Entrevista a Charlie Puth

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Cuando Charlie Puth tenía solo 12 años, pensaba que cualquiera podía escuchar una misa en la iglesia un par de veces y luego tocarla de memoria, nota por nota, sin partitura. Estaba convencido de que era normal, como aprender de memoria un párrafo de un libro. Solo más tarde, gracias a una profesora de la Manhattan School of Music, descubrió que tenía algo muy poco común: oído absoluto. Pero ¿sabes qué es lo más absurdo? No era algo que hubiera buscado. Simplemente le parecía natural. La idea aquí es que gran parte de la magia de la música pop —esos ganchos que se te quedan grabados en la cabeza, esas emociones que parecen casi universales— no procede de fórmulas secretas ni de la perfección técnica. Proviene de pequeños defectos, de decisiones intuitivas y de la valentía de no «arreglarlo todo». Estamos acostumbrados a pensar que el éxito en el pop es cuestión de una producción impecable, de sonidos perfectos y de voces pulidas con el autotune. Sin embargo, lo que Charlie nos cuenta es que el verdadero alma surge cuando dejas algo imperfecto: un acorde que «chirría», una grabación deliberadamente imperfecta, un compás que no se resuelve como debería. El pop más potente funciona porque te hace sentir la tensión y luego la resuelve, como un motor que explota y se recompone mil veces por minuto. ¿Y los protagonistas? Además del propio Charlie, que toca el piano jazz y el piano clásico, está Min Kim, su profesora, que le dice: «Aunque no practiques, el oído absoluto no se pierde, te acompaña toda la vida». También está Bloodpop, productor y colaborador, que, mientras programa un videojuego, le regala a Charlie un sonido «indescriptible» del que nace una canción; y también Manny Marroquin, el mezclador que toma decisiones emotivas, como eliminar toda la reverberación de la voz de John Mayer en «Gravity» para dejarla desnuda, íntima, casi vulnerable. En el corazón de esta historia hay escenas que te hacen cambiar de perspectiva sobre qué es lo que realmente convierte una canción en un éxito. Charlie explica que, a menudo, memoriza mejor una canción si NO tiene el piano delante: la escucha diez veces y luego la toca toda de memoria. Afirma que prefiere escuchar CD y aprender de oído en lugar de leer partituras. Y cuando oye en la radio una canción famosa «pitchada» más alta para ahorrar tiempo entre los anuncios, enseguida se da cuenta de que algo no cuadra; pero, en lugar de molestarse, se divierte intentando averiguar qué ha cambiado. Habla de un piano de 1960 que se le cayó durante la entrega: la mitad de las teclas están desafinadas, la otra mitad está perfecta. Solo le molesta que un instrumento esté «demasiado» afinado: para él, la perfección absoluta suena monótona, poco emocionante. Cuando arregla canciones, explica que el autotune perfecto empequeñece el sonido: «Si todo es demasiado preciso, la voz pierde emoción, se vuelve pequeña». Y admite que, a menudo, ha borrado y vuelto a grabar pistas vocales enteras porque, tras demasiada edición, la naturalidad había desaparecido. Sorprendentemente, reconoce que a veces las mejores decisiones se toman sin pensárselo demasiado: la progresión de acordes más emocionante suele surgir por casualidad o después de una «jam» improvisada. ¿Un ejemplo? La colaboración con Kenny G: «No es una broma, es que esa canción realmente lo necesitaba a él. Y nadie más podría haber hecho ese solo». Charlie afirma que las canciones que realmente funcionan son aquellas en las que cada detalle, incluso el más mínimo, importa. Pero si quitas algo fundamental, la canción se viene abajo. Sin embargo, también está dispuesto a defender la imperfección: «No existe un botón mágico para el éxito. Hoy en día ya no hay «gatekeepers»; es el público el que decide. Y yo prefiero tocar ante diez mil personas que realmente han decidido estar allí, antes que tener un éxito y no saber quién te escucha». Luego está la cuestión del «groove»: para Charlie, el sonido de la caja, del «snare» y de la batería puede cambiarlo todo. Cuenta que trabajó con Manny Marroquin, quien consiguió que un bombo sonara «más amplio y con más punch» sin revelar nunca cómo lo hizo. Y habla de escuchar la música en altavoces de todo tipo: desde el estudio superrefinado hasta los altavoces rotos del coche, pasando por el teléfono pegado a la oreja, porque así es como escucha la gente corriente. Pero la perspectiva menos obvia se refiere a cuál es realmente el «secreto» de la música pop: la respuesta no es la perfección, sino la identificabilidad emocional. Charlie insiste en que la gente siente la tensión y la liberación de un acorde aunque no sepa nada de teoría musical. Como él mismo dice: «Incluso la persona menos musical nota cuando algo se tensa y luego se relaja». Y son estas pequeñas sorpresas, estas disonancias, las que hacen que te apetezca volver a escuchar una canción. ¿La paradoja? Cuanto más intentas eliminar todos los defectos, más pierde vida la música. La perfección hace que todo parezca más pequeño, menos humano. La conclusión es la siguiente: la música pop no triunfa porque sea perfecta, sino porque es imperfecta de la manera correcta. Si te has reconocido en esta idea de que la verdadera emoción surge de los pequeños defectos, en Lara Notes puedes pulsar I'm In: no es solo un «Me gusta», es decir «Esta perspectiva ahora es mía». Y si le cuentas a alguien que el éxito de Charlie Puth surgió de un sonido extraño, o que el secreto estaba en dejar una disonancia en el acorde, en Lara Notes puedes marcar la conversación con Shared Offline para que la persona con la que has hablado lo sepa. Lo que acabas de escuchar es de Rick Beato y te has ahorrado casi dos horas de entrevista.
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