LA INVENCIÓN DEL PAISAJE

Italianto
Imagina que la palabra «paisaje», tan obvia para nosotros, no existe en árabe ni en ningún dialecto italiano. No existe una traducción, no existe un término arraigado en la lengua popular: existen el campo y la campiña, pero no el paisaje. Este detalle aparentemente insignificante encierra una revolución en la forma en que concebimos el espacio que nos rodea. Estamos convencidos de que el paisaje es un marco que hay que admirar, un fondo estético, algo que hay que contemplar y fotografiar. Pero esta idea es muy reciente. En el siglo XV, cuando los pintores flamencos empezaron a utilizar la palabra «paisaje», no se limitaron a añadir un detalle a sus cuadros: pusieron el fondo en el centro y convirtieron el escenario en protagonista. Desde entonces, el paisaje se ha convertido en la forma en que narramos el encuentro entre la naturaleza y la cultura, entre lo que era la tierra antes de nosotros y lo que le hemos hecho. Pero, a medida que las ciudades crecen, el paisaje se convierte en algo que hay que observar desde la distancia, juzgar y, a menudo, regular. Annalisa Metta, arquitecta paisajista, explica que la palabra «paesaggio» (paisaje) en italiano contiene la acción: «paese» (pueblo) más el sufijo «-aggio», como en «lavaggio» (lavado) o «pattinaggio» (patinaje). No es el resultado, sino el proceso. No existe el verbo «paisajear», pero deberíamos inventarlo. Para ella, el paisaje es una acción situada, una situación que se crea y se transforma, no una superficie inmóvil. Es algo que sucede, que vive, que nos involucra como sujetos, no solo como espectadores. Por eso, afirma, el paisaje se asemeja a un monstruo: un ser híbrido, humano y no humano, capaz de sorprendernos e incluso de asustarnos. Los monstruos, como los paisajes, son ambivalentes: nos atraen y nos inquietan, traen el futuro porque son lo que se muestra por primera vez. El filósofo Derrida decía: «Un monstruo es lo que se muestra por primera vez: el futuro, si no es monstruoso, no es más que la repetición del pasado». Esta dualidad rompe con la idea tranquilizadora del paisaje como algo bello y ordenado. No todo lo que crece de forma espontánea es feo o está degradado: a menudo, la degradación no es más que la respuesta correcta a una pregunta equivocada. Si exigimos que un lugar parezca una postal, todo lo que no se ajuste a ello se considera un defecto. Las «malas hierbas» son, en realidad, plantas silvestres, capaces de crecer donde quieran, sin necesidad de nosotros. Lo inculto nos incomoda porque nos recuerda que no podemos controlarlo todo. Es un juicio sobre nuestra incapacidad para gobernar la naturaleza, un desafío a nuestra obsesión por el orden y la productividad. Incluso existe un «soberanismo etnobotánico»: tratamos a las plantas como si fueran inmigrantes, decidiendo cuáles son «autóctonas» y cuáles «invasoras», e imponiendo categorías morales a seres que se rigen por lógicas distintas a la nuestra. Eduardo Tresoldi, escultor, trabaja con la transparencia y con las ruinas. Sus obras están realizadas con malla metálica que reproduce siluetas de templos y basílicas, pero son huecas y ligeras: se convierten en espacios para la luz, para el viento, para el paso de las personas. Cuenta que, en la campiña de la llanura padana, las antiguas granjas abandonadas se van transformando lentamente en árboles: antes eran casas, ahora son hábitats para la vegetación. En 150 años, una casa puede convertirse en un árbol. La ruina no es solo un vestigio que hay que conservar, sino un proceso de transformación, una parte activa del paisaje. En Japón, un templo se derriba y se reconstruye cada treinta años, porque el valor no reside en la materia, sino en la relación que una comunidad mantiene con ese lugar. Tal vez deberíamos aprender a diseñar ciudades y espacios públicos dejando margen para lo inesperado, aceptando que no todo puede planificarse y cerrarse. Annalisa habla de proyectos en los que se esparcen semillas y se deja que las plantas decidan dónde crecer, o de parques parisinos sin recorridos obligatorios, donde son los propios cuerpos de las personas los que dibujan el espacio. El verdadero reto político consiste en renunciar al control obsesivo y confiar, al menos en parte, en la acción de la naturaleza y de las comunidades. El abandono, afirma Annalisa, no siempre es negligencia: también es un acto de confianza, la posibilidad de dejar que suceda algo nuevo. Los espacios vacíos están llenos de potencial, y el propio vacío es una forma de capacidad, no de ausencia. Eduardo añade que sus obras son deliberadamente frágiles: podrían destruirse fácilmente, pero es precisamente esta vulnerabilidad la que devuelve el poder a la comunidad. Si una obra se protege con barreras y se cierra por la noche por temor al vandalismo, se crea distancia y desconfianza entre los ciudadanos y el espacio público. La alternativa es una ciudad en la que el riesgo se comparta el riesgo, en la que se pida a las personas que cuiden de su entorno, sin imposiciones. Y no hay que olvidar que la palabra «cuidado» puede convertirse en una forma de control si se vuelve obsesiva. Quizás la pregunta que debamos plantearnos en la cena sea la siguiente: ¿estamos dispuestos a dejar que el paisaje nos sorprenda, aunque ello suponga perder algo de control? El paisaje no es una postal; es una acción que nos concierne, una relación viva y cambiante. Si crees que esta idea te representa, en Lara Notes puedes indicarlo con I'm In: no solo la estás aprobando, sino que estás diciendo que ahora esta perspectiva forma parte de tu forma de ver el mundo. Y si te ocurre hablar de ello con alguien, quizá mientras paseas por un parque o frente a unas ruinas, en Lara Notes puedes usar Shared Offline para etiquetar a la persona que te acompañaba: la conversación queda registrada y pasa a formar parte de vuestra historia. Esta nota procede del Festival del Pensamiento Contemporáneo: en lugar de dos horas de mesa redonda, acabas de ahorrarte más de 100 minutos.
0shared
LA INVENCIÓN DEL PAISAJE

LA INVENCIÓN DEL PAISAJE

I'll take...