La batalla por el futuro de la carne

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En 2024, once miembros del Congreso de Estados Unidos escribieron una carta urgente: China está invirtiendo en carne cultivada en laboratorio, y esto podría cambiar para siempre quién controla nuestros alimentos. No se trata de modas alimentarias: lo que está en juego es la seguridad nacional. La idea de que la carne producida sin animales sea una cuestión geopolítica parece surrealista, pero no lo es en absoluto. Hasta ahora, habíamos considerado la carne alternativa como una opción ética o saludable, propia de los supermercados ecológicos. Sin embargo, para Xi Jinping, se trata de una palanca de poder global. Si China consigue exportar tecnología para producir carne sin animales —quizás supeditándola a condiciones políticas, como ya hace con las infraestructuras—, su peso estratégico aumentará. Un dato permite entender por qué: para obtener una caloría de pollo, se necesitan entre 8 y 11 calorías de pienso. Se trata de un sistema plagado de derroches y vulnerable a cualquier crisis: sequías, guerras, enfermedades animales o encarecimientos de la energía. Por eso, quien consiga producir «carne que guste a los consumidores» saltándose toda esta cadena de suministro se hará con una enorme porción de un mercado de 2 billones de dólares. Pero ¿quiénes son los protagonistas de esta nueva carrera? Por un lado, está Xi Jinping, que repite cada año: «El cuenco de arroz de los chinos debe permanecer en nuestras manos, lleno principalmente de grano chino». Sin embargo, hoy en día, para satisfacer la demanda interna de carne, China importa cada vez más carne y piensos: su autosuficiencia alimentaria ha descendido del 94 % al 66 % en veinte años. Las epidemias animales —desde la peste porcina africana hasta la gripe aviar— han puesto en muchas ocasiones al sistema de rodillas. Para Xi, la carne cultivada es un salvavidas: menos dependencia de las importaciones, menos riesgo de epidemias. En 2023, la startup china CellX puso en marcha su primera planta piloto de carne cultivada. Al año siguiente, funcionarios chinos degustaron carne de cerdo cultivada por Joes Future Foods. Aún no se ha autorizado su venta al público, pero la tendencia es clara. Por otro lado, están Estados Unidos. Fue el primer país en invertir en investigación, en aprobar los productos y en crear un ecosistema de start-ups y gigantes como Tyson Foods y Cargill que apuestan por la carne alternativa. Sin embargo, ahora el ritmo estadounidense corre el riesgo de ralentizarse, mientras que países como Corea del Sur y el Reino Unido están superando a Estados Unidos en inversión pública. Una anécdota lo dice todo: en 2019, el Gobierno de Trump concedió 3,55 millones de dólares a la Universidad de California para un consorcio sobre carne cultivada. Después llegaron otros fondos, pero desde 2021, China ha incluido la carne cultivada en sus planes quinquenales, ha superado a Europa y a Estados Unidos en inversión agrícola y ahora lidera las publicaciones científicas y las patentes. Y no se trata solo de una cuestión entre China y Estados Unidos: Israel, Brasil, India, Singapur y Japón están situando la carne alternativa entre sus prioridades nacionales, a menudo como respuesta a las crisis alimentarias y los disturbios sociales provocados por el aumento de los precios de los alimentos. ¿Recuerdas los disturbios de Túnez y Haití? Todo empezó por el precio del pan o del arroz. Ahora, imagina un futuro en el que la carne ya no dependa de explotaciones vulnerables, de un transporte frágil y de recursos limitados. Matt Spence, antiguo responsable de seguridad en Oriente Medio en el Pentágono, ha visto con sus propios ojos cómo grupos armados han utilizado el hambre como arma. Para él, invertir en carne alternativa es una prioridad en materia de seguridad. Pero hay un punto ciego en el debate: la regulación. Sin normas claras, las empresas no se arriesgan, los inversores se echan atrás y las innovaciones se quedan en el laboratorio. El Congreso de Estados Unidos acaba de destinar miles de millones a la investigación, pero todo depende de la voluntad de tratar la carne alternativa como una «tecnología estratégica», al igual que los chips o los medicamentos. Si Estados Unidos afloja la mano, corre el riesgo de perder el liderazgo no solo en el ámbito económico, sino también en términos de seguridad alimentaria e influencia geopolítica. Esta es la perspectiva que casi siempre se pasa por alto: la «guerra de la carne» no es solo una competición de recetas, sino la nueva frontera para decidir quién controlará las cadenas de valor mundiales. La frase que hay que recordar es la siguiente: hoy en día, la carne alternativa se encuentra en la misma situación en la que estaban los paneles solares y las baterías para automóviles hace quince años; quienes se queden rezagados ahora se perderán la próxima revolución industrial. Si crees que la carrera entre la carne real y la carne artificial es solo una cuestión de gustos, piénsalo de nuevo: es una batalla por el poder mundial. Si te has reconocido en esta historia, en Lara Notes puedes pulsar «I'm In». No es un «Me gusta»; es tu forma de decir: «Esta idea ahora es mía». Y si mañana le cuentas a alguien que la carne cultivada es la nueva frontera de la geopolítica, en Lara Notes puedes dejar constancia de ello: Shared Offline es la forma de decir que esa conversación importaba. Esta Nota se basa en un artículo de Foreign Policy. Te has ahorrado más de veinte minutos de lectura.
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