La odisea de los números (2/3) | A la conquista del mundo | ARTE

Frenchto
Imagina que detrás de los números que usas a diario —en el teléfono, en el supermercado, en el cajero automático— hay una historia de viajes, desconfianzas e incluso acusaciones de magia negra. En los templos de Khajuraho, en la India, una diminuta inscripción del siglo X conserva la versión original de nuestros números: esos diez signos, del 1 al 9, más un círculo vacío, el famoso cero. Hoy los llamamos «números arábigos», pero en realidad nacieron en la India, y durante siglos Europa los rechazó, prefiriendo sistemas mucho más complicados. Y aquí es donde se produce el giro: si crees que la superioridad de los números indoarábicos era evidente desde el principio, debes saber que, durante al menos 500 años, se consideraron herramientas sospechosas, incluso diabólicas, y quienes los utilizaban corrían el riesgo de ser acusados de brujería. La historia comienza en la India, donde la astrología desempeñaba un papel fundamental. Cada planeta se asociaba a un número, y manipular esos números se consideraba una forma de influir en el destino. Un detalle que hoy nos parece supersticioso, pero que dio origen a nuestras matemáticas modernas. El verdadero punto de inflexión llega con la invención del cero como número, una idea revolucionaria: antes, si querías calcular 5 menos 6, no podías, porque no existía el concepto de nada. El cero permitió ver los números como una recta, pensar en los negativos y en las fracciones decimales; en resumen, creó las matemáticas que conocemos. Pero ¿por qué se dice que estos símbolos son «arábicos» si proceden de la India? En el siglo IX, el sabio Al-Juarismi —cuyo nombre dio origen posteriormente a la palabra «algoritmo»— llevó los números indios a Bagdad, donde la Casa de la Sabiduría traducía textos de todo el mundo. Los árabes siempre los llamaron «números indios», pero en las ciudades del Magreb surgió una variante gráficos, la forma «goubar», es decir, «polvo», porque se trazaban sobre tablas de arena, al no poder usar cera, que se derretía con el sol. Desde allí, esta forma se impuso en las costas del Mediterráneo y se adoptó en España, donde los latinos los rebautizaron como «números arábigos», aunque eran una transformación de los números indios. Sin embargo, la Europa medieval estaba enamorada de los números romanos: símbolos grabados en piedra, V y X como los dedos de la mano, reservados para una casta de unos pocos «calculadores» que estudiaban durante años para dominarlos. Realizar una multiplicación podía llevar horas. Cuando el joven monje francés Gerberto de Aurillac —que más tarde se convertiría en el papa Silvestre II— propuso utilizar los números arábigos con jetons (fichas) sobre una tabla, se le acusó de magia negra. Incluso como papa, su innovación fue ignorada durante siglos porque el nuevo sistema parecía demasiado simple para ser «honesto». En cambio, entre la gente común, el cálculo era aún más rudimentario: grabados en palos o tablillas, sin números ni letras, solo muescas y V que recordaban a los dedos. El verdadero avance se produjo con Leonardo Fibonacci, hijo de un comerciante de Pisa que lo envió a Argelia para que aprendiera el método de los comerciantes musulmanes. A su regreso, escribió el Liber Abaci, el primer gran manual europeo que explica cómo utilizar los números arábigos para resolver problemas concretos: cambios de moneda, conversiones de pesos y cálculos comerciales. En esencia, fue el texto que llevó las matemáticas de los monasterios a los mostradores de los comerciantes. Y son precisamente los comerciantes, inmersos en la revolución comercial del siglo XIII, los que se convierten en los verdaderos embajadores del nuevo sistema. Cuando el continente descubre el secreto del cálculo escrito en papel —también este un invento árabe, aprendido a su vez de los chinos—, todo se acelera. Con la llegada de la imprenta de tipos móviles de Gutenberg, a mediados del siglo XV, los números arábigos se estandarizan por fin: son idénticos en toda Europa. Y es precisamente en los manuales para comerciantes donde aparecen por primera vez los símbolos + y –, creados en Alemania para abreviar las palabras y simplificar aún más las operaciones. De ahí surge el álgebra escrita tal y como la conocemos hoy en día. Un detalle curioso: la forma actual de nuestro «2» procede de una ficha girada por error, y el «5» surge del dibujo de una copa invertida. Y luego está Alberto Durero, el artista-matemático que incluye un cuadrado mágico en su grabado Melancolía, con la fecha y sus iniciales ocultas entre los números: un testimonio de cómo, desde el templo indio hasta el taller renacentista, las matemáticas se han convertido en arte, filosofía y código personal. Hoy damos por sentado que los números son universales, pero hicieron falta ocho siglos de travesías, traducciones, resistencias e incluso acusaciones de magia para que Occidente los hiciera suyos. Pero la verdadera pregunta que pocos se plantean es: ¿qué habría pasado si Europa hubiera seguido usando únicamente números romanos? Probablemente nunca habríamos asistido al nacimiento de la banca moderna, ni de la ciencia tal y como la conocemos. La frase que hay que repetir es esta: el cero indio ha cambiado el mundo más que cualquier rey o conquista. Si esta historia te interesa, en Lara Notes puedes pulsar I'm In. No es un «Me gusta»; es tu forma de decir: «Esta idea ahora es mía». Y si mañana le cuentas a alguien que Fibonacci trajo los números indios a Italia para realizar cálculos comerciales, en Lara Notes puedes etiquetarlo con Shared Offline, porque las mejores conversaciones merecen que se recuerden. Este viaje por los números procede de ARTE y te ha ahorrado aproximadamente 45 minutos de vídeo.
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