El estilo de apego no es algo predeterminado
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Cuando la profesora Ximena Arriaga explicaba la teoría del apego a sus estudiantes, inmediatamente veía el pánico: los que tenían un estilo ansioso parecían pensar «estoy perdido», los que eran evitativos se ponían rígidos en la silla. La idea de que nuestro estilo de apego es una condena de por vida es una de las creencias más extendidas —y más erróneas— sobre la psicología de las relaciones. Todos creemos que tenemos una especie de signo zodiacal emocional: ansioso, evasivo, seguro, y de ahí no hay escapatoria. Pero la ciencia actual dice lo contrario: nuestra forma de apegarnos a los demás no es fija, no está escrita en nuestra infancia y, sobre todo, puede cambiar, incluso mucho más de lo que imaginamos. El malentendido surge desde los inicios de la teoría, en los años cincuenta, con John Bowlby y los infames experimentos de Harry Harlow: monos separados de su madre, sustitutos de tela o metal, cachorros que prefieren un abrazo suave a la leche de verdad. Todo parecía indicar que la relación con la madre era la matriz eterna de cualquier vínculo futuro. Pero la propia investigación de Harlow desmintió el fatalismo: los monos aislados, si luego se reunían con otros de su especie, recuperaban casi por completo las habilidades sociales. Michael Lewis, que dirige el Instituto para el Estudio del Desarrollo Infantil en Rutgers, lo explica así: no son solo los padres los que forjan las relaciones de un niño, sino toda la red de adultos y compañeros que conoce. Y, sobre todo, el apego no se desarrolla solo en la infancia: estudios recientes muestran muy poca correlación entre el estilo de apego en la infancia y en la edad adulta. William Chopik, psicólogo de la Universidad Estatal de Michigan, lo hace aún más concreto: «Tal vez seas un poco más evasivo que yo, o más seguro que un amigo tuyo. Hablamos de diferencias decimales, no de mundos separados». Algunos estudiosos de hoy en día prefieren llamarlo orientación al apego, no estilo, precisamente para evitar la idea de una etiqueta fija. Amir Levine, psiquiatra de la Universidad de Columbia, sugiere que lo consideremos como un «modelo de trabajo del mundo»: una serie de creencias que se actualizan continuamente con cada nueva relación. Y, de hecho, la mayoría de nosotros nos volvemos más seguros con el paso de los años: acumulamos pruebas de que los seres queridos permanecen a nuestro lado, nos sentimos más tranquilos en nuestra forma de estar con los demás. Chopik dice: «Después de cuarenta años de matrimonio, es de esperar que dejes de preocuparte por si tu pareja seguirá ahí mañana». Pero no se trata solo de la edad o del romanticismo: tu apego puede cambiar de una relación a otra e incluso de un día para otro, especialmente en momentos de estrés. Marisa Franco, psicóloga de Maryland, dice que muchos tienen un apego más seguro con su pareja que con sus amigos, porque las amistades son más ambiguas y nos hacen volver a caer en viejos patrones. Y en la práctica también importa con quién pases el tiempo: si eres ansioso, una persona tranquilizadora puede ayudarte; si eres evasivo, un espacio seguro puede hacer milagros. Sin embargo, Arriaga advierte: quien es ansioso no solo debe buscar la tranquilidad en los demás, sino aprender a sentirse válido por sí mismo. En un estudio sobre los nuevos padres, observó que aquellos que se sentían competentes en su nuevo papel se volvían más seguros con el tiempo. E incluso el deseo de cambiar marca la diferencia: Chopik descubrió que quienes realmente quieren avanzar hacia la seguridad progresan más que quienes se resignan. Al final, el verdadero punto de inflexión es saber que nuestro patrón de apego no es la realidad, sino solo una lente, y que puede cambiar. Cuando los estudiantes le preguntan a Arriaga si hay esperanza, ella responde sin dudar: «Por supuesto que sí». La forma en que te vinculas a los demás no es un destino. En Lara Notes puedes marcar con I'm In si esta perspectiva ha cambiado tu forma de pensar sobre tus relaciones: es una declaración, no un «me gusta». Y si por casualidad hablas con alguien de este descubrimiento, puedes etiquetarlo con Shared Offline: así queda constancia de una conversación que realmente importa. Esta Nota proviene de The Atlantic y te ahorra 2 minutos.
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