¿Es la prisa la gran enemiga de la vida espiritual?

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Cuando John Mark Comer recibe un correo electrónico fuera de temporada, responde con un mensaje automático: «Estoy respetando unos ritmos de descanso; hablemos de nuevo dentro de un mes». Y, mientras tanto, borra todo lo que le llega. No es una estrella con la agenda repleta de eventos, no recorre el país y no es fácil encontrarlo en internet. Sin embargo, sus libros han vendido más de un millón de copias y, cada vez que habla en público, cientos de jóvenes —de entre veinte y treinta años— llenan capillas históricas y cafeterías para escucharle hablar de una sola cosa: la prisa es el verdadero enemigo de la vida espiritual. Parece absurdo, ¿verdad? En un mundo en el que todo el mundo te dice que la falta de tiempo es solo un problema de organización, Comer lo pone todo patas arriba: no solo estás demasiado ocupado, sino que estás atrapado en una conspiración silenciosa contra tu interioridad. Y, en su opinión, la tecnología es la gasolina de esta trampa. La tesis de Comer es clara: las prisas no son solo estrés, son un veneno espiritual. Si vives siempre con la sensación de que aún te queda algo por hacer, de que el día nunca es suficiente, pierdes el contacto con todo lo que realmente importa. No es una cuestión de productividad o de bienestar personal; es una cuestión de alma. La solución no es «optimizar», sino crear espacios vacíos en los que Dios pueda entrar. Esta idea —que la espiritualidad se desarrolla sobre todo en el ritmo cotidiano, no en las grandes declaraciones— parece casi obvia, pero son pocos los que realmente la ponen en práctica. ¿Quién es John Mark Comer? Creció en Silicon Valley, hijo de un antiguo músico de «rock» que se convirtió durante un encuentro de Billy Graham, y se abrió camino como el «predicador cool» de Portland, capaz de dirigirse a los jóvenes urbanos sin desentonar. En siete años, su iglesia ha llegado a miles de miembros en múltiples ubicaciones, toda una franquicia de la fe. Pero justo cuando parecía el epítome del éxito, se dio cuenta de que estaba espiritualmente agotado. Predica seis veces los domingos, llega a casa cuando sus hijos ya duermen, pierde la paciencia y se siente vacío. «Puedes ser un pastor de éxito y un fracaso como discípulo de Jesús», escribirá más tarde. Así comienza su revolución: reduce sus compromisos, apaga el teléfono los sábados, observa el ayuno, simplifica su armario a tres trajes de invierno y dos de verano, pasa más tiempo con la familia y se permite jugar con Lego de Star Wars con sus hijos. Poco a poco, vuelve a adoptar un ritmo de vida pausado y descubre que solo así vuelve a «sentir a Dios». Esto no se queda en una elección personal: convence a su iglesia para que pruebe las mismas disciplinas, que se convierten en la base de «Practicing the Way», su método en nueve prácticas: desde la lectura de las Sagradas Escrituras hasta el ayuno, desde el servicio hasta la generosidad. Hoy dirige una pequeña comunidad, treinta personas que se reúnen en su salón, y una organización sin ánimo de lucro que ya ha involucrado a más de veinte mil grupos en todo el mundo. Pero la pregunta sigue en pie: ¿no corre el riesgo de convertir a Jesús en una especie de «lifestyle coach»? Sus críticos le acusan precisamente de eso, de haber confeccionado una espiritualidad «prêt-à-porter» para jóvenes urbanos, más bien «wellness» que fe. Kevin DeYoung, teólogo presbiteriano, afirma que de este modo se relega a un segundo plano el verdadero núcleo del cristianismo —la fe en Jesús— para dar prioridad a la rutina. Comer responde: no se trata de reglas, sino de transformar el carácter. La clave no es hacerlo todo a la perfección, sino volverse más humildes, más bondadosos. Para él, la crisis de las iglesias radica en que no enseñan a vivir, y sin ritmos que dejen espacio a Dios, las palabras no son más que teoría. A menudo, quienes lo siguen no son los creyentes tradicionales, sino jóvenes que se sienten fuera de lugar en las comunidades religiosas clásicas y que, tal vez, también se sienten un poco incómodos al declararse creyentes en público. La autora del artículo cuenta que probó durante seis meses las nueve prácticas: una hora de silencio cada mañana, sábados sin pantallas, voluntariado y ayunos semanales. No faltan las incomodidades: nada de Google Maps, reuniones complicadas sin WhatsApp y el ayuno, que siempre resulta agotador. Pero, al final, el resultado es sorprendente: menos tiempo perdido con el teléfono, más tiempo con los amigos y una felicidad más estable. Sin embargo, advierte Comer, la felicidad no es el verdadero objetivo. No se trata de bienestar, sino de llegar a ser capaces de amar verdaderamente a Dios y a los demás. La espiritualidad, afirma, «no sirve para desestresarse, sino para transformarse». Aquí llega el giro argumental: su propuesta no es solo una variante religiosa de la desintoxicación digital. Es una respuesta a una sed de sentido que incluso las modas seculares, quizá sin saberlo, intentan saciar. Hay quienes le acusan de ser demasiado radical para los cristianos progresistas y demasiado blando para los conservadores. Él sigue adelante de todos modos: «¿Queréis una hoja de ruta para manteneros fieles en un mundo hostil? Las prácticas existen, basta con redescubrirlas». Al fin y al cabo, cualquiera que haya intentado vivir sin prisas en la actualidad sabe lo difícil que es… y lo mucho que, quizás, merezca la pena. Las prisas te prometen eficiencia, pero te roban lo mejor de la vida. Si esta historia te interesa, en Lara Notes puedes pulsar «I'm In». No es un «Me gusta»; es tu forma de decir: «Esta idea ahora es mía». Y si mañana le cuentas a alguien que apagar el teléfono puede acercarte a Dios, en Lara Notes puedes dejarlo constatado: Shared Offline es la forma de decir que esa conversación importaba. Este artículo procede de The Atlantic y te ha ahorrado al menos 18 minutos de lectura.
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