El fin del desarrollo
Englishto
Los sueños de desarrollo chocan con la realidad geopolítica.
Imagina un mundo en el que los grandes ideales del desarrollo global, que en su día se plasmaron en los coloridos objetivos de las Naciones Unidas, se han estrellado contra un muro. La visión era arrolladora: erradicar la pobreza, educar a todos los niños, garantizar la igualdad de género y crear un planeta sostenible. Todas las naciones, ricas y pobres, debían avanzar juntas, guiadas por los Objetivos de Desarrollo Sostenible. Pero hoy, ese sueño colectivo se está desmoronando, no solo por las disputas políticas, sino porque el desarrollo en sí es profunda e ineludiblemente político.
La escena reciente en las Naciones Unidas ilustra el cambio: Estados Unidos, que en su día fue el principal arquitecto y patrocinador de las agendas de desarrollo global, ahora se encuentra solo, rechazando no solo los nuevos días internacionales de esperanza y coexistencia, sino todo el marco de los ODS. ¿La justificación? El interés nacional primero, la sospecha de agendas ocultas, especialmente aquellas que se consideran favorables a rivales geopolíticos como China. El lenguaje de la «convivencia pacífica» y el «diálogo entre civilizaciones» se interpreta como un código para la influencia china. El mensaje es claro: los sueños multilaterales están dando paso a una política competitiva y dura.
Sin embargo, el desmoronamiento de los ODS va más allá de una administración o un país. Toda la era del desarrollo apolítico y universal, un mundo gestionado por objetivos e infografías, está llegando a su fin. La promesa original era que, a través de objetivos compartidos y una inversión masiva, la humanidad podría diseñar un futuro mejor. Pero, ¿alguien ha creído realmente en un mundo en el que cada país podría convertirse en otro Japón o Alemania? En el fondo, tales escenarios evocan incomodidad entre las potencias actuales, porque el desarrollo real significa poder real, y un cambio en el equilibrio global.
La historia lo está diciendo. Cuando países como China y Rusia pasaron de la pobreza al poder, fue a través de una movilización interna implacable, una inversión impulsada por el estado y un fuerte sentido de propósito nacional. Su éxito no fomentó la armonía global; provocó ansiedad, competencia e incluso guerras frías. El desarrollo, cuando funciona, trae nuevas voces y nuevos músculos a la escena mundial, a menudo desafiando el mismo orden que una vez ofreció ayuda.
Los intentos de diseñar el desarrollo a través de medios tecnocráticos, como los esquemas de financiación combinada que prometen convertir miles de millones en ayuda en billones en inversión privada, han fracasado en gran medida. Las regiones más pobres del mundo, especialmente en África, siguen sufriendo de falta de financiación y desnutrición. La ayuda suele llegar a niveles demasiado bajos para marcar una diferencia real, en algunos casos, unos pocos céntimos por semana y persona, mientras que el sistema internacional sigue estando amañado a favor de los acreedores privados y la fuga de capitales.
Mientras tanto, Europa, aunque sigue comprometida formalmente con los objetivos de desarrollo, está recortando discretamente los presupuestos de ayuda para centrarse en prioridades de seguridad inmediatas, como la guerra en Ucrania. La elección es clara: misiles y tanques sobre escuelas y clínicas en tierras lejanas.
Lo que se desprende es una nueva y aleccionadora comprensión: el desarrollo no consiste solo en reducir la pobreza o construir infraestructuras. Se trata de poder: el poder de actuar, de afirmarse, de resistir y de dar forma a los destinos. Un mundo verdaderamente desarrollado sería más multipolar, menos manejable y profundamente político. En este entorno, la noción de una agenda de desarrollo neutral y universalmente respaldada está obsoleta.
El dilema es grave en África, donde la transformación demográfica es inevitable. El mundo no ha tenido en cuenta lo que significa que las naciones africanas se conviertan en centros de innovación, poder económico y, posiblemente, influencia militar. Lo mismo se aplica a cualquier país que rompa las barreras del subdesarrollo: el orden mundial debe adaptarse, a menudo con dificultad, a las nuevas realidades.
¿Y ahora qué? El camino a seguir se basa en el realismo y la concentración. Salvar vidas a través de la ayuda humanitaria sigue siendo vital: los refugiados, las epidemias y los estados fallidos exigen una atención urgente. Pero el verdadero desarrollo solo vendrá de la determinación nacional, la voluntad política y las asociaciones inteligentes, no de los grandes planes internacionales. La transformación a gran escala requiere un compromiso real, no gestos simbólicos o proyectos con fondos insuficientes.
En la nueva era, las potencias mundiales deben abandonar las fantasías de gestionar el desarrollo mediante hojas de cálculo. En cambio, deben lidiar con el hecho de que cada paso hacia el progreso genuino es un paso hacia un mundo más complejo, disputado y vibrante, un mundo donde el poder, no solo la pobreza, se redistribuye. La cooperación, la competencia e incluso la confrontación darán forma al futuro del desarrollo, no a los objetivos abstractos, sino a las realidades desordenadas de la ambición, el ingenio y la voluntad de poder.
0shared

El fin del desarrollo