmente. ¿Por qué? Porque muestra que la Francia de la ocupación nazi no era esa nación unida, heroica y totalmente comprometida con la Resistencia que contaban los libros de texto: también era un país de compromisos, de colaboraciones, de silencios. El cambio es radical: hasta entonces, la narrativa dominante presentaba una Francia totalmente partisana, totalmente «buenos contra malos», totalmente De Gaulle. Ophüls, en cambio, dirige la cámara hacia las ambigüedades, hacia los «yo no sabía», hacia las medias confesiones, hacia las bromas amargas. Y no solo eso: lo hace dando voz a gente corriente, comerciantes, padres de familia, antiguos colaboracionistas, testigos que se desvelan ante el micrófono de una manera que, en aquel momento, era inaudita. Marcel Ophuls, hijo de Max Ophuls, un director judío alemán huido de la Alemania nazi, no estaba destinado a conmocionar a Francia. Su trayectoria abarca desde el exilio en Estados Unidos hasta su regreso a Europa, desde el cine hollywoodiense hasta los reportajes para la televisión francesa, desde ayudante de dirección de Truffaut hasta outsider dispuesto a desafiar la memoria colectiva. La génesis de la película se produjo casi por casualidad: tras el fracaso de una de sus películas comerciales, Ophüls aceptó trabajar para la televisión porque, como dijo, «también había que comer». Pero lo que comienza como un proyecto para ganarse la vida se convierte en un terremoto cultural. La fuerza del documental reside en su estructura: entrevistas que no eluden las zonas grises, preguntas incómodas, ironía mordaz (incluso cuando pregunta a un entrevistado si no era «un poquito nazi»). La escena clave llega con Monsieur Klein, un comerciante de Clermont-Ferrand, que confiesa haber publicado un anuncio para decir que sí, su nombre sonaba judío, pero él era católico. Ninguna empatía por los deportados, solo el deseo de «no verse implicado». Es aquí donde la película muestra algo nunca visto: la colaboración de ciudadanos de a pie, la complicidad burocrática, el miedo a ser asociados con los perseguidos. Las cifras son despiadadas: en Francia, solo el 5 % de los judíos deportados sobrevivieron, y a menudo la policía local se mostró más diligente que los propios ocupantes. Ophüls no busca un «cinéma vérité» neutral: quiere que la realidad hable, pero no se escuda en la ilusión de la objetividad. ¿Y la reacción? Violenta. La ORTF, la televisión estatal, rechaza la película por temor a «destruir mitos que Francia aún necesita». Simone Veil, superviviente de Auschwitz y posteriormente ministra, se opone a la narración de la película, al considerarla demasiado dura con los franceses. Otros políticos, bancos y figuras públicas presionan para que se eliminen escenas incómodas, como la de René Bousquet, organizador de las deportaciones, que en aquella época todavía frecuentaba los salones parisinos. Pero el público, especialmente los jóvenes de aquellos años, lo convierte en un acontecimiento: colas fuera de las salas, debates interminables, cartas a los periódicos. Y la pregunta que flota en el aire ya no es «¿qué habría hecho yo?», sino «¿qué hicieron realmente nuestros padres y abuelos?». La perspectiva que casi nadie se atrevía a plantear en aquel momento es la siguiente: quizá solo un forastero, hijo de refugiados, podía permitirse romper el silencio colectivo sin que lo silenciaran de inmediato por traidor. Ophüls, al igual que otros extranjeros o hijos de la diáspora, tuvo el valor de mirar de frente la historia que los autóctonos no querían ver. En una de las escenas más impactantes, Claude Lévy relata la entrega de presos políticos franceses, incluidos niños, a los nazis por parte de las autoridades locales. Cuando la película llega a Estados Unidos, la pregunta cambia: «¿Y nosotros? Cuando en Vietnam nos enfrentamos a dilemas morales similares, ¿nos comportamos mejor?» La película se convierte en un espejo para cualquier país que prefiera olvidar sus propias complicidades. Esta es la clave: «Le Chagrin et la Pitié» cambia para siempre la memoria pública y obliga a Francia —y no solo a Francia— a no volver a mirar para otro lado. Si quieres tener en mente una frase, es esta: ningún país está formado únicamente por héroes, y toda memoria nacional es una batalla entre la verdad y la necesidad de consuelo. Si este relato te ha hecho ver la historia con otros ojos, en Lara Notes puedes pulsar «I’m In»: es la forma de decir que ahora esta perspectiva también es la tuya. Y si te ocurre hablar de ello con alguien, quizá en una cena o en familia, puedes registrar esa conversación con Shared Offline: las ideas que nos hacen debatir merecen quedar plasmadas. Esta Nota procede de TeoTosone: acabas de recuperar en pocos minutos un tema que a muchos les ha costado décadas de silencio.
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