Koji Yamamura: la cara japonesa de la animación independiente
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A los trece años, Koji Yamamura descubre en una revista cómo se pueden convertir en movimiento unas hojas con dibujos: basta con una cámara Super 8, paciencia y el valor de intentarlo. Desde ese momento, toda su carrera nace de una intuición casi infantil: la animación no es solo una técnica, sino una puerta fundamental a mundos que no existen, y quienes la practican, en el fondo, siempre siguen siendo un poco niños. La creencia general es que la animación es un trabajo de equipo, de grandes estudios y de cadenas de producción industriales. Sin embargo, Yamamura lo pone patas arriba: la verdadera vanguardia surge donde no existe el grupo, donde puedes cambiar de estilo en cada corto y reiniciarlo todo en cada nuevo proyecto, sin ninguna herencia que respetar. Para él, la independencia no es solo una necesidad económica, sino un principio creativo. Hay una escena que lo explica todo: Yamamura pasea cada mañana alrededor de un templo de Tokio, escucha a los insectos, observa los árboles y aplaza el trabajo para dejar que las ideas maduren. Parece la rutina de un jubilado, pero de este paseo nacen mundos: «Mount Head», su corto más famoso, parte de una leyenda japonesa de hace cien años y la transforma: en lugar de los personajes que trepan por la cabeza del protagonista, coloca a los ciudadanos de hoy que hacen hanami, el pícnic bajo los cerezos, sobre una cabeza-montaña desordenada y grotesca. Ese corto, de apenas diez minutos, llega a todas partes: festival en Ottawa, nominación al Óscar, Gran Premio en Annecy y Zagreb. Y todo parte de un cuaderno lleno de bocetos y de la decisión de seguir siendo un artesano. Otro momento clave: Hiroshima, 1985. Yamamura tiene veintiún años y conoce a Ishu Patel, un director canadiense que forma parte del jurado del festival. Ve sus cortos experimentales y comprende que cada obra puede cambiar de técnica, pero mantener una estética constante. Es la chispa: «Quiero dedicarme a esto». Pero Japón no ofrece un hogar a quienes realizan cortos de autor. Así que Yamamura se inventa la solución: abre una galería de animación, Au Praxinoscope, para que la gente pueda ver originales y materiales que, de otro modo, permanecerían ocultos. Más tarde, funda el curso de animación en la Universidad de las Artes de Tokio: un máximo de dieciséis estudiantes al año, a los que se acompaña como aprendices en un taller, desde la idea hasta la posproducción. Aquí, el apoyo económico es escaso y las dificultades, muchas, pero la libertad es absoluta: «En cada proyecto puedo empezar de cero». Su filosofía es clara: si la animación industrial crea límites de estilo y repite fórmulas, él prefiere el camino accidentado del cortometraje independiente, donde cada obra puede ser radicalmente diferente de la anterior. Un detalle que no debe olvidarse: en Japón apenas existen fondos públicos para quienes ejercen esta profesión. El riesgo es constante y el rendimiento económico, mínimo, pero lo que está en juego —la posibilidad de transmitir emociones primarias a través de un medio casi primordial— es enorme. Y, para Yamamura, el secreto está precisamente en eso: cuanto más sencillo es el dibujo, más profundo puede llegar. Esta es la perspectiva que a menudo falta: la animación, cuando es verdaderamente independiente, no sirve solo para contar historias. Sirve para comprender cómo funcionan los mundos alternativos y, sobre todo, cómo funciona nuestra mente. El Japón de las grandes productoras de anime no es el Japón de los cortos de Yamamura, y quizá sea a partir de aquí donde pueda surgir una nueva generación de creadores. Cada hoja dibujada es una pregunta primitiva: ¿qué pasa si, en lugar de seguir la tradición, cada vez empiezas de cero? No es la técnica, sino la libertad de mirada lo que marca la diferencia. Si te has sorprendido pensando que la animación es solo para los grandes estudios, en Lara Notes puedes pulsar I’m In: es la forma de decir que ahora esta idea te concierne. Y si dentro de unos días te sorprendes contándole a alguien sobre Mount Head o sobre los paseos de Yamamura alrededor del templo, en Lara Notes puedes etiquetar a la persona que te acompañaba con Shared Offline: así quedará constancia de una conversación que merecía la pena mantener. Esta Nota procede de Archipel y te ha ahorrado una hora de entrevista.
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