Electroestados frente a petroestados
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Imagina que la verdadera guerra fría de nuestro tiempo no es entre la democracia y el comunismo, sino entre quienes controlan el petróleo y quienes dominan los paneles solares. Ya no es una cuestión de ideologías: hoy en día, la lucha por el poder mundial se libra en torno a quién posee las infraestructuras energéticas que hacen funcionar el mundo. Mark Carney, exgobernador del Banco de Inglaterra y actual primer ministro de Canadá, afirmó en Davos que el orden internacional liberal ha muerto y que ya no hay vuelta atrás. Pero la verdadera ruptura va más allá del fin de las normas establecidas después de la Segunda Guerra Mundial: es el ocaso mismo del modelo industrial impulsado por los combustibles fósiles que hizo posible ese orden. Por un lado, está el bloque de los «electroestados», liderado por China, que lo ha apostado todo por las energías renovables y las baterías. Por otro lado, está el «Eje de los petroestados»: Estados Unidos bajo Trump, Rusia y las monarquías del Golfo, que defienden a ultranza el petróleo y el gas, y los utilizan como arma geopolítica. La división ya no es entre capitalismo y comunismo, sino entre dos metabolismos opuestos: los que quieren sustituir las infraestructuras basadas en los combustibles fósiles por infraestructuras eléctricas y los que intentan frenar la transición para mantener su poder. Pongamos por caso China: en menos de veinte años, ha pasado de ser el mayor contaminador del planeta a dominar todos los eslabones de la cadena verde. En la actualidad, controla el 90 % del procesamiento de tierras raras, el 94 % de los imanes permanentes esenciales para motores eléctricos y turbinas, más del 80 % de los paneles solares y más del 70 % de las baterías y los vehículos eléctricos. Y no solo eso: casi la mitad de sus exportaciones ecológicas se destinan a mercados emergentes, lo que convierte a China en la pieza clave para cualquiera que desee descarbonizarse. Pero atención: incorporarse al bloque verde implica adoptar hardware, estándares y sistemas chinos, con el riesgo de una nueva dependencia tecnológica. Por otro lado, los Estados Unidos de Trump no solo han recortado las subvenciones a las tecnologías verdes, sino que han relanzado los combustibles fósiles como símbolo de la fortaleza nacional. ¿Cuál es la estrategia? Apoyar con financiación pública central el carbón, el gas y el petróleo en el Sur global, y presionar a los aliados europeos para que firmen contratos a veinte años para el gas licuado estadounidense. Y, cuando sea necesario, amenazar con apoderarse del estrecho de Ormuz para controlar el flujo mundial de petróleo. Dentro del eje petrolero, hay quienes juegan con cifras vertiginosas: Arabia Saudí extrae petróleo a menos de 10 dólares el barril, una cifra que le permite sobrevivir a cualquier guerra de precios y aplastar a cualquiera que intente llevar a cabo la transición. Sin embargo, esta alianza dista mucho de ser estable: Estados Unidos y Rusia siguen enfrentándose en Ucrania, Moscú y Riad son rivales en muchas guerras por poder, y todos difunden desinformación sobre el clima para frenar el cambio, pero siguen siendo competidores en el mercado mundial. En medio se encuentran las «potencias intermedias»: países como India, Brasil e Indonesia, pero también Francia, Japón y Canadá. Para ellos, la elección es un callejón sin salida: permanecer vinculados al bloque de los combustibles fósiles supone arriesgarse a un desastre medioambiental, pero confiar en China significa aceptar una nueva forma de dependencia. Y, una vez construida una infraestructura energética —ya sea de gas o eléctrica, estadounidense o china—, dar marcha atrás resulta muy costoso, casi imposible. Algunos buscan una tercera vía, inspirándose en el Movimiento de Países No Alineados de los años 50 y 60, pero hoy el juego es más cínico: no se trata de solidaridad entre antiguas colonias, sino de clubes de compra de minerales, acuerdos tecnológicos a medida y estrategias para maximizar la propia autonomía. Este es el caso de países ricos en recursos como Brasil, Indonesia y Kazajistán, que acogen inversiones tanto del bloque verde como del bloque de los combustibles fósiles, sacando el máximo partido a ambos. También en África, los empresarios combinan hardware chino y software occidental para crear soluciones locales que no dependen de ninguna superpotencia. Pero esta nueva no alineación es frágil: los productores de petróleo no tienen ningún interés en poner fin a la era de los combustibles fósiles, mientras que quienes están expuestos al cambio climático desean lo contrario. ¿El resultado? Una galaxia fragmentada de alianzas temáticas, sin un verdadero tercer polo. En última instancia, la pregunta para estos países es: ¿qué tipo de modernidad quieren? El bloque de los petroestados promete energía barata, pero con graves riesgos de clientelismo y dependencia; el bloque chino ofrece eficiencia verde, pero con la amenaza de un nuevo «Leviatán» tecnológico. La verdadera novedad, hoy en día, es que el futuro ya no se decide entre democracia y dictadura, sino entre quienes controlan las redes eléctricas, los minerales y los datos que sustentan la civilización. Si esta historia te interesa, en Lara Notes puedes pulsar «I'm In». No es un «Me gusta»; es tu forma de decir: «Esta idea ahora es mía». Y si mañana le cuentas a alguien que la verdadera guerra fría es entre las baterías chinas y el petróleo saudí, en Lara Notes puedes marcar la conversación con Shared Offline: así queda constancia de quién estuvo realmente presente. Este artículo procede de Foreign Policy y te ha ahorrado casi 35 minutos de lectura.
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