El error de Marc Andreessen
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Marc Andreessen, uno de los inversores más influyentes de Silicon Valley, ha declarado que quiere tener «cero» introspección en su vida. Según él, las personas que se obsesionan con el pasado se quedan estancadas, y la introspección sería un invento reciente, algo propio de Freud y del siglo XX. En las redes sociales, añadió: «Es absolutamente cierto que los grandes hombres y mujeres del pasado no se dedicaban a quejarse de sus sentimientos. No me arrepiento de nada». A primera vista, parece la típica oposición entre los «duros» del mundo empresarial, decididos y orientados a la acción, y los humanistas «blandos», que consideran que la introspección es la esencia de una vida plena. Pero la cuestión es más compleja: Andreessen no está del todo equivocado, e incluso los defensores de la introspección deberían escucharlo. La tesis es la siguiente: la introspección no siempre es buena; puede ser un arma de doble filo. No basta con ahondar en uno mismo para crecer; es más, a menudo nos contamos historias sobre nosotros mismos que son poco más que ficción. Sin embargo, sin la capacidad de nombrar y reconocer nuestras emociones, la vida sigue siendo monótona y las decisiones empeoran. La cuestión no es si debemos practicar la introspección, sino cómo hacerlo sin quedar atrapados en nuestras propias historias. ¿Quiénes son los protagonistas de esta batalla cultural? Por un lado, Andreessen, convencido de que los sentimientos no son más que un estorbo. Por otro lado, figuras como Charles Dickens, quien en la novela «Tiempos difíciles» presenta a Thomas Gradgrind, un precursor de Andreessen: «Lo que quiero son hechos. Enseñad solo hechos. En la vida solo sirven los hechos». Gradgrind acabará abrumado por su propia rigidez. También John Stuart Mill, un filósofo al que su padre educó como una máquina racional, sufrió una crisis depresiva y solo la poesía de Wordsworth lo salvó. Pero el verdadero giro inesperado procede de la ciencia: en los últimos treinta años, la neurociencia ha demostrado que la mayoría de nuestras explicaciones sobre lo que sentimos o hacemos son construcciones a posteriori. Como escribe Will Storr, «No sabemos por qué hacemos lo que hacemos o sentimos lo que sentimos. Nos inventamos historias para justificar nuestras decisiones, nuestras convicciones morales, incluso para explicar por qué nos emociona una canción». Esto significa que, a menudo, en lugar de descubrir nuestro verdadero yo, nos limitamos a inventar versiones de nosotros mismos que nos hagan sentir mejor. Y aquí es donde la introspección se vuelve peligrosa. Un dato que no te esperas: un estudio realizado entre 10 000 estudiantes universitarios reveló que la introspección, si se lleva a cabo de forma incorrecta, se asocia a una disminución del bienestar general. Y quienes reflexionan demasiado sobre sí mismos después de un duelo pueden acabar más deprimidos al cabo de un año. Tolstói, uno de los escritores más grandes de la historia, fue el epítome de la introspección fallida: llenaba diario tras diario con sus supuestas deficiencias morales, pero en realidad nunca cambiaba. Siguió siendo egocéntrico y difícil hasta el final. Sin embargo, Andreessen se equivoca al pensar que la introspección es solo una moda moderna. Basta con citar a Marco Aurelio, Agustín, Montaigne o Jane Austen: todos ellos fueron magistrales exploradores del alma. Pero su error más grave es ignorar la ciencia de las emociones. Las emociones no son obstáculos para el pensamiento racional: son las brújulas que nos permiten valorar las cosas. Como explica el neurocientífico Ralph Adolphs, «Una emoción es un estado funcional de la mente que pone al cerebro en un modo de funcionamiento específico: ajusta tus objetivos, dirige la atención y modifica el peso que das a los distintos factores a la hora de tomar decisiones». Quienes no pueden procesar las emociones, debido a lesiones cerebrales, no se convierten en superracionales al estilo de Spock: simplemente toman decisiones desastrosas. Pero entonces, ¿cómo se distingue una introspección positiva de una destructiva? Aquí entra en juego la diferencia entre excavar como arqueólogos en nuestro interior —con el riesgo de perdernos en un laberinto de «porqués»— y observarnos a nosotros mismos desde fuera, como un periodista que recopila datos. La clave está en hacerse preguntas concretas: ¿Qué siento? ¿Cuándo sentí esta emoción por última vez? ¿De dónde procede? Las personas con lo que Lisa Feldman Barrett denomina «alta granularidad emocional» son capaces de distinguir entre ansiedad, frustración, ira, presión y estrés. Y esta habilidad, que también se entrena escribiendo sobre uno mismo durante unos minutos al día, ayuda a regular mejor las emociones, a mantener relaciones más sanas e incluso a reforzar el sistema inmunitario. Los grandes introspectores no quedan atrapados en sus propios pensamientos: observan, cuentan la historia y luego siguen adelante. ¿Qué frase te ha calado hondo? El mejor uso de la introspección es aprender a conocerse lo suficiente como para dejar de pensar en uno mismo y volcarse hacia los demás. Si esta perspectiva te ha cambiado la forma de ver la autorreflexión, en Lara Notes puedes indicarlo con I'm In: no es un «Me gusta», es tu forma de decir que esta idea ahora forma parte de ti. Y si esta historia te viene a la mente la próxima vez que alguien hable de emociones o de decisiones en una cena, en Lara Notes puedes etiquetar a quienes te acompañaban con Shared Offline, porque ciertas conversaciones merecen que se recuerden. Esto era The Atlantic y te has ahorrado más de diez minutos en comparación con la lectura del artículo original.
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