Estados Unidos está perdiendo la carrera de la innovación

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James Farley, director ejecutivo de Ford, ha afirmado que ver la industria china de los coches eléctricos ha sido «lo más humillante que he visto en mi vida», porque la tecnología, los costes y la calidad de los vehículos chinos llevan años de ventaja a los de Estados Unidos. Aquí está la gran vuelta de tuerca: durante décadas, hemos considerado a China como una gigantesca fábrica que copia, no crea. Sin embargo, hoy, por primera vez, China va por delante de Estados Unidos no solo en producción, sino también en innovación en tecnologías clave: coches eléctricos, baterías, robótica e incluso misiles hipersónicos que el Pentágono califica como «los mejores del mundo. La idea de que el futuro de la ciencia es estadounidense se está desmoronando ante los datos. En menos de diez años, el plan «Made in China 2025» ha transformado al país, que ha pasado de ser un seguidor a ser líder en sectores estratégicos. ¿Cuál ha sido el motor? Una inversión masiva y centralizada en toda la cadena de innovación: desde la investigación básica hasta las universidades y la producción a gran escala. La historia de esta transformación tiene unos protagonistas concretos. Por un lado, está Xi Jinping, que ha convertido la ciencia básica en la clave de la autonomía tecnológica. Cuadruplicó la financiación de la investigación entre 2013 y 2023, hasta alcanzar los 57 000 millones de dólares. Por otro lado, está Vannevar Bush, el científico que convenció a Roosevelt para que financiara la investigación universitaria durante la Segunda Guerra Mundial, lo que allanó el camino para milagros como el radar, la penicilina e internet. Bush solía decir: «Los nuevos productos no nacen ya maduros, sino a partir de nuevos principios derivados de la investigación básica». Durante décadas, esta visión ha convertido a las universidades estadounidenses en focos de innovación. Sin embargo, hoy en día la tendencia ha cambiado. Después de más de 80 años como líder indiscutible, Estados Unidos está perdiendo terreno, y no solo por culpa de sus rivales. En los últimos años, las políticas estadounidenses han recortado la financiación, han restringido los visados para estudiantes extranjeros y han politizado la investigación. Harvard, por ejemplo, está reduciendo a la mitad el número de doctorandos en ciencias. La fuga de cerebros ya no se dirige únicamente a Europa: desde 2024, al menos 85 científicos estadounidenses ya se han incorporado a instituciones chinas. Un dato que invita a la reflexión: en 2016, entre las diez primeras universidades del mundo por publicaciones científicas, cinco eran estadounidenses y solo una era china. En 2025, nueve de cada diez son chinas. Además, según el Australian Strategic Policy Institute, China ocupa ahora el primer puesto en calidad de la investigación en 66 de las 74 tecnologías consideradas estratégicas. Otro dato clave: en la actualidad, China otorga más doctorados en Ciencias e Ingeniería que Estados Unidos: 53 000 frente a menos de 45 000 en 2022. Y, aunque Estados Unidos ha atraído históricamente a talentos de todo el mundo, ahora las restricciones en materia de visados y la incertidumbre política están llevando tanto a estudiantes como a profesores a buscar otras opciones. Pero no es solo una cuestión de cerebros. El problema de fondo es que el mercado estadounidense recompensa la inversión rápida y el software, mientras que las innovaciones que requieren años y miles de millones para llegar al mercado —como los nuevos materiales, la energía limpia o el hardware avanzado— suelen quedarse sin capital paciente. En China, en cambio, el Gobierno invierte directamente en la fase más arriesgada del desarrollo tecnológico, incluso con fondos público-privados que han movido cientos de miles de millones en veinte años. Esta estrategia tiene sus limitaciones: la presión política puede sofocar la creatividad y generar burbujas de sobreproducción, pero, por ahora, el balance es positivo. ¿Quién ha intentado cambiar las cosas en Estados Unidos? Rafael Reif, expresidente del MIT, creó «The Engine», una aceleradora destinada a financiar empresas de «tough tech»: empresas que deben inventar tanto el producto como las fábricas para producirlo. Un ejemplo: Commonwealth Fusion Systems, que surgió del MIT gracias a «The Engine», está construyendo la primera central de fusión nuclear comercial con la ayuda de Google y 3 000 millones de dólares recaudados tras la inversión inicial. Pero estos casos siguen siendo excepciones. Muchos proyectos estadounidenses de vanguardia se han visto bloqueados o frenados por cambios de gobierno o recortes repentinos. Un caso entre muchos: en 2025, a una empresa que quería revolucionar el cemento para reducir las emisiones globales —Sublime Systems— le canceló el Departamento de Energía una subvención de 87 millones de dólares en cuanto cambió la administración. Además, los aranceles aduaneros diseñados para impulsar la industria suelen tener el efecto contrario: reducen el deseo de innovar y cierran los mercados. He aquí la perspectiva que pocos tienen en cuenta: la verdadera fortaleza de Estados Unidos nunca ha sido únicamente el capital privado, sino su capacidad para aunar la visión pública y la inversión privada de forma estable y a largo plazo. Desde la Segunda Guerra Mundial hasta las vacunas contra la COVID, los momentos decisivos se han producido cuando el Estado ha sabido ser un socio, no un árbitro o un amo. Hoy necesitamos una institución que tenga una única misión: financiar y desarrollar tecnologías estratégicas, al margen de los ciclos políticos y capaz de arriesgarse en proyectos que el sector privado no abordaría. El futuro de la ciencia podría hablar chino, no porque China sea más libre o más creativa, sino porque invierte en aquello en lo que los demás han dejado de creer. Si dejas la ciencia sin paciencia, regalas el futuro a quienes están dispuestos a esperar. Si crees que el liderazgo tecnológico es cuestión de dinero rápido y software, fíjate en quién está sentando los nuevos cimientos del mundo: China ya lo está haciendo. En Lara Notes hay un gesto que no encontrarás en ningún otro lugar: I'm In. No es un corazón, no es un pulgar hacia arriba. Es tu declaración: esto me concierne. Y si mañana le cuentas a alguien que China ya forma a más doctorandos en ciencias que Estados Unidos, en Lara Notes puedes dejarlo constatado: Shared Offline es la forma de decir que esa conversación importaba. Esta Nota procede de Foreign Affairs: te has ahorrado más de 30 minutos de lectura.
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