El poder de SEDUCCIÓN de la FALSIFICACIÓN
Frenchto
En 1835, miles de personas en Francia y Estados Unidos creyeron en una historia increíble: un renombrado astrónomo, John Herchel, habría descubierto en la Luna criaturas humanoides con alas, los hombres-murciélago. El relato era tan detallado —nombres de científicos, descripciones científicas, cifras precisas sobre los telescopios— que lo verdadero y lo falso se mezclaban de forma casi indescifrable. Sin embargo, todo era inventado. Lo más sorprendente es que, incluso después de que se revelara el engaño, la fascinación por esta historia persistió, como si el poder de atracción de lo falso superara al de la verdad. La idea que tenemos hoy en día de lo falso suele estar vinculada a las nuevas tecnologías: deepfakes, IA, redes sociales. Se cree que es la sofisticación de los engaños lo que hace que la gente sea crédula. Pero la historia del engaño lunar —y mucho antes de este, la del famoso pánico de La guerra de los mundos de Orson Welles, que en sí misma es en gran parte un mito— muestra que, desde siempre, no es la sutileza del engaño lo que seduce, sino nuestro propio deseo de creerlo. Creemos en lo que nos hace soñar. Ya en el siglo XVIII, David Hume decía que la mente humana juzga la credibilidad de un relato según dos brújulas: la verosimilitud de la historia y la fiabilidad del narrador. Pero añadía que algunos rechazan estos dos criterios y creen en todo, por «amor a lo maravilloso». Y ese amor nunca flaquea, independientemente de la época o la tecnología. Monique Atlan, ensayista, va más allá: para ella, «lo falso no existe en sí mismo, solo existe en relación con lo verdadero». Siempre es un juego de equilibrio, un funambulismo entre la realidad y la imaginación. Sin embargo, la facilidad de acceso a lo falso en la actualidad —redes sociales, IA, «deepfakes»— no hace más que poner de manifiesto una tendencia humana mucho más antigua: el deseo de escapar de los límites de lo racional, de entretenerse, de disfrutar de la emoción. Alexandre Marsinkovski, que ha estudiado el engaño lunar, cuenta cómo este falso descubrimiento se convirtió en un éxito de ventas, se tradujo a varios idiomas y se retomó en la prensa, el teatro, la literatura y las canciones. No era solo una broma: era un fenómeno cultural, un entretenimiento colectivo. La Academia de Ciencias intentó restablecer la verdad, pero de forma débil, y el público quería sobre todo soñar. Incluso John Herchel, el científico implicado sin saberlo, reaccionó con diversión antes de verse superado por la magnitud del rumor. Lo que hace que todo esto sea vertiginoso es que incluso el desenmascaramiento de la historia se convierte en una nueva leyenda: ¿el pánico de la Guerra de los Mundos? Nunca tuvo lugar, pero todo el mundo lo recuerda como un hecho. El efecto de lo falso persiste, incluso cuando se desmonta. Roger-Pol Droit recuerda que la ciencia y la imaginación siempre avanzan juntas: cuanto más progresa el conocimiento científico, más se agita la imaginación colectiva, a veces hasta el delirio. La frontera entre la ficción y la realidad se difumina, especialmente cuando los marcadores de la ficción se desvanecen. Estamos llegando a una sociedad en la que la indiferencia ante la verdad se vuelve casi normal: lo que importa ya no es si una historia es cierta, sino si nos divierte, nos indigna o nos hace soñar. Ese es el verdadero peligro. Cuando todo se convierte en entretenimiento, incluso las cuestiones morales se desvanecen. Una anécdota del Talmud imagina una ciudad en la que cada mentira mata a un ser querido. De ello se deduce que la verdad no es solo una cuestión de conocimiento, sino una exigencia moral, un acto de responsabilidad. Pero vivir en la verdad pura sería insoportable: hay que aceptar caminar por la cuerda floja, dudar, buscar sin poseer nunca. La verdadera amenaza no es la duda atroz, como decía Tocqueville, sino la indiferencia tranquila, ese momento en el que incluso dejamos de cuestionarnos. Para resistir la seducción de lo falso, hay que recuperar el gusto por el discernimiento, aceptar la incertidumbre y rehabilitar la curiosidad como valor ético. En resumen, cuanto más multiplica la tecnología el poder de lo falso, más necesitamos límites, puntos de referencia y, sobre todo, vincular la búsqueda de la verdad a un esfuerzo común, compartido, nunca solitario. La verdad nunca es un logro, es una aspiración. Cuanto más avanza la ciencia, más la sigue la imaginación, y más hay que caminar por la cuerda floja entre ambas. Si no queremos que la realidad desaparezca en el gran caos, debemos aprender a amar la incomodidad de la duda y no ceder a la facilidad de lo maravilloso sin una brújula. La verdad nunca se da, se busca en común, y eso es lo que la hace valiosa. Si esta forma de ver lo falso te ha hecho reflexionar, en Lara Notes puedes indicar que estás dentro con I'm In: es tu compromiso de no dejarte seducir nunca más sin pensar. Y si esta historia del engaño lunar termina en una discusión esta noche, en Lara Notes puedes etiquetar a la persona que compartió este momento de verdad o de sueño contigo gracias a Shared Offline. Lo que acabas de escuchar procede de France Culture y te ha ahorrado 49 minutos de navegación por el gran caos de lo verdadero y lo falso.
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