¿Es este un agujero negro primigenio del tamaño de la Luna a la deriva en la Vía Láctea?
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Un destello de luz que duró solo una hora, en los confines de la Vía Láctea, podría ser el rastro de un agujero negro tan antiguo como el propio universo, con la masa de tres lunas y un diámetro inferior al de un cabello humano. Esto no es ciencia ficción: es la nueva frontera de la búsqueda de la materia oscura, y tiene un apodo casi cariñoso, Phoebe. Durante décadas, hemos pensado que la materia oscura era una partícula exótica nunca observada, algo fundamentalmente nuevo. Pero ahora una parte de la comunidad científica está cambiando de opinión: ¿y si, en cambio, la materia oscura estuviera compuesta por enjambres de diminutos agujeros negros primordiales, nacidos en el primer segundo después del Big Bang? La hipótesis se consideraba marginal, casi herética, hasta que los intentos de encontrar otras respuestas fracasaron. La tesis es la siguiente: Phoebe podría ser el primer indicio concreto de que los agujeros negros primordiales existen realmente y de que, en lugar de ser rarezas cósmicas, son el verdadero «pegamento» invisible que mantiene unidas a las galaxias. Pero ¿quiénes son los protagonistas de esta historia? Está Renee Key, astrofísica australiana, que en 2019 dirigió una campaña de observación con la Dark Energy Camera en los Andes chilenos. En cinco noches, ella y su equipo fotografiaron diez millones de estrellas cada minuto, a la caza de una variación de luz muy rara: un evento de microlente, es decir, un objeto invisible que, al pasar por delante de una estrella, amplifica brevemente su brillo gracias a su gravedad. Y justo allí descubrieron a Phoebe. Un detalle sorprendente: según sus cálculos, ese agujero negro viaja a 300 kilómetros por segundo y se encuentra a unos 60 000 años luz de nosotros, en la zona periférica de la galaxia donde se cree que reside la mayor parte de la materia oscura. Pero la comunidad científica no está unida. Przemek Mróz, astrónomo de Varsovia, señala que si Phoebe fuera realmente un agujero negro de masa lunar, ya deberíamos haber observado cientos de ellos en otros experimentos similares como OGLE. Sin embargo, dice, no los vemos, así que tal vez sea solo una estrella variable cualquiera. También hay quienes, como David Kaiser del MIT, van más allá: si los agujeros negros primordiales existen, podrían explicar por qué los agujeros negros supermasivos aparecen tan pronto en la historia del universo, como el de 50 millones de masas solares observado por el Telescopio James Webb solo 700 millones de años después del Big Bang. Otra vía: buscar agujeros negros primordiales a través de sus explosiones finales. Según la teoría de Stephen Hawking, los agujeros negros se evaporan lentamente emitiendo radiación y, al final, explotan en un destello de energía. Un grupo ha planteado la hipótesis de que un neutrino de alta energía detectado frente a las costas de Sicilia podría ser la señal de un agujero negro primordial que acaba de disolverse, pero otros siguen siendo escépticos: si realmente fuera así, también deberíamos ver rayos gamma, que en cambio no aparecen. Una perspectiva que nadie está considerando lo suficiente es el peso psicológico de esta búsqueda: la materia oscura es la mayor obsesión de la cosmología moderna, y cada nueva hipótesis alternativa se convierte inmediatamente en un campo de batalla entre quienes quieren cambiar de paradigma y quienes prefieren permanecer anclados en los viejos esquemas. Al final, la frase que hay que recordar es esta: la materia oscura podría no ser algo nuevo, sino algo muy antiguo que siempre hemos tenido delante de nuestras narices: agujeros negros nacidos cuando el universo tenía menos de un segundo. Si esta historia te interesa, en Lara Notes puedes pulsar I'm In; no es un «me gusta», es tu forma de decir: esta idea ahora es mía. Y si mañana le cuentas a alguien que la materia oscura podría estar hecha de agujeros negros primordiales llamados Phoebe, en Lara Notes puedes marcarlo con Shared Offline, porque las mejores conversaciones merecen ser recordadas. Esto era Scientific American, y así te has ahorrado 4 minutos de lectura.
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