Estados Unidos debe esperar que Donald Trump no sea un nuevo Calígula
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Hay un detalle que hace temblar los nervios: muchos de los desastres políticos más graves de la historia no se debieron a la necesidad, sino a la pura locura o vanidad de quienes ostentaban el poder. Y, a menudo, quienes tomaban las decisiones no solo hacían caso omiso del sentido común, sino que, además, tomaban decisiones que, a la larga, perjudicaban incluso a su propio pueblo. La tesis aquí es la siguiente: tendemos a pensar que los líderes actúan siempre por cálculo racional, quizá con valores distintos a los nuestros, pero en cualquier caso movidos por el interés nacional. Sin embargo, la historia demuestra que, a menudo, las decisiones más destructivas surgen de impulsos personales, ciegos, casi autodestructivos. Y la comparación con Calígula, el emperador romano famoso por su crueldad e imprevisibilidad, sirve de advertencia: no es seguro que quienes dirigen una superpotencia sean inmunes a los mismos cortocircuitos. Un nombre que salta a la vista de inmediato es el de Calígula, un emperador que pasó a la historia por sus extravagancias, como nombrar senador a su propio caballo. Pero la cuestión no es solo la locura personal: es el poder, sin límites, el que convierte las excentricidades en tragedias colectivas. Hoy en día, en las democracias modernas, nos imaginamos que los sistemas de control impiden derivas similares, pero basta con echar la vista atrás a los últimos años para ver a líderes —desde Vladímir Putin hasta Donald Trump— tomar decisiones que destruyen economías, desencadenan guerras inútiles y parecen olvidar el bien de su propio pueblo. En el centro de la cuestión hay una escena que invita a la reflexión: se cuenta que Calígula, en la cúspide de su poder, organizaba juegos absurdos y derrochadores mientras Roma se empobrecía. Hoy en día, cuando vemos a líderes que persiguen su propia gloria personal sin tener en cuenta las consecuencias para la gente común, el paralelismo resulta inquietante. Y los datos respaldan esta idea: según numerosos análisis históricos, la mayoría de las guerras más devastadoras no se iniciaron por amenazas reales, sino por caprichos, errores de percepción o simple arrogancia. Sin embargo, hay un aspecto que a menudo se nos escapa: la diferencia entre la locura individual y la locura sistémica. Calígula era solo un hombre, pero el mecanismo que lo llevó al poder y le permitió mantenerse en él fue tan cómplice como él. Hoy, si tememos a los «nuevos Calígulas», la verdadera pregunta es: ¿saben realmente nuestros sistemas cómo detenerlos a tiempo? La frase que hay que recordar es esta: no basta con esperar que el próximo líder sea más sensato; se necesita un sistema que haga que la locura personal resulte inofensiva para todos. Si esta perspectiva te ha hecho ver de otra manera el poder y sus riesgos, en Lara Notes puedes pulsar «I'm In»: no es un «Me gusta», es tu forma de decir que esta idea ahora forma parte de ti. Y si esta noche le cuentas a alguien la historia de Calígula y de los líderes que arruinan a sus propios pueblos, en Lara Notes puedes anotar quién te acompañaba: Shared Offline es la forma de decir que esa conversación importaba. Esta idea procede de The Economist y te ahorrará 3 minutos.
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Estados Unidos debe esperar que Donald Trump no sea un nuevo Calígula