Jenny Saville en conversación con Claudia Schmuckli

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Jenny Saville. Un cuerpo a cuerpo con la pintura. Imagina entrar en un taller de arte, donde la pintura es materia viva, la carne es superficie y la identidad se transforma con cada pincelada. Jenny Saville, una artista británica disruptiva, habla de su formación a partir de un aprendizaje casi renacentista: de niña dibujaba el mismo seto todos los días, aprendiendo a observar cómo la luz y las estaciones cambian la realidad. Esta disciplina, heredada de una estricta educación académica, pronto chocó con las reflexiones sobre la representación del cuerpo femenino, maduradas gracias al encuentro con el pensamiento feminista durante un período de estudios en Estados Unidos. Un verdadero cortocircuito: ¿cómo puede una mujer pintar desnudos sin sentirse aplastada por siglos de mirada patriarcal? Este conflicto se convierte en el motor de su investigación: Saville se pregunta sobre la posibilidad de conciliar la pintura figurativa con una nueva visión del cuerpo, libre de estereotipos de belleza e imposiciones culturales. En sus primeras obras, como Propped y Branded, el lienzo se convierte en un campo de batalla donde se enfrentan el deseo de representar la carne y la necesidad de romper con las convenciones. La experiencia en el quirófano, donde observa a los cirujanos plásticos en acción, la lleva a ver la carne como una materia para modelar, grabar y transformar. Sus pinceladas se convierten en gestos escultóricos: la pintura se vuelve espesa, intensa, imita la textura de la carne cortada, cosida, marcada. Saville a menudo usa su propio cuerpo como modelo, pero también le fascinan los cuerpos de otras mujeres, la variedad de formas, las huellas que la vida, la cirugía y los accidentes dejan en la piel. Su atención se centra en la vulnerabilidad y la fuerza de la carne herida, en la zona gris entre la belleza y la repulsión, la vida y la muerte. A través de la fotografía y el dibujo, explora la posibilidad de multiplicar los puntos de vista, de superponer cuerpos y líneas, de disolver los límites entre la identidad, el género e incluso entre los vivos y los muertos. El paso a Palermo, ciudad estratificada y mestiza, le da tiempo para experimentar y profundizar en la relación con la historia antigua, las deidades femeninas y la memoria colectiva. En esta fase, la maternidad irrumpe en su obra: la pintura se convierte en una celebración de la creación y la metamorfosis, de la multiplicidad de los cuerpos que nacen, se entrelazan y se transforman. El dibujo adquiere un papel central, lo que le permite capturar el movimiento, la superposición y la simultaneidad de las formas, como en un caleidoscopio de carne y memoria. En los últimos años, Saville reflexiona sobre la percepción de la realidad en la era digital, donde la identidad y la presencia se mueven entre pantallas y cuerpos reales. Sus cuadros se convierten en superficies en las que conviven capas de pintura, secciones de realidad que se superponen como ventanas de un ordenador, jugando con la transparencia, la densidad y la cancelación. La pintura, para ella, sigue siendo un espacio de libertad absoluta: un territorio donde todo se puede desmontar y reconstruir, donde la carne y el color se desafían y se abrazan, siempre en equilibrio entre la fragilidad y la potencia.
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Jenny Saville en conversación con Claudia Schmuckli

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