La era del discurso racional ha terminado
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Donald Trump hizo historia de una manera en la que nadie se había atrevido nunca: fue el primer presidente estadounidense en iniciar una guerra sin ni siquiera molestarse en mentir al público. Literalmente, no le importaba si la gente estaba de acuerdo o no: como él mismo dijo, lo único que podía detenerlo era «mi moral. Mi mente. Solo eso puede detenerme». Estamos acostumbrados a la idea de que la democracia se basa en el debate, en las discusiones acaloradas y, sobre todo, en la posibilidad de convencer o de que nos convenzan. Pero, si lo piensas, esta es la excepción, no la regla. El filósofo alemán Jürgen Habermas, fallecido en marzo a los 96 años, basó toda su vida en la convicción de que la democracia solo existe donde hay un verdadero intercambio de ideas, sin exclusiones y sin amenazas. Para él, todo el poder político surge de la «fuerza comunicativa de los ciudadanos», y una sociedad justa es aquella en la que «todas las preguntas, los problemas y las aportaciones se plantean y se abordan en discursos y negociaciones». La tesis de esta Nota es clara: la era del discurso racional, la de Habermas, ha terminado. Hoy en día, la tecnología no nos ha hecho más dialogantes, sino que nos ha aislado en burbujas en las que nadie cuestiona nuestras creencias, y los líderes que mejor funcionan son los que ya ni siquiera quieren convencer; solo quieren que los miremos. Habermas no era un teórico cualquiera: nació en Alemania en 1929, creció bajo el nazismo, pasó por las Juventudes Hitlerianas, vio a su padre, oficial de la Wehrmacht, y luego a una Alemania dividida y reconstruida. En los años 50, cuando los filósofos académicos seguían siendo exnazis, él se alineó con Theodor Adorno y la Escuela de Frankfurt, convirtiéndose en la voz de una generación que buscaba en la razón la salvación de la barbarie. En 1962, escribió «Historia y crítica de la opinión pública»: en él, narra la época en que las cafeterías y los salones del siglo XVIII eran el lugar donde la gente común, por primera vez, podía debatir sobre los poderosos y juzgarlos. Para él, eso era la magia: la «disolución del dominio», en la que las ideas solo ganan si convencen. Pero Habermas era lúcido: sabía que este ideal nunca se había materializado realmente. Ni en el siglo XVIII, cuando el público estaba formado únicamente por hombres ricos, ni hoy en día, cuando la opinión pública es «una esfera pública solo en apariencia», manipulada por los medios de comunicación o pasiva. Y aquí llega el dato que cambia la perspectiva: la tecnología, afirmaba Habermas, antes era el principal obstáculo para el verdadero debate: la radio y la televisión hablaban a todo el mundo, pero nadie podía responder. Luego llega internet, que en teoría abre la puerta a todo el mundo: cualquiera puede convertirse en autor, desaparece el veto de los editores y las redes sociales dan voz a todo el mundo. Sin embargo, en lugar de acercarnos al ideal, nos hemos alejado de él: la cantidad ha destruido la calidad. Hoy, afirmaba en su último libro de 2023, «la digitalización está convirtiendo a todo el mundo en autores potenciales», pero el precio es que cada uno puede encerrarse en su burbuja, escuchando únicamente a quienes ya piensan como él, y el debate real desaparece. ¿El resultado? Una democracia en la que se habla mucho, pero ya no se escucha a nadie, y el principio de «convencer» se sustituye por el de «hacerse notar». Hay una escena que hace que todo esto resulte aún más patente: Habermas, ya noventañero, en Múnich, en el mes de noviembre anterior a su fallecimiento, habla del «desmantelamiento ya casi irreversible del régimen liberal-democrático más antiguo», es decir, Estados Unidos, a causa de la expansión arbitraria del poder ejecutivo bajo Trump. Es más, Habermas afirmaba que todo lenguaje —cada frase que pronunciamos— es, o debería ser, una petición de explicación, de consenso. Si alguien te dice «la Tierra es el tercer planeta desde el Sol», te pide que estés de acuerdo en que es cierto; si te dice «matar está mal», te pide que lo apruebes como correcto. Pero ahora, afirmaba, la mayoría de nuestras afirmaciones ya no piden nada: no quieren ser verdaderas ni correctas, solo quieren que se les escuche, se les comparta y, a ser posible, se hagan virales. Trump, con su «frivolidad exasperante», es el hombre perfecto para las redes sociales: no quiere convencer, solo quiere que le vean. Y esto, afirmaba Habermas, es el fin del discurso racional: su época ha llegado realmente a su fin. Sin embargo, hay una pregunta que casi nadie se hace: si la democracia nace del debate, ¿qué queda cuando el debate ya no interesa a nadie? Y si la nueva moneda de cambio no es la verdad, sino la atención, ¿qué sentido tiene seguir hablando de «opinión pública»? Quizás el verdadero riesgo no sea la mentira, sino la indiferencia, la pérdida misma del deseo de persuadir o de ser persuadido. Hoy en día, la política es teatro, no debate. La frase que queda es la siguiente: cuando ya nadie quiere convencer a nadie, la democracia no muere de golpe, sino que se vacía por dentro. Si esta perspectiva te ha hecho cambiar tu forma de ver la democracia, en Lara Notes puedes indicarlo con I’m In: elige si se trata de una convicción que sientes como propia, de una experiencia que has vivido o simplemente de una curiosidad que quieres explorar. Y si mañana en la cena le cuentas a alguien que Habermas soñaba con una sociedad en la que el lenguaje sirviera para convencer y no solo para gritar, en Lara Notes puedes etiquetar a quienes te acompañaban con Shared Offline, para que esa conversación perdure. Esta Nota procede de The Atlantic y te ahorra 4 minutos de lectura.
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La era del discurso racional ha terminado