¿Están las democracias perdiendo la guerra económica? | Curtis Yarvin, Aaron Bastani y Hélène Landemore
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Lo que tienes en la mano en este momento probablemente exista gracias a una monarquía. ¿Te parece exagerado? Curtis Yarvin, un provocador empedernido, lo dice así: todo lo que realmente funciona —desde tu iPhone hasta un restaurante con estrellas— depende de una pirámide con un único líder en la cima. Y si echas un vistazo a la historia de la humanidad, la democracia liberal no es más que un paréntesis diminuto en comparación con siglos de gobiernos monárquicos. Sin embargo, la pregunta que divide a economistas y políticos es otra: ¿qué sistema genera realmente una prosperidad generalizada: las democracias «abiertas» o los regímenes dirigidos por unos pocos, o por uno solo? La tesis que se desprende de este debate supone un giro de 180 grados con respecto a quienes creen que democracia equivale automáticamente a éxito económico: históricamente, las democracias liberales han fomentado la innovación y el bienestar más que otros modelos, pero hoy están perdiendo terreno, y las razones no son las que te imaginas. Yarvin parte de Aristóteles: gobierno de muchos (democracia), de pocos (oligarquía), de uno (monarquía). Pero ataca de inmediato: «Democracia» es ahora solo una palabra que usamos para decir «gobierno legítimo». Corea del Norte también se denomina «República Popular Democrática». En realidad, afirma, la mayoría de nuestras instituciones son oligarquías disfrazadas de democracias, dominadas por abogados y burocracias lentas. ¿Quieres ver un sistema real que funcione? Pongamos por caso Apple: hay un CEO, y es él quien decide. ¿China? Un dictador. California, donde vive Yarvin, es técnicamente una democracia, pero en la práctica es un partido único. Y si crees que la democracia es «la norma», te equivocas de medio a medio: la historia de la humanidad está marcada por las monarquías, y la nuestra es solo una breve burbuja. Aaron Bastani, director de Navara Media, admite que, en el fondo, al dirigir una redacción de 25 personas, él también es una especie de «rey». Sin embargo, da la vuelta a la cuestión: la pregunta correcta no es qué sistema genera más PIB, sino cuál hace que las personas prosperen más. Y aquí plantea dos argumentos de peso: en primer lugar, las sociedades abiertas producen información de calidad, que es fundamental para que los mercados sean eficientes; Hayek ya lo decía hace cien años. Si tienes que mentir a los jefes sobre el rendimiento de las fábricas, el sistema se bloquea. En segundo lugar, en Europa, quienes no estaban de acuerdo con el poder podían huir y reinventarse en otro lugar: John Locke y Thomas Hobbes son solo dos nombres, pero el principio está claro. En China, bajo la dinastía Qing, quienes no seguían la línea oficial quedaban bloqueados. Este pluralismo ha impulsado a Europa durante siglos. Hélène Landemore, politóloga, cita datos contundentes: un estudio de Acemoglu y Robinson sobre 150 países a lo largo de 40 años demuestra que las democracias liberales superan a las monarquías y a las autocracias en términos de crecimiento a largo plazo. ¿El motivo? Las instituciones «inclusivas»: cualquiera puede patentar una idea, cualquiera puede convertirse en empresario. Y, cuando se cometen errores, el sistema se corrige a sí mismo: la resiliencia democrática es la verdadera fortaleza, como demuestran el caso de China y la tragedia de la política del hijo único. Pero entonces, ¿cómo se explica el auge chino? Aquí es donde se enciende el debate. China ha sacado a 600 millones de personas de la pobreza, pero, según Landemore, también lo ha hecho aprovechando los mercados mundiales creados por las democracias y reproduciendo las innovaciones de otros. Además, su crecimiento se basa en instituciones económicas abiertas, pero en instituciones políticas cerradas: esta tensión la hace frágil. Bastani añade: China puede construir miles de kilómetros de trenes de alta velocidad en pocos años o conquistar el mercado de los paneles solares, pero también es la misma máquina que impuso la política del hijo único, una de las peores decisiones del siglo pasado. Y el detalle que desconcierta: quien la ideó no era un sociólogo, sino un ingeniero de misiles. En otras palabras, concentrar demasiado poder conlleva el riesgo de tomar decisiones tanto geniales como desastrosas. Sigue existiendo un problema que nos afecta a todos: las democracias son excelentes a la hora de corregir sus propios errores, pero son pésimas a la hora de planificar a largo plazo. Bastani lo afirma sin rodeos: «Nuestra sociedad está enferma. Somos incapaces de pensar como buenos antepasados». La verdadera cuestión de cara al futuro será determinar si somos capaces de diseñar sociedades que funcionen no solo mañana, sino también dentro de cien años. En resumen: las democracias han generado más prosperidad e innovación a largo plazo porque incluyen, corrigen y permiten el pluralismo. Sin embargo, están perdiendo la capacidad de actuar en aras del bien común a largo plazo, y las autocracias, aunque a veces brillan, corren el riesgo de cometer errores catastróficos. La democracia no es un pase garantizado hacia el éxito; es una apuesta continua por la capacidad de aprender de los propios errores. Si crees que la democracia es solo una cuestión de votar, quizá sea el momento de replanteártelo todo. Si este debate te ha impactado, en Lara Notes puedes pulsar «I'm In»: es tu forma de decir que ahora esta idea te concierne, que ya no quieres pensar en ella como antes. Y si por casualidad hablas de ello con alguien —tal vez mencionando la cifra de 600 millones de chinos que han salido de la pobreza o la ocurrencia sobre las monarquías ocultas detrás de las empresas tecnológicas—, en Lara Notes puedes marcar esa conversación con Shared Offline: es tu forma de decir que ese intercambio ha dejado huella, no solo en internet, sino también en la vida real. Este debate procede del Institute of Art and Ideas. Te has ahorrado casi 50 minutos de vídeo y te llevas a la cena al menos tres historias nuevas.
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