Francia debe elegir entre sus ilusiones o su poder
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En 2026, Francia es la única potencia nuclear de la Unión Europea, pero, según los datos más recientes, en proporción a su PIB, ha proporcionado menos ayuda militar a Ucrania que Polonia, Alemania y el Reino Unido. Sin embargo, su clase dirigente sigue comportándose como si el centro del mundo estuviera en cualquier lugar menos en el corazón de Europa. El texto dice: Francia sigue creyéndose una potencia mundial, pero corre el riesgo de perder todo lo que realmente importa en el momento más crítico desde la Guerra Fría, no por falta de recursos, sino por una visión errónea de sí misma. Aquí se produce un giro radical: la fuerza no basta; es necesario entender dónde emplearla. El ejemplo del programa SCAF —el gran proyecto europeo para el caza del futuro— es emblemático. Tenía que ser la prueba del renacimiento de una defensa europea coordinada; en cambio, se ha estancado en rivalidades industriales, sueños de soberanía y una idea ya obsoleta: la de una Europa estable, que solo debe defenderse en sus periferia. Desde 2025, con el regreso de Trump y la progresiva retirada estadounidense, la realidad se ha vuelto cruda: si Francia sigue mirando a África y al Indo-Pacífico, corre el riesgo de volverse invisible precisamente donde todo el mundo espera que esté presente: Europa del Este, amenazada por una guerra que ya no es teórica. Veamos los datos sobre la ayuda a Ucrania: Polonia, con una economía mucho más pequeña, ha aportado más de 3.500 millones de euros en ayuda militar, más que Francia. Alemania y el Reino Unido no solo han proporcionado vehículos pesados, sino que también han firmado acuerdos de intercambio de datos con Kiev, con lo que han obtenido acceso a información clave para las armas del futuro. Francia, en cambio, ha utilizado gran parte de los fondos europeos destinados a apoyar a Ucrania para abastecer sus propios almacenes. Y los aliados perciben esto como una señal clara y contundente: París no quiere comprometer su autonomía, ni siquiera a costa de tener menos peso en las mesas que realmente importan. Aquí radica el quid de la cuestión: Francia mantiene un ejército concebido para la proyección global, para la grandeur, para misiones lejanas, mientras que la amenaza actual es real y mucho más cercana. Y no solo eso: su modelo de industria de defensa sigue basándose en las necesidades nacionales y en las grandes exportaciones, lo que deja poco margen para una auténtica cooperación europea. Así pues, mientras la BITD —la base industrial y tecnológica de la defensa— en Europa se reconfigura en torno a la masa, la velocidad y los datos compartidos, Francia corre el riesgo de autoexcluirse de los juegos que importan, justo cuando su credibilidad se ve mermada con cada ejercicio al que no asiste o cada reunión en la que solo es espectadora. Pero aquí llega la parte más dolorosa: a pesar de que todavía cuenta con la fuerza militar más consolidada y con el único puesto permanente en el Consejo de Seguridad, Francia corre el riesgo de convertirse en un país central solo sobre el papel, pero irrelevante a la hora de tomar decisiones reales. Porque, hoy en día, la credibilidad no se gana con retórica sobre la autonomía estratégica, sino invirtiendo de forma concreta donde hace falta. Y ahora, hace falta en Europa. ¿Una visión alternativa? Imaginemos que Francia dejara de perseguir la ilusión de estar en todas partes y aceptara ser fundamental aquí y ahora para la defensa colectiva europea. Esto requeriría una revolución en las prioridades: menos atención al mito de la grandeur, más compromiso concreto en los ámbitos tácticos compartidos, más valentía para cambiar su industria y su doctrina. Parece difícil, sobre todo porque la política francesa está estrechamente ligada a esta retórica de potencia global. Sin embargo, la encrucijada está aquí: seguir aferrados a las ilusiones del pasado o convertirse realmente en el pilar de la seguridad europea. La frase que hay que recordar es la siguiente: hoy, Francia debe elegir entre sus ilusiones de potencia mundial y su verdadero poder en el corazón de Europa. Si crees que esta elección también afecta a la forma en que cada uno de nosotros se imagina a sí mismo en relación con la realidad, en Lara Notes puedes marcar «I'm In»: es la forma de decir que ahora esta idea te pertenece. Y si te surge la oportunidad de hablar de ello con alguien, quizá ante un mapa o en una cena con amigos que sueñan con la Francia de De Gaulle, en Lara Notes puedes indicar Shared Offline, porque algunas conversaciones valen tanto como una toma de posición. Esta Nota procede de Le Grand Continent y te ha ahorrado casi treinta minutos de lectura.
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Francia debe elegir entre sus ilusiones o su poder