El fin del futuro
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Elon Musk dijo una vez: «Tiene que haber cosas que te inspiren, que te hagan feliz al despertarte por la mañana y decir: "No veo la hora de que llegue el futuro"». Ahora, párate un momento: ¿cuántas veces has oído a un político hablar así en los últimos años? Hoy en día parece que vivimos en una época en la que el futuro no es un plan, sino una fuente de ansiedad o, como mucho, una palabra vacía. Y aquí viene el giro: durante la mayor parte de la historia moderna, la política era precisamente el lugar donde se construían visiones colectivas del futuro. Hoy, sin embargo, la verdadera imaginación radical se ha trasladado a otro lugar: Silicon Valley y Big Tech. No es solo una cuestión de nuevas tecnologías, sino de quién decide por qué debemos esperar, temer o luchar. Durante décadas, los partidos y movimientos políticos han movilizado a millones de personas prometiendo transformaciones profundas: piensa en los socialistas alemanes de finales del siglo XIX, como Karl Kautsky, que decía: «Todos los demás partidos viven solo en el presente, al día; solo el partido socialista tiene un objetivo preciso en el futuro». Esa era la regla: si querías cambiar el mundo, tenías que saber prometer algo que fuera más allá de la próxima semana. Incluso la propia democracia funcionaba mirando hacia el futuro: perder unas elecciones no era el final, porque el futuro seguía abierto y aún se podía cambiar de rumbo. Pero mira cómo estamos hoy: políticos que venden nostalgia, gobiernos que se limitan a gestionar emergencias, y la consigna parece ser «adaptación», no «transformación». Es como si la política hubiera dejado de soñar, dejando el futuro en manos de quienes tienen más poder económico y tecnológico. Pongamos por ejemplo Palantir, la empresa dirigida por Alexander Karp: en su libro «La República Tecnológica» dice que la élite de ingenieros de Silicon Valley tiene la obligación de ayudar a definir quiénes somos como nación y qué valores defendemos. O Peter Thiel, que en su superventas «De cero a uno» anima a los empresarios a crear empresas capaces de dar forma al futuro a su medida, llegando a financiar proyectos como Praxis, que quiere crear ciudades privadas para ricos desde el Mediterráneo hasta Groenlandia. Y no son solo palabras: los manifiestos programáticos de las empresas tecnológicas son hoy más ambiciosos y políticos que los de los partidos. Palantir propone el servicio civil obligatorio y las inversiones militares a largo plazo, mientras que Marc Andreessen, otro magnate de Silicon Valley, ha escrito un «manifiesto tecnooptimista» en el que se describe la inteligencia artificial como la nueva Piedra Filosofal, capaz de salvar vidas y llevar a la humanidad a nuevos niveles. Pero aquí está el punto que corremos el riesgo de no ver: si los políticos demócratas renuncian a imaginar el futuro, quien lo haga en su lugar no será neutral. Quien controla la visión del futuro también controla nuestras posibilidades de elección. El escritor Kodwo Eshun ya lo dijo hace veinte años: «Quienes descuidan el futuro lo ceden a otros que pueden utilizarlo en su contra». Hoy en día, las empresas contratan a futuristas para que moldeen las expectativas de la sociedad, y quienes se quedan fuera acaban viviendo en un mundo hecho con los sueños de los demás. Tal vez por eso la política parece cada vez más gris y los ciudadanos cada vez menos implicados: sin una idea compartida del futuro, toda lucha se reduce a la gestión del presente y toda derrota parece definitiva. Y, mientras tanto, sobre las grandes cuestiones como la IA, la seguridad o la desigualdad económica, el debate público sigue siendo tímido, casi resignado. Pero en ninguna parte está escrito que tenga que ser así. Democratizar el futuro significa reclamar espacios donde imaginar juntos, como hacían los partidos de antaño: no hace falta ser CEO para soñar a lo grande. Si dejamos la imaginación y la planificación solo en manos de los poderosos, nos despertaremos en un mundo que no hemos elegido. En resumen: quien no construya el futuro acabará viviendo el que decidan los demás. Si sientes que esta idea te concierne, en Lara Notes puedes usar I'm In: no es un «me gusta», es la forma de decir que esta perspectiva ahora forma parte de ti. Y si por casualidad hablas de ello con alguien, tal vez tomando un café o durante un paseo, en Lara Notes puedes marcar el momento con Shared Offline: es la forma de recordar que una conversación real puede cambiar cómo te imaginas el mañana. Todo esto proviene de Foreign Policy y te ahorra 9 minutos de lectura.
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