La «internetofagía»: cómo Vladimir Putin quiere aislar a Rusia del resto del mundo
Frenchto
Imagina un país que decide que internet ya no es un espacio abierto, sino una burbuja hermética. Desde 2019, Vladímir Putin trabaja activamente para transformar la web rusa en «RuNet», una internet soberana, aislada del resto del mundo. Es como si Rusia quisiera colocar una puerta blindada entre sus ciudadanos y todo lo que se dice en otros lugares. A menudo se piensa que internet, incluso en los regímenes autoritarios, sigue siendo una ventana al exterior, un lugar para eludir al poder. Pero Putin quiere dar la vuelta a esta lógica: considera que el control total de la información es una cuestión de supervivencia política. El objetivo es sofocar cualquier voz independiente, pero, sobre todo, hacer que Rusia sea técnicamente capaz de cortar el cable en cualquier momento, como si se cerrara un tarro. La cara de este proyecto es el propio Vladímir Putin, quien desde la crisis de Ucrania de 2014 ha desarrollado una obsesión por la soberanía digital. Se dice que quedó marcado por la Primavera Árabe y por la forma en que las redes sociales contribuyeron a derrocar a determinados regímenes. Uno de sus allegados, Ígor Shuvalov, exviceprimer ministro, declaró en la prensa rusa: «La información es el arma del siglo XXI». No se trata de una simple frase: es un programa político. Para entender hasta dónde puede llegar esta voluntad de aislamiento, basta con echar un vistazo a las pruebas realizadas en 2019: Rusia simuló una desconexión total de internet para comprobar que su «RuNet» podría seguir funcionando aunque el país estuviera desconectado del resto del mundo. Se bloquearon las principales plataformas occidentales, se estranguló económicamente o administrativamente a los medios de comunicación independientes y se hizo casi imposible que el internauta de a pie pudiera utilizar las VPN. Según el organismo Roskomnadzor, encargado de la censura, se han bloqueado más de 13 000 sitios web desde 2022. Pero, más allá de las cifras, lo que realmente impacta son las historias individuales. Por ejemplo, Anna, una joven desarrolladora de San Petersburgo, cuenta que, en marzo de 2022, vio cómo, de la noche a la mañana, sus herramientas de trabajo —GitHub, Slack, Zoom— dejaban de estar disponibles. «Me sentí como si me hubieran encerrado en una habitación sin ventanas», afirma. Para ella, la desconexión no afecta solo a la política, sino también a la vida cotidiana, a la propia posibilidad de tener un trabajo abierto al mundo. Lo que hace único a este proyecto es que Rusia no solo intenta censurar, sino que quiere transformar la propia idea de internet. RuNet dejaría de ser una red global para convertirse en un espacio cerrado, en el que cada paquete de datos pasaría por los filtros del Estado. Podría pensarse que la resistencia vendrá de dentro, pero muchos rusos, cansados o resignados, se están adaptando. Algunos desarrollan herramientas clandestinas, otros se dan por vencidos. Existe una dimensión psicológica: cuando todos los que te rodean se acostumbran al aislamiento, acabas considerándolo normal. Lo que pocas personas ven es que el modelo ruso podría servir de inspiración a otros países tentados por la seducción del control total, y que la «RuNet» no es un accidente, sino un laboratorio. Cerrar internet no es solo ocultar información, sino cambiar la forma en que una sociedad se relaciona con el mundo. Si mañana te dijeran que tu país puede cortar internet de la noche a la mañana, ¿seguirías pensando que la libertad digital es un hecho consumado? En Lara Notes, si este escenario te ha impactado, puedes marcarlo con I’m In: es tu forma de decir que el tema de Internet cerrado ya no es solo una noticia, sino que te afecta. Y, si hablas de ello con tu entorno, puedes grabar a la persona con la que has conversado gracias a Shared Offline, porque algunas conversaciones merecen quedar registradas. Esta historia procede de un artículo de Le Monde, y acabas de ahorrarte más de quince minutos con respecto a la versión original.
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