El eterno afán de destruir la tecnología
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En 1980, una banda francesa de técnicos informáticos prendió fuego a los archivos de datos de una multinacional en protesta contra la informatización. No se trataba de hackers adolescentes con lemas ingenuos, sino de profesionales de las tecnologías de la información que calificaron su gesto como «un acto inteligente de sabotaje» contra «los peligros de la informática y la telemática». Resulta extraño pensar que la rabia contra la tecnología no es en absoluto un fenómeno reciente, sino un impulso antiguo, casi instintivo. La tesis central es la siguiente: el impulso de rebelarse e incluso de destruir las nuevas tecnologías no es una moda pasajera de nuestra era digital, sino un rasgo recurrente de la historia de la humanidad. Y, sobre todo, no surge únicamente del miedo a lo nuevo; a menudo es una respuesta lúcida, crítica e incluso poética a la idea de que el progreso tecnológico es inevitable y siempre positivo. En su libro «Techno-Negative», Thomas Dekeyser recoge historias que desmienten la versión oficial. No solo los famosos ludditas ingleses, que a principios del siglo XIX rompían telares para defender su trabajo: en París, en 1830, los revolucionarios destruyeron miles de farolas de gas, que consideraban los ojos del Estado que vigilaban las calles. CLODO, el grupo francés de los años 80, llegó a bombardear archivos informáticos regionales, denunciando una sociedad «en la que nos conectamos como trenes en una estación de mercancías, con la esperanza desesperada de reducir el azar». ¿Su temor? Que el registro digital fuera una jaula existencial, una prisión de datos. Si hoy nos parece normal sentir inquietud por la inteligencia artificial, que amenaza el trabajo creativo, o por las redes sociales, que desestabilizan la salud mental de los jóvenes, Dekeyser nos demuestra que se trata de un sentimiento tan antiguo como la palabra «tecnología». Incluso los antiguos griegos, escribe, temían que la technē —es decir, el arte de construir, la ingeniería— conllevara algo oscuro, casi demoníaco. No es de extrañar que crearan muy pocas máquinas duraderas, pues desconfiaban de todo lo que pudiera acercar al ser humano al papel de los dioses o menoscabar el valor de la belleza humana. En la Edad Media, la Iglesia vinculaba la tecnología con la soberbia y la tentación diabólica: un cronista del siglo XII acusó al papa Silvestre II de haber utilizado la magia negra para que le construyeran una cabeza parlante capaz de predecirle el futuro. Dekeyser resume así la postura de la Iglesia: «La condición oculta de la tecnología es el pecado». Con la Revolución Industrial, la desconfianza se convierte en conflicto social. No solo se teme a las máquinas que sustituyen al trabajo humano, sino también a la reducción de las personas a meros engranajes. Un episodio olvidado: en la Viena del siglo XVII, quien estropeaba una farola se arriesgaba a que le amputaran la mano. Y no fueron solo los europeos los que rechazaron la tecnología: Osei Bonsu, rey africano de los ashanti, rechazó regalos de los británicos, como tornos y cajas de música, consciente de que esos mecanismos eran caballos de Troya coloniales. Sin embargo, a quienes se resistían se les tildaba inmediatamente de atrasados, de salvajes, de condenados a sucumbir. La paradoja, subraya Dekeyser, es que hoy en día quien apaga el teléfono móvil o elige la tecnología más lenta no es simplemente un nostálgico: está realizando un acto político, un pequeño sabotaje al discurso dominante. Pero he aquí una perspectiva que no se oye a menudo: la resistencia a las tecnologías no solo sirve para frenar lo nuevo, sino también para recordarnos que la forma en que las aceptamos nunca es realmente neutral. Los actos de sabotaje —aunque a menudo fracasen, como los de los ludditas o los de CLODO— nos ayudan a cuestionar la idea del progreso inevitable. Y quizá, como escribe Dekeyser, «no hay suficiente odio para este mundo tecnológico». La frase final: La rebelión contra la tecnología no es ignorancia, sino una forma ancestral de defender la libertad humana. Si, mientras escuchabas, has pensado que tú también, a veces, te gustaría encender una cerilla contra ciertos algoritmos, en Lara Notes puedes indicarlo con I'm In: no es un «Me gusta», es el gesto de quienes se reconocen en esta perspectiva. Y si esta historia te viene a la mente la próxima vez que alguien se queje de ChatGPT o de un nuevo «gadget», en Lara Notes puedes marcar la conversación con Shared Offline, porque ciertas ideas hay que debatirlas, no solo escucharlas. Este artículo procede de The New Yorker y te ha ahorrado al menos doce minutos de lectura densa.
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