La maldición del individualismo
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En la década de 1980, una de las ideas clave de la izquierda —la solidaridad de clase— se convirtió casi en un término incómodo. Hoy en día, parece casi anticuada, algo propio de los monos azules y las gorras planas, aplastada entre la retórica del individualismo y el mito de la diferencia a toda costa. Sin embargo, en su nuevo libro, Rowan Williams, exarzobispo de Canterbury, lo pone todo patas arriba: sostiene que la solidaridad no es una reliquia del pasado, sino una necesidad para el presente, precisamente porque nos hemos obsesionado con el «sé tú mismo» y con las identidades de grupo con fecha de caducidad. La tesis de Williams es clara: el individualismo, esa idea de que ser auténticos significa pensar solo en uno mismo, no solo nos aísla, sino que nos priva de lo que nos hace humanos: la capacidad de construir algo junto con los demás. No se trata de uniformidad: la verdadera solidaridad surge de reconocer las diferencias, de las tensiones, no de aplanarlas. Y no basta con decir «me siento como tú» para ser solidario. Williams critica a quienes se ponen la camiseta «Je suis Charlie Hebdo» o «Soy gazatí» sin compartir el dolor real de ese grupo. Para él, identificarse no es una cuestión de emociones, sino de acciones concretas. Si no actúas, el sentimiento no cuenta. He aquí un dato interesante: Williams vivió en Sudáfrica durante la época del apartheid, cuando la solidaridad no era un eslogan, sino una fuerza que contribuyó a derrocar un régimen. Vio de primera mano cómo la solidaridad puede cambiar la Historia, pero también cómo puede degenerar en tribalismo o fanatismo colectivo, lo que él denomina «colectividad extática», la misma dinámica que, en su vertiente negativa, puede dar lugar a cultos destructivos o a la violencia de grupo. Un dato que invita a la reflexión: la solidaridad desempeñó un papel decisivo en la caída del apartheid y en la transformación de Polonia, pero hoy en día casi nadie lo recuerda. Y aún hay más: Williams advierte contra la idea, hoy en día de moda, de que la empatía es la solución a todo. La frase que llama la atención es esta: «La empatía no puede hacer el trabajo de la solidaridad». Comprender lo que siente otra persona no distribuye los recursos de manera más justa, ni resuelve las desigualdades de poder. Es más, sentir el dolor de otra persona no implica necesariamente actuar para aliviarlo; si eres sádico, puede que te resulte placentero. Williams propone un cambio de rumbo: no debemos intentar situarnos «dentro» de la perspectiva del otro, sino «junto a él», reconociendo que nunca podremos entenderlo todo, pero que, aun así, podemos actuar juntos. Otra idea sorprendente procede del cristianismo: según la tradición cristiana, el amor (ágape) no es un sentimiento, sino una práctica social. La parábola del Buen Samaritano, explica Williams, demuestra que no importa sentir algo por la persona necesitada: lo importante es ayudarla, aunque te repugne. No se puede obligar a nadie a sentir compasión, pero se puede pedir a todo el mundo que actúe. Esto pone patas arriba nuestra idea común de que la solidaridad consiste en «sentir juntos». Williams también profundiza en la relación entre el cuerpo y la solidaridad. Hay quienes afirman que los cuerpos nos separan, que la verdadera comunión es imposible porque cada uno está encerrado en su propia carne. Pero la fenomenología lo pone todo patas arriba: el cuerpo es expresivo, lo que sentimos es visible en los gestos, en el lenguaje, y el lenguaje en sí, afirma Williams, es algo que solo aprendemos junto con los demás. Por lo tanto, la solidaridad, al menos en potencia, nos precede: está en nuestra cultura, desde la infancia. La parte más difícil llega cuando Williams se pregunta: ¿qué hacer con quienes rechazan el diálogo? ¿Con quienes no solo no quieren hablar, sino que desprecian la mera posibilidad de un terreno común? Los terroristas, por ejemplo, no quieren negociar; quieren destruir el sentido mismo de comunidad. Y en este punto Williams es claro: la solidaridad nunca se construye de una vez por todas, sino que debe reinventarse cada día, y nunca será perfecta. El elemento contrarian que falta casi en todas partes: Williams no cree que la empatía sea suficiente, ni que la solidaridad signifique siempre incluir a todos sin distinción. Es más, se pregunta quién está realmente dispuesto a acoger también a quienes son profundamente diferentes, como los traficantes o los extremistas. Su propuesta es incómoda: la solidaridad no es ni fusión ni distancia, sino una tensión constante entre la diferencia y la colaboración. La clave está precisamente en esto: la solidaridad no es un sentimiento cálido, sino una elección fría y reiterada. Si quieres una frase para llevarte: la solidaridad no nace de sentirse iguales, sino de decidir actuar juntos a pesar de las diferencias. Si esta visión te ha hecho ver de forma diferente las relaciones entre las personas y las comunidades, en Lara Notes puedes pulsar I'm In: no es un «Me gusta», sino tu forma de decir que esta idea ahora forma parte de tu forma de pensar. Y si mañana le cuentas a alguien que la solidaridad no es empatía, sino acción, en Lara Notes puedes dejarlo constatado: Shared Offline es la forma de decir que esa conversación realmente importaba. Esto era del New Statesman, y te has ahorrado más de cinco minutos en comparación con leer el artículo original.
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