El Principito, historia de un FENÓMENO LITERARIO

Frenchto
Un livre écrit pour consoler a un amigo hambriento y congelado en Francia, que en cambio se convierte en el texto más traducido del mundo después de la Biblia: esta es la absurda historia del Principito. No estaba concebido como una obra maestra universal. Era una dedicatoria, casi una carta privada, acompañada de una disculpa: «Pido perdón a los niños por haber dedicado este libro a una persona mayor… pero esa persona era mi mejor amigo, y quizá también pueda entender los libros para niños». Sin embargo, esa frase ya lo dice todo: ¿quiénes son los verdaderos destinatarios de El Principito? ¿Los niños, los adultos que recuerdan haberlo sido o quienes se han quedado a medio camino? Todo el mundo piensa que El principito es solo un cuento para niños. Error. En realidad, Saint-Exupéry intentaba regresar, él el primero, al «país de la infancia», y su libro se dirige a los adultos que lo han olvidado. La verdadera sorpresa es que la sencillez de El principito es solo aparente: es un texto que se transforma en función de quién lo lee y que encierra en cada frase una herida de la historia. Saint-Exupéry no escribió El Principito en Francia, sino en el exilio, en Nueva York, durante la Segunda Guerra Mundial. Ya era un escritor famoso, le leían en toda Europa y también en Estados Unidos, pero nadie esperaba de él un cuento, y mucho menos uno así. El libro se escribió por encargo de editores estadounidenses, quizás inspirado en una comida en la que Saint-Exupéry dibujaba pequeños personajes en el mantel. Pero, en realidad, llevaba años dándole vueltas a esa idea: él, un aviador, quería escribir para niños y dibujar, como hacía de pequeño. Y, precisamente, el aviador que se estrella en el desierto al principio de El Principito es su autobiografía disfrazada. El mismo tema se encuentra en sus libros anteriores, desde «Vuelo nocturno» hasta «Correo Sur»: siempre un hombre solo frente a la inmensidad, la noche y el tiempo que pasa. Un detalle nada desdeñable: Saint-Exupéry escribía de noche, entre una partida de cartas y una petición de huevos revueltos a sus compañeros de piso, durmiendo por turnos de una hora, y le decía a su madre: «Yo, antes de las nueve de la noche, nunca he vivido». El Principito no es solo él: también es Consuelo, su esposa, que era su Rosa, su musa, su antagonista, y con la que formaba una pareja tan genial como ingobernable. Cuando estaban separados, se escribían conmovedoras cartas de amor; cuando estaban en la misma habitación, era un desastre. Sin embargo, es precisamente ella quien le crea las condiciones para terminar el libro en una mansión de Long Island, quien le proporciona la calma y el aislamiento necesarios, y quizá sea la tensión con ella la que genere la poesía de la distancia, del amor que nunca se alcanza del todo. ¿Y los dibujos? Son suyos, y los consideraba esenciales: sin la caja con el cordero, el libro no habría funcionado. Tenía una auténtica obsesión por la disposición de las ilustraciones, se peleaba con los editores estadounidenses y, cuando dibujaba, sacaba la lengua como un niño para no equivocarse. Pero lo más increíble es que el manuscrito original, frágil como una cebolla, ni siquiera lleva la dedicatoria en los primeros borradores. Y las diferencias entre la edición estadounidense de 1943 y la francesa de 1946 son mínimas, pero reveladoras: por ejemplo, las puestas de sol que contempla el principito son 44 en una versión y 43 en la otra. Y ese número, tal vez, no se eligió al azar: podría ser la cuenta atrás de su vida, como si el propio libro fuera un anuncio de defunción, escrito por alguien que sabe que está a punto de desaparecer. La publicación en Estados Unidos es un éxito inmediato, pero Saint-Exupéry ni siquiera presencia su lanzamiento: ya se ha marchado al norte de África. En Francia, en cambio, el libro llega después de la guerra, sin los dibujos originales —que se quedaron en Nueva York— y un copista los vuelve a hacer. Sin embargo, el fenómeno estalla: traducciones a 700 lenguas y dialectos, adaptaciones por doquier, una mitología literaria que atraviesa continentes, especialmente aquellos con los que Saint-Exupéry tenía un vínculo personal, como Japón o Argentina. Pero ¿por qué El principito es un fenómeno único? Porque, como dice una de sus frases más citadas, «Todas las personas mayores han sido primero niños, aunque pocas de ellas lo recuerdan». El libro no tiene un solo significado, sino mil: para algunos es una historia de amistad, para otros, una feroz crítica a la guerra y al capitalismo, y para otros, un manual sobre la nostalgia, el regreso a casa y la responsabilidad hacia la propia «rosa». ¿Y los baobabs que amenazan el planeta? Pueden ser los nacionalismos que crecen y destruyen, o los problemas medioambientales, o incluso simplemente las heridas personales que, si no se extirpan a tiempo, invaden tu vida. En la versión original, Saint-Exupéry pedía que el libro se leyera «con seriedad, no a la ligera». Y quizá esa sea precisamente la clave: El principito es un libro que cambia a quienes lo leen, en cada ocasión. Hay quienes a los diez años creen que lo han entendido todo y quienes a los cincuenta se dan cuenta de que no han visto nada. Esta es la frase que queda: la sencillez de El Principito es una trampa. Es un libro que te acompaña para siempre y que te reta en cada ocasión a recordar quién eras de niño. Si esta historia te ha hecho ver El Principito con otros ojos, en Lara Notes puedes marcarlo con I'm In: no es un «Me gusta», sino una forma de decir que ahora esta perspectiva te pertenece. Y si mañana le cuentas a alguien que el libro más traducido del mundo fue, al principio, solo una dedicatoria melancólica entre amigos en el exilio, en Lara Notes puedes marcar esa conversación con Shared Offline: porque ciertas historias merecen que las recordemos juntos. Esta nota era de France Culture: te has ahorrado casi dos horas de emisión.
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