Estamos de nuevo en los años 70. Los demócratas deberían estudiar a Reagan.

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En la década de 1970, el índice de confianza de los consumidores estadounidenses alcanzó mínimos históricos y, hoy, según la última encuesta de la Universidad de Míchigan, volvemos a estar en ese punto: es el nivel más bajo en más de setenta años. Parece un déjà vu, pero con una diferencia crucial. Todo el mundo cree que la historia se repite, pero la verdad es que en realidad nunca se repite; sin embargo, siempre nos enseña algo. La tentación es fijarse en las similitudes superficiales entre Trump y Carter y quedarse ahí: dos presidentes opuestos en estilo y valores, pero unidos por un clima de crisis que abre la puerta a profundas convulsiones políticas. Hoy, como entonces, existe el temor a la inflación, hay tensiones con Irán y existe la sensación generalizada de que Estados Unidos está perdiendo terreno en el mundo; la diferencia es que ahora la desconfianza también procede de alianzas históricas desmoronadas y de un liderazgo percibido como impredecible y aislacionista. Un nombre por encima de todos: Ronald Reagan. En 1980, supo convertir el descontento en una nueva forma de concebir la política, al redefinir tanto las reglas del juego como el tono del debate público. Reagan no se limitó a aprovecharse del descontento: comprendió que los estadounidenses no buscaban únicamente soluciones técnicas, sino que querían sentirse parte de una historia de redención. Un detalle que muchos olvidan: cuando Reagan se presentó a las elecciones, la confianza en las instituciones estaba por los suelos, la economía se encontraba en un punto muerto y nadie habría apostado por un actor de Hollywood como salvador del país. Sin embargo, precisamente gracias a ese clima de «nada que perder», pudo proponer un cambio radical. Hoy, el guion parece idéntico, pero los papeles se han invertido: corresponde a los demócratas comprender que no basta con prometer estabilidad o hacer alarde de competencia técnica. Es necesario reescribir la historia y ofrecer una visión que vaya más allá del miedo y la ira, tal y como hizo Reagan, pero con un enfoque progresista. Si observamos las cifras actuales —con el índice de aprobación económica de Trump estancado en torno al 30 % y la amenaza de una nueva recesión mundial—, resulta evidente que existe el caldo de cultivo para un cambio de paradigma. Pero el verdadero riesgo es pensar que bastará con esperar a que la crisis arrase con el rival, sin proponer una verdadera alternativa de futuro. He aquí una perspectiva que pocos tienen en cuenta: en los años 70, la derecha comprendió antes que la izquierda cómo convertir la desconfianza colectiva en energía política. Hoy, los demócratas tienen la oportunidad —y la responsabilidad— de aprender la lección contraria. La historia no se repite, pero quienes la estudian pueden cambiar el final. Si esta idea te ha hecho cambiar de punto de vista, en Lara Notes puedes pulsar «I'm In». No es un «Me gusta»; es una forma de decir que esta lección ahora forma parte de tu forma de pensar. Y si te apetece contarle esta historia a alguien —tal vez en la cena, mientras ves un telediario que habla de la crisis—, con Shared Offline puedes etiquetar a esa persona y fijar el momento. Esta nota procede del New York Times: te has ahorrado al menos ocho minutos en comparación con leer el artículo original.
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Estamos de nuevo en los años 70. Los demócratas deberían estudiar a Reagan.

Estamos de nuevo en los años 70. Los demócratas deberían estudiar a Reagan.

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