Internet decide qué olvidar

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Imagina que dentro de cien años alguien descubriera que todo lo que queda de nuestra era en internet son memes de plátanos digitales con camisa hawaiana que hablan con piñas. Parece absurdo, pero esa es exactamente la pregunta que nos estamos haciendo: ¿qué merece realmente la pena conservar para el futuro y qué podemos dejar caer sin problemas en el olvido digital? Hasta ahora, siempre hemos pensado que internet era una memoria infinita, un archivo eterno en el que cada publicación, vídeo o comentario permanecería para siempre. Pero la realidad es todo lo contrario: la web está empezando a decidir qué olvidar. La tesis actual es que el verdadero reto ya no es la privacidad ni el almacenamiento, sino la selección: ¿quién, o qué, decide qué merece la pena recordar en internet? Y, sorprendentemente, esta selección ya no la realizan únicamente las instituciones o los bibliotecarios, sino algoritmos automáticos y decisiones aleatorias de empresas privadas. Pongamos por ejemplo el caso de GeoCities: millones de páginas personales, blogs y foros de los años 90 desaparecieron de golpe cuando Yahoo decidió cerrar el servicio. No se trataba solo de basura digital: entre esas páginas había diarios, historias de amor y testimonios de comunidades enteras. Un grupo de voluntarios, el Archive Team, trabajó día y noche para salvar lo que se podía salvar, pero la mayor parte se perdió para siempre. O piensa en cómo TikTok o Instagram pueden eliminar vídeos virales por motivos de derechos de autor o por las «directrices de la comunidad», borrando en cuestión de segundos momentos que quizá hayan marcado a toda una generación. Detrás de cada clic en «Eliminar» no solo hay un algoritmo: hay una decisión sobre qué debe o no debe recordar la sociedad. Y aquí llega la paradoja: mientras veneramos cada documento histórico encontrado en un desván, la cultura digital corre el riesgo de desvanecerse sin dejar rastro, porque nadie ha decidido que valga la pena conservarla. Sin embargo, los datos indican que cada día se suben más de 500 horas de vídeo a YouTube: es como si cada minuto se creara un nuevo océano de recuerdos, pero sin que nadie decida qué embotellar y qué dejar que se evapore. Un amigo mío trabaja en un museo digital y me ha contado que a menudo busca desesperadamente versiones originales de sitios web o memes que ya han desaparecido: «Es como buscar fotografías familiares en una casa en llamas, pero la casa es la web». Ahora bien, la perspectiva que a menudo no se tiene en cuenta es la siguiente: si dejásemos que todo permaneciera en internet para siempre, seguiríamos corriendo el riesgo de ahogarnos en una masa indistinta de datos, en la que nada tendría ya significado. El problema no es solo qué olvidar, sino también cómo dar sentido a lo que decidimos conservar. La memoria digital no es neutral: es una lucha constante entre lo que queremos dejar a la posteridad y lo que el azar o el algoritmo deciden hacer desaparecer. Al fin y al cabo, la web no es una biblioteca infinita: es un archivo que olvida rápidamente, a menudo sin que nos demos cuenta. Si esta reflexión te ha hecho ver internet con otros ojos, en Lara Notes puedes indicarlo con I'm In: es la forma de declarar que esta idea ahora te pertenece. Y si hablas de ello con alguien, quizá contando la historia de GeoCities o la imagen de la casa en llamas, en Lara Notes puedes inmortalizar esa conversación con Shared Offline: así pasa a formar parte de tu memoria, no solo de la web. Esta Nota se basa en un artículo del Financial Times: el tiempo necesario para leerlo entero era de unos 6 minutos; aquí te has ahorrado al menos 4.
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