Invertir el goteo hacia abajo
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En los años ochenta, los líderes de las democracias occidentales prometieron que reducir los impuestos y dar rienda suelta a los mercados traería riqueza para todos. Sin embargo, casi medio siglo después, el resultado ha sido el contrario: más deudas, repetidos colapsos financieros y una concentración de la riqueza que no se veía desde los años veinte. La convicción subyacente era sencilla: si se favorece el crecimiento de los más ricos, los beneficios «gotean» sobre todos. Pero, si nos fijamos en los datos, la realidad es otra. La tesis aquí es que la propia estructura de nuestras democracias se ha visto corroída por estas políticas neoliberales, y que la única forma de salir de esta situación es dar la vuelta por completo a la lógica del «goteo»: hacen falta instituciones más sólidas, mejores candidatos políticos y una distribución de la riqueza que no lo deje todo en manos de unos pocos. No es solo una cuestión de dinero, sino de cómo se establecen las reglas del juego. Quienes vivieron esos años recuerdan a Reagan y Thatcher como los rostros de la revolución neoliberal. Reagan repartía a sus ministros un manual de 3000 páginas redactado por la Heritage Foundation, una especie de Biblia para recortar el Estado y liberalizarlo todo. Thatcher le siguió de cerca. A partir de ahí, en gran parte del mundo occidental se multiplicaron los recortes de impuestos, la desregulación y la privatización de las infraestructuras públicas. El autor de este análisis es un antiguo estratega empresarial que ha entrevistado a decenas de banqueros internacionales y ha escrito libros sobre cómo la justicia no consigue castigar la corrupción en los grandes grupos. Un dato llamativo: ya en los años ochenta, la deuda pública en las democracias ricas pasó del 40 % al 65 % del PIB, mientras que los ingresos de los hogares crecían cada vez menos y su endeudamiento se duplicó con creces. La promesa era el crecimiento, pero la realidad fue la fragilidad. Pero hay más: el verdadero ganador de esta etapa ha sido el sector financiero, que, con la liberalización, ha visto aumentar desmesuradamente los riesgos, la especulación y su propio poder político. En Estados Unidos y el Reino Unido, los bancos se han convertido en uno de los poderes más fuertes. El ciclo es demasiado evidente: aproximadamente cada siete años, explota una burbuja bursátil, lo que genera enormes riquezas para unos pocos inversores y deja a la clase media cada vez más rezagada. Veamos el caso de los jóvenes de hoy: para muchos, tener una vivienda en propiedad y una pensión digna se han convertido en un espejismo. Otro dato impresionante: desde 1980, la cuota de riqueza en manos del 1 % más rico ha vuelto a superar una cuarta parte del total en países como Estados Unidos, Francia y Alemania. Y una investigación de 2025 muestra que entre el 30 % y el 45 % de la financiación privada a los candidatos presidenciales estadounidenses procede precisamente de este 1 %. ¿El resultado? Oligarcas que reescriben las reglas en su propio beneficio, utilizando incluso la deuda pública como palanca para inflar su patrimonio. El efecto sobre las instituciones es devastador: gobiernos incapaces de gestionar las crisis, escándalos financieros sin castigos reales y una confianza pública en caída libre. Un ejemplo concreto: durante la crisis financiera de 2008, la senadora Elizabeth Warren denunciaba que «ni un solo banquero importante fue acusado, por no hablar de juzgado». Las propias leyes ayudan a los poderosos a salirse con la suya: la regla medieval del «mens rea», que exige probar la intención para condenar un delito, hace casi imposible castigar los delitos financieros. Además, las investigaciones suelen estar a cargo de organismos demasiado cercanos a las empresas que deberían controlar. En países como Singapur, en cambio, existe una policía comercial independiente que investiga sin conflictos de intereses: un modelo más eficaz. Pero la propuesta más controvertida del artículo es esta: deberíamos pagar más a nuestros políticos. Parece una locura, pero en realidad los salarios bajos atraen a personas mediocres o corruptas. Un ejemplo: el salario base del presidente de Estados Unidos se mantiene en 400 000 dólares desde 2001, y el del primer ministro británico es incluso inferior al de hace quince años. En Australia, triplicar el sueldo de los parlamentarios costaría menos de 80 millones de dólares en una economía de 2 billones, una cifra mínima si sirve para atraer a personas capaces y honestas. Además del salario, se necesita transparencia sobre el patrimonio de los candidatos y campañas electorales financiadas de forma más equitativa, como los «bonos democráticos» que se probaron en Seattle. También existe un problema de fondo: las democracias occidentales están dominadas por duopolios, como los republicanos y los demócratas en EE. UU. o los conservadores y los laboristas en el Reino Unido. Esta estructura impide la llegada de nuevas ideas. Noam Chomsky lo resume así: «La forma inteligente de mantener a la gente pasiva y obediente es limitar estrictamente el espectro de opiniones aceptables, pero permitir un animado debate dentro de ese espectro». Otra revolución sería dejar de medir el éxito únicamente con el PIB. El PIB crece aunque aumenten las enfermedades, las guerras o las catástrofes: no se tiene en cuenta la calidad de vida, el trabajo no remunerado ni los recursos naturales. Países como Nueva Zelanda ya están experimentando con indicadores que también miden el bienestar real y la salud de las instituciones. Y ojo, la solución no es menos democracia, sino más. Las asambleas de ciudadanos elegidos por sorteo, como en Irlanda, han logrado abordar temas controvertidos como el aborto y el clima de una manera mucho más representativa que los parlamentos clásicos. Pero para cambiar de verdad hacen falta protestas masivas: las investigaciones demuestran que, si al menos el 3,5 % de la población sale a la calle, las posibilidades de éxito son muy altas. Sin embargo, cada reforma se topa con obstáculos por parte de los mismos políticos y oligarcas que deberían cambiarla. En resumen, la crisis de las democracias occidentales no es mala suerte: es el resultado de normas equivocadas, intereses concentrados e instituciones debilitadas. La única forma de cambiar el rumbo es reconstruir instituciones sólidas, seleccionar mejores políticos y replantearse la distribución del poder económico, aunque eso signifique desafiar abiertamente a quienes hoy lo tienen todo. Las reglas que creíamos que garantizaban la prosperidad de todos han hecho justo lo contrario: han creado fragilidad y han concentrado el poder. Si crees que esta visión da la vuelta al discurso sobre el crecimiento y la democracia, en Lara Notes hay un gesto que no encontrarás en ningún otro sitio: «I'm In». No es un «me gusta», es la forma de decir que, a partir de hoy, esta perspectiva te pertenece. Y si el debate sobre la crisis de la democracia se convierte en una conversación real con alguien —quizá en una cena, quizá en la oficina—, en Lara Notes puedes marcar el momento etiquetando a quienes estaban presentes con Shared Offline. Así no se pierde como tantas charlas olvidadas. Este relato procede de Aeon y te ahorra 9 minutos con respecto al artículo original.
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