La fábrica de la ignorancia | Documental | ARTE

Frenchto
Imagínese que, cuando la industria del tabaco se vio acosada por las pruebas científicas que relacionaban el tabaquismo con el cáncer, respondiera así: «La duda es nuestro producto, porque es la mejor manera de competir con los hechos en la mente del público». Parece la trama de un «thriller», pero sucedió de verdad. Y no se trata solo de los cigarrillos: es una estrategia que se repite cada vez que la ciencia amenaza los intereses de las grandes industrias, desde la agroquímica hasta los combustibles fósiles o los fabricantes de plásticos. La mayoría de nosotros pensamos que la ciencia es un camino lineal hacia la verdad: surgen nuevos datos, se acumulan pruebas y, al final, se llega a un consenso. Pero esta visión es errónea. En realidad, la ciencia es un campo de batalla en el que cualquier avance puede verse frenado o desviado por quienes tienen interés en mantener la confusión. La verdadera revolución consiste en darse cuenta de que la ignorancia puede producirse deliberadamente: no es un vacío, sino una fábrica activa y sofisticada. Veamos el caso de las abejas en Grecia en la década de 1990: de repente, las colonias colapsan, las cosechas de miel se reducen a cero y nadie sabe explicar por qué. Los científicos descubren la llegada de los neonicotinoides, unos pesticidas muy potentes vinculados a la industria agroquímica. Las primeras investigaciones confirman su toxicidad incluso en dosis ínfimas. Sin embargo, en lugar de un veredicto, se desata una avalancha de estudios sobre posibles causas alternativas: parásitos, virus, cambio climático e incluso la iluminación nocturna. La sospecha se diluye entre mil hipótesis y nunca se llega a un consenso. Ya se había observado el mismo patrón con los cigarrillos: en la década de 1950, las pruebas contra el tabaco eran abrumadoras, pero las empresas financiaron investigaciones sobre todo menos sobre los cigarrillos. Se estudiaba el papel del amianto, del radón, de diversos estilos de vida e incluso del mes de nacimiento como posibles causas del cáncer. ¿El objetivo? No encontrar la verdad, sino saturar el debate con datos y dudas, de modo que el tabaco pasara a ser solo «uno de los muchos factores». «Siempre hay muchas causas, no se puede determinar la verdadera responsable», decían. Así, durante décadas, han eludido las regulaciones y las demandas judiciales. Y esta estrategia se ha extendido a otros sectores: los pesticidas, el bisfenol A y el cambio climático. Cuando un producto es sospechoso, se multiplican las hipótesis alternativas, se financian estudios que minimizan el riesgo, se contratan científicos complacientes y se manipulan los protocolos de investigación. Se utiliza la ciencia contra la propia ciencia. Un ejemplo contundente es la batalla en torno al bisfenol A, un compuesto utilizado en los plásticos. Un grupo de científicos observa efectos devastadores en ratones expuestos a dosis muy bajas, muy inferiores a las consideradas «seguras». La industria responde financiando estudios con animales seleccionados expresamente por ser insensibles al bisfenol A. De este modo, las investigaciones «independientes» no detectan ningún efecto y la duda persiste. Aquí está el verdadero giro argumental: la duda, que debería ser el motor de la ciencia, se convierte en su arma contra sí misma. «La duda es una virtud en la ciencia, pero manipularla es un vicio», explica uno de los historiadores de estos casos. Los grandes productores se apropian de los términos: «ciencia verdadera» se convierte en sinónimo de su versión, mientras que quienes denuncian los riesgos son tachados de alarmistas o irracionales. Y eso no es todo. Hoy en día, con las redes sociales, la fábrica de la ignorancia se ha convertido en una central planetaria. Organizaciones «independientes» aparecen de la nada y difunden versiones alternativas; las comunidades en línea amplifican los mensajes escépticos, a menudo más activas y ruidosas que las que se basan en el consenso científico. Los algoritmos favorecen las cámaras de eco: cuantas más veces se comparte tu opinión, más parece que se comparte y más se convierte en verdad a los ojos de quienes la reciben. Pero la manipulación no solo procede de arriba. También está dentro de nosotros. Estamos programados para defender nuestras creencias y para no aceptar cambios que amenacen nuestra forma de vida. Si un hecho científico pone en entredicho nuestra identidad o nuestros hábitos, se desencadena la disonancia cognitiva. Entonces, en lugar de cambiar de opinión, buscamos explicaciones alternativas, nos aferramos a teorías de la conspiración y pensamos que «todos los científicos están de acuerdo únicamente porque siguen una moda o una conspiración». Ni siquiera los investigadores son inmunes: la propia ciencia está condicionada por el mercado, por la búsqueda de financiación y por las modas académicas. Se descuidan campos de estudio enteros si no prometen beneficios económicos. Esta es la «ciencia no hecha»: las preguntas que nadie se plantea porque a nadie le conviene planteárselas. Pero el precio lo pagamos todos: enfermedades no reconocidas, retrasos en la regulación, catástrofes medioambientales que podrían haberse evitado. Sin embargo, la historia demuestra que la verdad científica, por mucho que se intente obstaculizarla, acaba saliendo a la luz. Morton Downy, un conocido presentador de televisión que durante años había negado los riesgos del tabaco, tras padecer cáncer de pulmón, tuvo que declarar ante el Congreso y cambió por completo de postura poco antes de fallecer. Al final, la realidad se impone. Pero ¿cuánto tiempo y cuántas vidas se necesitan para que el conocimiento prevalezca sobre la ignorancia generada? La ciencia nunca es neutral: siempre está inmersa en los conflictos de la sociedad. En la época de la religión, era la Iglesia la que censuraba; hoy, es el mercado el que marca las prioridades. Y la fábrica de la ignorancia se perfecciona día a día. Hoy sabemos que la ignorancia no es solo la ausencia de conocimiento: puede producirse, mantenerse y organizarse. Y la pregunta clave ya no es solo «¿qué sabemos?», sino «¿a quién le interesa que no sepamos?». La verdad puede retrasarse, pero la historia nos enseña que, a la larga, la realidad siempre se abre camino. La ignorancia no es un vacío: es una construcción, a menudo deliberada. En Lara Notes, si esta idea te ha desconcertado, puedes marcar I'm In: no es un «Me gusta», sino la forma de decir que ahora este cambio de perspectiva forma parte de tu manera de ver las cosas. Y si mañana te encuentras hablando con alguien sobre el poder que tiene la duda cuando se la manipula, puedes etiquetar esa conversación con Shared Offline: es el gesto para reconocer que ciertas ideas no se quedan solo en internet, sino que solo se hacen reales cuando pasan de una persona a otra. Esta Nota se basa en el documental «La fabrique de l’ignorance» de ARTE y te ha ahorrado más de noventa minutos.
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