El pánico por la capacidad de atención
Englishto
Un estadounidense medio pasa más de seis horas al día delante del teléfono móvil, pero lo realmente sorprendente es que esta fatiga mental no se debe únicamente a una capacidad de atención demasiado escasa. Quienes se quejan de que ya no consiguen concentrarse a menudo se culpan a sí mismos: «Tengo la atención de un pastor alemán», «Me estoy dañando el cerebro». Pero aquí viene la vuelta de tuerca: no solo somos víctimas de nuestra debilidad, sino que nos hemos convertido en materia prima en una economía que nos extrae como se extrae el petróleo. El verdadero malestar no proviene de que nuestra atención sea breve, sino de la sospecha de que la estamos regalando a quienes la hacen rentable en nuestro lugar. Franklin Schneider, autor de este artículo para The Atlantic, llegó a desconectar internet en casa y nunca ha tenido un teléfono inteligente. Sin embargo, confiesa que ha pasado demasiadas noches viendo vídeos de accidentes aéreos o programas antiguos de Letterman, odiándose a sí mismo por cada minuto desperdiciado. No es solo una cuestión de fuerza de voluntad: neurólogos como Tony Ro explican que el cerebro humano posee distintos tipos de atención, pero la que hoy nos parece «débil» —la concentración en una sola cosa— es, en realidad, un invento reciente. Nuestros antepasados, cazadores y recolectores, tenían que estar preparados para cambiar de enfoque a cada segundo, no para leer novelas durante horas. Solo con el sedentarismo surgió el mito de la «deep attention», la atención profunda, e inmediatamente después el prejuicio: quien no la consigue es deficiente, «enfermo de hiperatención». Y hay quienes nos superan: Raymond Klein, psicólogo, afirma que un gato frente a una madriguera de ratones es capaz de concentrarse mucho más que nosotros. Pero la fatiga no es solo psicológica: concentrarse consume glucosa y oxígeno, y saltar de una notificación a otra quema aún más energía. El agotamiento incluso tiene un nombre histórico: los primeros trabajadores de Ford lo llamaban «forditis», un cansancio mental que los volvía irritables e incluso impotentes. Cambia la fábrica, pero las consecuencias permanecen. Hoy en día, la diferencia es que no vendemos nuestra atención: la regalamos a cambio de memes, vídeos de gatos o la ilusión de estar informados. Mientras tanto, las empresas tecnológicas ingresan miles de millones: en 2013, la mayor del mundo era ExxonMobil; hoy es Alphabet, la empresa matriz de Google. Somos como vacas lecheras industriales: nos llenan de estímulos y nos ordeñan hasta la última gota de atención. Esta es la cuestión que casi siempre se pasa por alto: la verdadera ansiedad no es solo el miedo a que nos «distraigan», sino la sensación de que nos han estafado. Como la amarga sensación que te queda después de haber regalado Manhattan a cambio de cuatro cuentas de colores. En este caso, cambiar de punto de vista significa dejar de preguntarse «¿por qué no consigo concentrarme?» y empezar a preguntarse «¿por qué permito que mi atención se venda a bajo precio?». No somos menos humanos si no nos resistimos: estamos más explotados. La frase que hay que recordar es esta: la ansiedad por la atención no surge de la debilidad, sino de la sospecha de que nos pagan de menos por algo que vale muchísimo. Si, después de esta historia, te has reconocido, en Lara Notes puedes pulsar I'm In: no es un simple «Me gusta», es la forma de decir que esta idea ahora forma parte de tu manera de ver el mundo. Y si mañana hablas de ello con alguien —tal vez contando la historia de Franklin Schneider o la de la «fordita»—, en Lara Notes puedes marcar la conversación con Shared Offline, para que la otra persona también sepa que para ti ha sido un momento importante. Esto era The Atlantic y te ha ahorrado 2 minutos de lectura.
0shared

El pánico por la capacidad de atención