La lenta marcha de Xi Jinping | Le Grand Continent

Frenchto
En 2018, Xi Jinping declaró que «el mundo está experimentando cambios profundos y sin precedentes desde hace un siglo», y desde entonces el discurso oficial de Pekín repite que «Oriente está en pleno auge y Occidente en declive». Pero aquí llega la primera sorpresa: a pesar de esta seguridad ostentosa, China actúa con una lentitud y una prudencia que hacen pensar en algo muy distinto de una superpotencia convencida de que tiene la victoria en el bolsillo. La idea de que Pekín ya ha superado a Estados Unidos se ha convertido en un mantra, pero la realidad es que detrás de la fachada se esconde un temor constante a la fragilidad económica y al aislamiento internacional. La tesis es la siguiente: la China de Xi Jinping no avanza con la seguridad de quien se siente destinado a dominar, sino con la cautela de quien sabe que su poder es mucho más frágil de lo que cuenta. Según la forma de pensar habitual, Pekín, respaldado por su crecimiento pasado, ahora «sigue adelante» y se prepara para sustituir a Estados Unidos en la cima del mundo. Sin embargo, los hechos demuestran que Xi prefiere actuar entre bastidores, aprovechando las brechas que dejan abiertas los movimientos impredecibles de Washington, sin forzar nunca la mano. Y la razón no es tanto una estrategia brillante como la conciencia de los riesgos: descenso demográfico, crisis inmobiliaria, debilidad del consumo interno. Incluso cuando China parece aprovecharse del caos generado por las guerras estadounidenses —como la compra masiva de petróleo y gas a Rusia tras la guerra de Irán—, lo hace con la máxima cautela y evitando las provocaciones directas. Basta con preguntar a los aliados de Estados Unidos en Asia, como Vietnam o Japón: la desconfianza hacia China sigue siendo muy elevada, porque el recuerdo histórico de los intentos chinos de dominar la región sigue pesando en la actualidad. Hay un episodio que ilustra bien esta tensión: en octubre de 2023, Xi Jinping voló a Camboya, Malasia y Vietnam inmediatamente después de que la Casa Blanca impusiera elevados aranceles a estos países. Oficialmente, se trata de una misión de amistad. En realidad, Pekín intenta ganarse el apoyo de países que miran a China más por necesidad que por convicción. Pero, detrás de las sonrisas, persiste el temor a convertirse en satélites de Pekín. Otro detalle clave: China sigue presentándose como una potencia tecnológica, pero lo hace mientras su mercado inmobiliario se derrumba y su tasa de natalidad se encuentra en mínimos históricos. El PIB chino crece, pero Estados Unidos se mantiene estable en torno al 26 % de la economía mundial: en resumen, el adelantamiento no es en absoluto seguro. El propio Xi alterna tonos triunfalistas con señales de gran cautela, consciente de que la resiliencia estadounidense —la capacidad de recuperarse, incluso después de cometer errores enormes— sigue siendo hoy el verdadero obstáculo. En la práctica, China está pasando de una retórica sobre la derrota estadounidense a una serie de medidas operativas, especialmente en la región del Indo-Pacífico: patrullas navales, drones cerca de Taiwán y presiones sobre las rutas comerciales, pero evitando en todo momento medidas que puedan provocar una respuesta militar directa de Washington. En el ámbito interno, los dirigentes chinos se encuentran en una situación de disonancia: por un lado, la propaganda sobre una China invencible; por otro, el temor a que el crecimiento se detenga y el consenso se desmorone. Para Pekín, el riesgo es que una jugada demasiado agresiva haga que todo el castillo se derrumbe. Pero aquí se produce otro giro: si crees que China tiene un plan perfecto y coherente para socavar a Estados Unidos, piénsatelo de nuevo. Los analistas más perspicaces empiezan a ver una China menos monolítica y mucho más oportunista, dispuesta a cambiar de rumbo si la situación interna empeora o si Estados Unidos muestra signos de recuperación. En este escenario, el verdadero peligro no es una potencia china cohesionada, sino un gigante nervioso e impredecible, en el que el miedo pesa tanto como la ambición. Intenta imaginar la sala de botones de Pekín: más allá de los discursos sobre el «Oriente en ascenso», las reuniones están dominadas por dudas sobre cómo evitar que la crisis inmobiliaria estalle, que las purgas en el ejército se conviertan en inestabilidad o que el enfrentamiento con Estados Unidos se descontrole. Y, aunque Xi Jinping promete que para 2027 el ejército estará preparado para «someter a Taiwán por la fuerza», la realidad es que cada paso se sopesa mil veces por temor a una reacción en cadena. Además, está la variable Occidente: si Rusia y Estados Unidos llegan a un acuerdo sobre Ucrania, las flotas europeas podrían desplazarse hacia el Pacífico, lo que obligaría a China a adoptar una postura aún más defensiva. Ningún escenario está escrito: China puede optar por la escalada, pero también puede cambiar de rumbo repentinamente y encerrarse en sí misma, apostando por la estabilidad interna. En resumen: detrás de la retórica del «declive estadounidense», China avanza despacio y con mil temores, consciente de que un error podría costarle todo. El mito de la estrategia china impecable oculta una realidad mucho más frágil y contradictoria. Si pensabas en Pekín como un gigante seguro de sí mismo, la verdad es que su fuerza actual se compone a partes iguales de cálculo y de miedo. 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