En busca de perspectivas profesionales, los jóvenes neoyorquinos recurren a la construcción

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En Nueva York, se puede ver una escena que pocos esperarían: jóvenes de veinte años haciendo cola, bajo la lluvia, para conseguir un formulario que rellenar. No es la entrada para un concierto ni para un nuevo teléfono inteligente; es la cola para una plaza de aprendiz en el sector de la construcción. La idea es la siguiente: mientras todo el mundo habla de jóvenes perdidos en las redes sociales o aterrorizados por la inteligencia artificial, hay una generación que está volviendo a los trabajos manuales, precisamente porque la IA aún no puede quitárselos. Y no lo hacen por falta de ambición, sino por una decisión consciente en favor de la seguridad y la estabilidad. Por ejemplo, Tyshae Shields, de veinticuatro años, aprendiz de pintora en Nueva York. Cuenta que el trabajo es duro, pero que la universidad la había abrumado. O Eddy Álvarez, de veinticinco años, que trabajaba en una tienda de T-Mobile con dos amigos. Una tarde, al enterarse de que por la mañana solo iban a repartir cien solicitudes para quince plazas de aprendiz, llamó a sus amigos y fueron a hacer cola ya a las 17:30, con una tienda de campaña. Quince horas de espera, bajo una llovizna, solo para tener una oportunidad: aquella noche fue su toma de posición. Resulta revelador que el año pasado las solicitudes estuvieran disponibles durante días, mientras que ahora se agotan en una hora. John Pallares, de veintinueve años, que hace cola con Eddy, lo deja claro: «Este es uno de esos trabajos que, al menos por ahora, la IA no puede hacer». Temen que sus trabajos como dependientes se vuelvan obsoletos en pocos años. Lo que sorprende es la desproporción: cien solicitudes para quince plazas y, sin embargo, la cola no deja de crecer. En torno a estos jóvenes se respira una sensación de urgencia: el trabajo seguro ya no es el de oficina, sino el que requiere manos, herramientas y presencia física. La narrativa dominante afirma que la Generación Z lo quiere todo y de inmediato, que solo busca la gratificación que ofrece lo digital. Sin embargo, aquí vemos lo contrario: jóvenes que se sacrifican por un oficio, dispuestos a soportar el esfuerzo y la espera. La perspectiva que casi siempre falta es la siguiente: el verdadero privilegio, hoy en día, podría ser poder trabajar con el propio cuerpo, porque ningún algoritmo puede aún replicar una mano que pinta o un albañil que coloca ladrillos. La frase que queda es esta: el futuro seguro no está detrás de una pantalla, sino en la cola bajo la lluvia, con una carpa y la esperanza de aprender un oficio. Si te ha impresionado esta decisión de volver a los trabajos manuales, en Lara Notes puedes pulsar «I'm In»: es el gesto con el que dices que esta idea ahora te pertenece. Y si le cuentas la historia de Eddy o Tyshae a un amigo, en Lara Notes puedes indicarlo con Shared Offline, porque una conversación de verdad vale más que cualquier «Me gusta». Este artículo procede del New York Times y te ha ahorrado aproximadamente un minuto en comparación con leerlo.
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