Estados Unidos es vulnerable al vandalismo electoral

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En estos momentos, casi la mitad de los estadounidenses cree que las próximas elecciones estarán amañadas, independientemente de quién gane. Hemos llegado a la paradójica conclusión de que la verdadera amenaza para la democracia estadounidense ya no es únicamente la injerencia extranjera o los apagones tecnológicos, sino la desconfianza sistémica de los ciudadanos en el propio proceso. A menudo se piensa que las elecciones en Estados Unidos son sólidas y a prueba de sabotajes, pero esta creencia se está desmoronando: hoy en día, el mayor riesgo es que demasiados votantes crean a priori que el resultado está amañado, sea cual sea. La nueva tesis que está surgiendo es la siguiente: la vulnerabilidad no reside en los ordenadores ni en las urnas, sino en la mente de los votantes, cada vez más convencidos de que son víctimas de un juego amañado. Pongamos por caso a Donald Trump: su nombre divide al país como pocos en la historia reciente. Según los nuevos modelos de predicción, su partido corre el riesgo de sufrir una derrota en las próximas elecciones de mitad de mandato. Los demócratas deberían hacerse con la Cámara de Representantes y, en contra de toda lógica del mapa electoral, incluso podrían dar la vuelta al Senado. Sin embargo, aunque los demócratas sonríen ante las encuestas, hay una señal de alarma: la democracia estadounidense nunca ha sido tan frágil. Para entender hasta qué punto ha cambiado el clima, basta con fijarse en la historia de Stacey Abrams en Georgia. En 2018, perdió por muy poco la carrera para ser gobernadora, pero se negó a reconocer la derrota, lo que alimentó la idea de unas elecciones «robadas». Desde entonces, esta narrativa ha pasado de ser la excepción a ser la norma, y políticos de todos los bandos están dispuestos a clamar que ha habido fraude en cuanto el resultado no les favorece. Y las cifras dan miedo: según un sondeo del Pew Research Center, solo el 21 % de los votantes republicanos y el 60 % de los demócratas confían en que las elecciones de 2024 serán «libres y justas». Queda poco margen para la confianza mutua. Y no se trata solo de paranoia: unas leyes cada vez más restrictivas sobre quién puede votar, unos recuentos cuestionados y unas campañas en redes sociales plagadas de mentiras han socavado la base de la confianza colectiva. ¿Un ejemplo concreto? En 2020, el condado de Antrim, en Míchigan, se convirtió en el símbolo de las teorías de la conspiración tras un error humano en el recuento, que se magnificó de inmediato y se utilizó para clamar que había habido manipulación. Sin embargo, el daño más grave no fue técnico, sino psicológico. Cuando la mitad del electorado se siente sistemáticamente excluido o engañado, toda la arquitectura democrática se tambalea. Sin embargo, hay un aspecto que a menudo se pasa por alto: la vulnerabilidad mental es un arma de doble filo. Hoy en día, la obsesión por la seguridad absoluta puede convertirse en sabotaje deliberado. Si todo el mundo cree que el sistema está podrido, no hace falta mucho para que alguien decida «arreglar» el resultado, o sabotearlo, convencido de que actúa en nombre de la justicia. Así, la narrativa del fraude corre el riesgo de convertirse en una profecía autocumplida. En resumen, la democracia estadounidense no solo corre el riesgo de sufrir ataques desde el exterior: también corre el riesgo de ser vandalizada desde el interior, por la desconfianza de sus propios ciudadanos. Si quieres tener presente esta idea, en Lara Notes puedes usar I'm In: es la forma de decir que ahora esta perspectiva te pertenece. Y si te apetece contarle esta historia a alguien, en Lara Notes Shared Offline puedes etiquetar a las personas que participaron en la conversación, para que ciertas conversaciones no se pierdan. Esto era de The Economist: te has ahorrado casi cinco minutos en comparación con el artículo original.
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