La GUERRA espacial ya ha comenzado

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En 2023, aparecieron noticias sobre un extraño satélite ruso que orbitaba en una órbita casi desconocida, y aumentaron los temores de que pudiera ser el comienzo de una carrera armamentista nuclear en el espacio. Sin embargo, la verdad más desestabilizadora es que la carrera por la guerra en el espacio no es algo futurista o ficticio: es una realidad que comenzó hace años, pero que no vemos desde debajo de las nubes. Solemos imaginarnos las guerras espaciales como misiles o láseres al estilo de las películas de Hollywood, pero hoy en día los ataques espaciales suelen producirse en silencio: interferencias en las señales GPS, ciberataques a satélites de comunicaciones o incluso maniobras de un satélite para acercarse a otro y, posiblemente, instalar un dispositivo o desactivarlo con un brazo robótico. La percepción general es que el espacio es un lugar «neutral» o incluso un símbolo del progreso humano compartido. Pero la verdad es que, hoy en día, el espacio se ha convertido en un campo de batalla estratégico, y la mayoría de los principales ejércitos cuentan ahora con divisiones dedicadas a gestionar este ámbito, desde Estados Unidos y China hasta Rusia, y cada uno de ellos está probando activamente herramientas de ataque y defensa espacial, a veces con el pretexto de la experimentación científica y, a veces, con claros mensajes de propaganda. Hay dos personas que ponen cara a esta guerra: Jonny Harris, el periodista que ha contado esta historia, y Clayton Swoboda, experto en política espacial del Centro CSIS de Washington. Clayton expone una idea sorprendente: el satélite no es simplemente una pieza de metal que orbita silenciosamente, sino que hoy en día se ha convertido en algo parecido al sistema nervioso de los ejércitos modernos: permite ver la Tierra en su totalidad, determinar posiciones, vigilar misiles, comunicarse en el campo de batalla e incluso detectar submarinos ocultos en las montañas o en las profundidades marinas. Imagina que cada teléfono inteligente que llevas en el bolsillo depende de 30 satélites GPS gestionados por el Gobierno de Estados Unidos, y que cada elemento de esta infraestructura puede ser desactivado o atacado. El propio Johnny admite que pensaba que los satélites volaban con motores a reacción, hasta que descubrió que «siempre están cayendo», en un equilibrio entre la velocidad y la gravedad, y que los ejércitos de Estados Unidos, China y Rusia tienen satélites del tamaño de un autobús orbitando a alturas de entre 400 y 20 000 kilómetros sobre nuestras cabezas. Luego está la historia del satélite chino SJ-21: supuestamente se lanzó para limpiar la basura espacial, pero demostró una capacidad aterradora: se acercó a un satélite inoperativo, lo recogió con un brazo robótico y lo empujó a la «órbita cementerio». Esta capacidad de maniobrar y atacar directamente entre satélites supone una revolución militar sin precedentes: el sabotaje ya no requiere un misil ni una explosión; basta con que una máquina se acerque a otra y, silenciosamente, desvíe su trayectoria o la inutilice. China no está sola: Estados Unidos y Rusia también están probando satélites capaces de aproximarse, maniobrar y, posiblemente, llevar a cabo ataques secretos que no se anuncian al mundo. Incluso hoy en día, los ataques reales más potentes no son los bombardeos, sino los ciberataques: en 2022, los satélites de comunicaciones ucranianos quedaron inutilizados en vísperas de la invasión rusa por un ciberataque que un responsable ucraniano calificó de «catastrófico». Por su parte, China ha desarrollado software capaz de controlar los satélites enemigos o de inutilizarlos por completo, sin disparar un solo proyectil. Lo que resulta aún más aterrador es que la protección de este ámbito es anterior a cualquier regulación internacional efectiva: el único tratado que prohíbe colocar armas de destrucción masiva en el espacio tiene medio siglo de antigüedad, y hoy Rusia y Estados Unidos se lanzan acusaciones mutuas y recurren al veto en las Naciones Unidas en lugar de acordar normas claras. Todo esto ocurre mientras el número de satélites en órbita terrestre supera los 12 000 y constelaciones de empresas como Starlink, de Elon Musk, proporcionan internet a personas aisladas y a los ejércitos en Ucrania. Un dato que nadie esperaba: el coste de lanzar satélites se ha reducido drásticamente gracias a empresas privadas como SpaceX, lo que ha hecho que la militarización del espacio sea más factible que nunca, y los científicos ya se quejan de la contaminación visual provocada por las órbitas saturadas. Ahora bien, si crees que la guerra en el espacio solo implica defensa, recuerda que gran parte de estas capacidades son convertibles en capacidad ofensiva: el escudo antimisiles que era un sueño en el programa «Star Wars» de los años ochenta ha vuelto hoy con el nombre de Cúpula de Hierro Espacial, y Elon Musk es el candidato más destacado para construirlo. Siempre existe la preocupación de que vuelva la idea de colocar una ojiva nuclear en órbita, a pesar del enorme peligro que ello conllevaría: una sola explosión podría destruir cientos de satélites mediante pulsos electromagnéticos, como demostraron los experimentos realizados durante la Guerra Fría. Sin embargo, la carrera continúa, porque cada parte teme que la otra la supere, mientras que el propio espacio sigue siendo un «salvaje oeste» sin policías ni normas claras. Si quieres un aspecto en el que nadie se ha fijado: todas estas capacidades espaciales ofensivas y defensivas amenazan no solo a los ejércitos, sino también a nuestra vida cotidiana. Si el sistema GPS o los satélites de comunicaciones dejaran de funcionar repentinamente en un conflicto, nadie sabe cómo sería el mundo, desde la navegación hasta internet y los servicios de emergencia. En ausencia de normas vinculantes, cada parte desarrolla en secreto y exhibe públicamente sus capacidades con fines de disuasión, o incluso de chantaje. La frase que lo resume todo: la carrera armamentista en el espacio ya ha comenzado y dependemos de ella más de lo que nos damos cuenta, pero seguirá siendo el escenario de confrontación más peligroso hasta que los países establezcan allí una línea roja clara. Si crees que esta historia te revela una nueva perspectiva sobre nuestra relación con el espacio, en Lara Notes puedes usar el gesto «I'm In»: es una declaración de que esta visión se ha convertido en parte de lo que formas parte, no en una mera idea pasajera. Y si te encuentras hablando de estos riesgos con un amigo en la cena o en el coche, Shared Offline es la forma de dejar constancia en Lara Notes de que esa conversación tuvo un peso real entre vosotros. Esta nota procede de Johnny Harris y te ha ahorrado más de 45 minutos de vídeo y análisis.
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